Viaje alternativo al sur de Estonia

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Salí de Tartu con el autobús en un viaje que me dejó en la Estonia profunda. El sur de Estonia alberga las montañas más altas del báltico. La más alta no llega ni a los 320 metros pero ofrece unos bosques frondosos dignos de cualquier manada de elfos.

Así que, subido al bus, admiré estos parajes donde cuesta encontrarse con un pueblo y más todavía con un núcleo urbano. La población en Estonia supera por pocos números el millón de habitantes y la mayoría se halla en las mayores ciudades del país. Así que por esta zona remota y olvidada del sur abunda la naturaleza y de vez en cuando se deja ver algún pueblecito que sigue la pausada y tradicional vida de los países del este.

Llegué a Haanja donde esperaba encontrar algo de información acerca de la zona. La Lonely Planet apenas hablaba unas tres lineas del lugar así que esperaba dar con alguna información local respecto a hostales y algún bar o restaurante donde zamparme alguna cosa.

Poco encontré. Una escuela y el centro del parque natural de Haanja en construcción. La gente muy amable pero información poca. De todas maneras hallé un letrero que anunciaba un hostal por el interior del bosque y hacia allí me dirigí. Tras unas horas de camino por tierra encontré el hostal. El asfalto desaparece en estas zonas abandonadas a la naturaleza y –a pesar de la mochila- daba gusto pasearse en un día soleado por esos parajes.

El hostal se hallaba en un lugar llamado Kaldemäe. Apenas un par de casas dispersadas a las afueras de Haanja. Si queréis encontrarlo virad a la izquierda al primer desvío al salir del pueblo y caminad un kilómetro más o menos. Lo encontraréis a vuestra izquierda.

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Cuando por fin arranqué la mochila de mi espalda me puse pantalones cortos, cogí la bolsa pequeña y agarré algo de comida y agua y me dispuse a trotar por la zona. Si uno tiene alma de atleta y esta en buena forma, correr es una alternativa en vuestros viajes. Especialmente en lugares donde los senderos se bifurcan continuamente por el bosque y uno carece de bicicleta para hacerlo.

Llegué al Suur Munamagi, el pico más alto de Estonia que aunque solamente llegue a los 318 metros ofrece unas vistas maravillosas de los prados y los bosques que lo rodean. Luego me dispuse a perderme por esos senderos pasando por casitas abandonadas por el bosque y viendo como el musgo se come el camino, los enormes troncos de los hayedos y parece el bosque respirar y hablar su propio idioma. Los pueblos parecen vivir felizmente en la edad media, los campos parecen ser ricos y la gente anda felizmente descalza pisando la tierra que los vio nacer. Sin duda, es un escenario idílico.

A la vuelta, ducha y hacia el pueblo. Ahí empezó el problema. En países ex-soviéticos como Estonia el culto al ocio casi se desconoce a excepción de ciudades turísticas como Tallinn o Riga en Letonia. Solamente los jóvenes en las ciudades frecuentan los bares y los restaurantes. En los pueblecitos del sur de Estonia los restaurantes casi desaparecen del mapa y los hostales son difíciles de encontrar. La generación que vivió bajo el régimen soviético no conoce la palabra ocio y es difícil encontrar algún sitio donde ver gente reunida, ya sea comiendo, bebiendo o lo que venga en gana.

Total; que me quedé sin cena. Nada encontré en el pueblo. Solamente una tienda que había cerrado hacía una hora. Así que tras la carrera que me había pegado estaba hambriento y fue duro volver al hostal sin nada que zampar. Una vez llegué al hostal empecé a requisar todos los estantes de la cocina hasta que -¡albricias!- encontré una bolsa de porridge (¿alguien sabe cómo se traduce esa cosa asquerosa en castellano?) y no dude ni un instante en calentar agua y servirme un plato de esa cosa que nunca había sido capaz de engullir. ¡No me costó en absoluto terminar el plato y repetir!

Imagen, Trek Baltics

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