Cracovia: Viaje a la ciudad predilecta de los nazis


Si disputáramos por las 10 capitales europeas por su cultura, belleza e historia, sin duda, Cracovia sería una de las candidatas a ese digno puesto. Es una ciudad que fácilmente enamora a uno. Incluso al corazón frío y sin pulso de los nazis hizo vibrar. Decidieron tras invadirla, los nazis, mantener la ciudad intacta para instalarse en ella -arios y vencedores- una vez terminada la guerra.

Es tanto el turismo que se masifica en Cracovia que parece una ciudad aparte dentro del panorama polaco. Está repleto de hostales, hoteles y restaurantes. Algo que sin duda uno echa de menos en otros lugares del país. Ni tantos ni tan pocos.

Conocí una canadiense de abuela mejicana en el hostal y nos dedicamos un par de días a recorrer la ciudad.

Cracovia merece al menos dos días para visitar bien el casco antiguo, la plaza del mercado, la llamada Rynek Glowny, una de esas que te deja con la boca abierta durante un buen rato. Y un sinfín de callejuelas que desfilan de la plaza mostrando bellas iglesias y mansiones.

No os perdías el interior de la iglesia de Santa María en el interior de la plaza. Es una auténtica maravilla con unas rosetas de colores inusuales.

Medio día entero lo ocupa el castillo de Wawel. Se llega andando tranquilamente desde el centro. Se encuentra encima de una colina donde se albiran preciosas vistas de Cracovia. La entrada es algo complicado de entender ya que venden billetes para subirse al campanario de la iglesia, otros tickets para ciertas habitaciones del palacio y otros para la torre. Uno se hace un lío con tanto tícket y tan poco descuento. Nosotros pillamos uno, no me acuerdo cuál, y nos colamos en los otros sitios.

Otro agradable paseo por la ciudad es visitar el barrio judío. También muy cerquita del centro, con una selección interesante de bares y pastelerías con una repostería y chocolates espectaculares. Caminar por estas calles hace uno recordarle historias de de deportaciones y penurias. Aquí la sociedad judía quedó completamente exterminada. No quedó ni un alma y Auschwitz a escasos 50 kilómetros de aquí.

Yo me instalé en el Tutti Frutti. Un hostal barato en el centro de la ciudad. Me imaginaba que sería un hostal más de los que siempre aparecen en la Lonely Planet cada año; pero no. La verdad es que los amos, jóvenes, lo cuidan bien y siempre guardan sorpresas –culinarias o fiesteras- para sus clientes. Algo inusual y que sin duda se agradece. Lo único negativo del hostal es que da directamente a una calle donde hay fiesta durante toda la noche. ¡Si es que todo no puede pedirse en este mundo!

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