Tour por la Península Valdés


Tras pasar la Navidad en Buenos Aires regresé un par de semanas a Brasil para despedirme de esta tierra que me habia maravillado. Volví a Uruguay a ver a unos amigos a los que siempre recordaré y pasé como el rayo por Buenos Aires, de nuevo, para poner rumbo a la que decían, era una maravilla natural, una más en la Argentina y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO: la Península de Valdés.

Un bus de unas 18 horas -y caro, unos 235 pesos argentinos- me llevó de la capital argentina a Puerto Madryn, ciudad preferida para entrar a Valdés por su cercanía a la Península y que posee además una larga y estrecha playa que se convierte en hervidero de gente en las vacaciones estivales.

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Me alojé en el hostal Santa Rita que por 30 pesos ofrecía habitaciones espartanas para 6 personas cerca de la estación de buses y el centro de la ciudad. Me pareció una buena opción pero tuvimos problemas de robo en la habitación -del que salí ileso– y la policía vino a tomarnos declaraciones a todos. La cosa no pasó a mayores pero quizás hable de eso en otro artículo.

blankTras dejar las cosas en el hostal comenzó la selección de tours en la zona. Hacer las cosas por tu cuenta en Valdés es imposible salvo que alquiles un coche, pero al ir solo ésta no era una opción válida para mí porque el alquiler salía una pasta. Aún alquilando además, nadie te libra de pagar los 45 pesos de entrada al parque, siendo el precio para residentes argentinos de sólo 12, uno de los robos a los que te debes acostumbrar en este país en cuanto a visitas turísticas. Después te saldrán con lo de que el turista viene con euros y dólares pero creo que si en España hiciéramos esos con los ingleses u otros países nórdicos de mayor poder adquisitivo nos dirían de todo y se quejarían a La Haya. Es lo que hay.

Existen varias opciones de tours: la lobera de Lomas, la pingüinera de Punta Tombo -con más de un millón de ejemplares en esta época (Enero)- o el de Península Valdés.

Tras regatear un poco tomé el de la Península por 150 pesos -sin incluir los 45 de la entrada al parque y sin un paseo en catamarán de otros 80 ó 100 pesos- y vinieron a buscarme al hostal a las 8 de la mañana. El tour estuvo genial, sobre todo por el grupo de gente que conocí que incluía unos argentinos majísimos, Ainhoa y Jon -vascos cojonudos- y el gran Cecilio (granaino que venía de sacar fotos a su hermano en el recién terminado Rally Dakar que se corrió en Chile y Argentina).

Desde primera hora de la mañana reinó el buen rollo y la camaradería entre todos nosotros y éso nos llevaría a seguir viaje juntos a algunos de nosotros, pero éso lo dejo para otro post.

blankTras pagar la entrada ingresamos en la Península rumbo a Puerto Pirámides, único pueblecito habitado de todo el parque. El paisaje del camino es árido y sólo divisas arbustos contra el claro azul del cielo argentino. Al llegar a las 2 calles de Puerto Pirámides separaron el grupo en dos: la mayoría que se iba al catamarán y unos pocos marginados que optamos por no tomarlo. La decisión resultó acertadísima.

En esta época del año era seguro que no íbamos a ver ballenas y aunque te prometían ver lobos marinos y algo de snorkelling el tema no acabó de convencerme. Cuando retornaron mis amigos me comentaron que no vieron nada de cerca -después veríamos pingüinos y lobos a pocos metros- y que tampoco divisaron ni un sólo pez en el buceo. O sea, un timo de 2 horas al sol inclemente.

Mientras yo me lo pasé genial. Caminé hacia la izquierda del pueblo, siguiendo la línea de costa hasta llegar a una playa de dimensiones hercúleas que se mostraba casi vacía ante mis ojos. Caminé a lo largo de toda ella, subí una de sus colinas para tener una vista impresionante en la soledad de la naturaleza pura, me bañé en sus frías y protegidas aguas e incluso tuve la suerte de asistir a un apareamiento de lobos marinos justo enfrente de mis narices. Disfruté tanto de estas horas que me olvidé del reloj y apenas me dio tiempo a comer antes de que partiéramos hacia nuestra segunda parada: un puesto para divisar pingüinos de Magallanes.

Allí pasamos una media hora tomando fotos y demás aunque el número de ellos no era para echar cohetes pero se les veía a un metro de ti.

La última parada de la tarde fue bastante más impresionante. En la punta norte de la Península contemplamos una colonia de lobos marinos que estaban en plena temporada de apareamiento. Fue fantástico observar las peleas entre los machos por los distintos grupos de hembras que allí se encontraban. Sí grupos, nada de monogamia entre ellos. Venga, que ya veo a los lectores masculinos de Viajablog deseando ser lobo marino en la próxima vida.

La pena fue no ver la caza de las crías por parte de las orcas. Ya sé que queda un poco gore pero es un espectáculo de la naturaleza que debe ser impresionante.

Como aperitivos menores vimos también zorros grises, un armadillo y varios ñandues cuyo baile de flirteo es algo excepcional.

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Como información decir que en la web de Patagonia podéis consultar las temporadas idóneas para ver las diferentes especies. Las ballenas son las más ansiadas así que os recomiendo reservar con antelación si vais en esos meses. Yo no realicé los tours de Lomas o Punta Tombo porque ví ambos animales -lobos y pingüinos- en Valdés pero me han comentado que los precios son más o menos los mismos que Valdés y a quien le gusten los pingüinos debe ir a Tombo.

Regresamos casi a las 7 de la tarde con un karaoke improvisado en la furgoneta y un tango entre la guía y uno de los argentinos. Esa noche salimos todos juntos a cenar y comentábamos el tour y nuestros próximos destinos viajeros. Sin más, unos días en que se concentró todo lo que busca un buen viajero en tierra extranjera.

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