Practicando el coasteering en la costa inglesa de Cornualles

Reino Unido TFW

Hace unos 3 años tuve la suerte de conocer una parte de Gales. Allí paseé por sus pueblos, castillos, bosques, lagos, playas y pequeñas montañas. Era la primera vez que conocía esa parte del Reino Unido y me quedé enganchado a aquellos paisajes intemporales. Tanto, que la única historia o cuento largo que he escrito en mi vida lo situé en la gran isla galesa de Anglesey.

Allí hicimos senderismo, tirolina, exploramos en kayak un par de lugares y practiqué, por primera vez en mi vida, el coasteering.

¿Qué es el coasteering?

Pues el coasteering, como casi siempre que agregas la terminación -ing a una palabra que hace referencia a un accidente de la naturaleza, es un deporte de aventura al aire libre.

En este caso, consiste en bordear una costa marina accidentada de todas las maneras posibles. Es decir, nadando, escalando las rocas y volviendo a saltar de ellas al mar. Dicho así puede sonar muy sencillo o aburrido, pero os puedo asegurar que para nada lo es. Estás en constante movimiento y, obviamente, debes ir guiado por alguien que conozca muy bien ese tramo de costa, pues es fundamental saber cosas como la profundidad del mar en los puntos en los que vas a realizar saltos desde las rocas, el tipo de corriente que existe, las lavadoras que forman las olas, dónde hay cuevas o lugares interesantes, etc.

¿Dónde se inventó el coasteering?

Pues aunque creo que todos hemos jugado a correr por las rocas de la costa y saltar al mar, el nacimiento del coasteering como actividad organizada y comercial, parece haber tenido lugar precisamente en Gales, en torno al año 2014. Al menos así lo afirman los galeses.

Lo cierto es que cuando lo hice, en 2016, en Gorliz (costa de Uribe, País Vasco) lo vendían como toda una novedad en España.

¿Cuál es la técnica a emplear en el coasteering?

Para poder disfrutar adecuadamente del coasteering tendrás que ser capaz de nadar y no tener miedo de saltar desde las rocas al mar (la altura la pones tú).

Además, tendrás que saber viajar con las olas, pues ellas serán las que te impulsen sobre la roca cuando quieras abordar una. No debes luchar contra ellas, sino dejarte llevar y adoptar la posición de sentadilla, para que sean tus pies los primeros en tocar la roca cuando la ola te empuje sobre ella. Después, apoyas las manos y te encaramas como puedas.

También los saltos tienen su truco, pues tendrás que tomar más impulso cuando saltes desde una roca que tiene otra asomando por debajo. Los saltos limpios (sin saliente de roca que salvar algo más abajo) los puedes hacer, simplemente, dejándote caer.

Respecto a la entrada al agua, lo mejor es hacerlo de palillo, como una aguja, y con los brazos cruzados sobre el pecho- como un vampiro en su ataúd – para evitar hacerte daño al impactar con el agua. Esto puede sonarte a tontería innecesaria, pero se convierte en un consejo a tener muy en cuenta cuando saltas desde 12 metros (que fue lo más alto que probé yo). En esa ocasión, aunque entré bien en el agua, abrí la boca por el grito que solté y noté un doloroso impacto en la mandíbula. No fue nada, pero me di cuenta de que el tema es como para tener cuidado.

¿Qué equipo debo llevar para hacer coasteering?

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En cuanto al equipo, en mares fríos del norte – sobre todo si es en una época distinta al verano – tendrás que ponerte un traje de neopreno. Además de eso, necesitarás unos escarpines (o zapatillas anfibias que puedas mojar y no queden destruidas), un casco y un chaleco salvavidas. Al menos esto es el equipo que te dan cuando contratas la actividad con una agencia (todo menos el calzado, que a veces te hacen pagarlo a parte o, directamente, no lo tienen, como me pasó en Gales).

En un tiempo, o un mar, más benévolo – como es, por ejemplo, el Mediterráneo en verano – podrás hacerlo en bañador, sin necesidad de ir cubierto con neopreno.

Haciendo coasteering en Newquay, Cornualles

Con la gran Evie

Tras haberlo probado por primera vez en el Reino Unido, mi cuarto encuentro con el coasteering volvía a ser en las tierras de la pérfida Albión.

El viaje por Cornualles me estaba descubriendo una joya oculta de Inglaterra y el último día de la escapada tenía reservado para mí una sorpresa en forma de enormes olas cerca de la costa. Unas olas que, debo reconocer, no me dieron miedo desde la distancia, pero sí solté alguna risa nerviosa cuando las tuve rompiendo contra la roca que se encontraba bajo mis pies.

La experiencia de coasteering la realicé en la localidad de Newquay, una población de unos 28.000 habitantes que se encuentra enclavada en la costa de Cornualles y rebosa de actividad en verano.

El guía de la agencia Newquay Activity Centre nos condujo hacia el punto de salida, una especie de pequeño muelle con unas escaleras de acceso al mar. El agua estaba bastante fría – octubre en Inglaterra no es la mejor época para darte un baño en el mar -, pero, al poco de comenzar a nadar, dejé de sentir las punzadas en manos y pies. La fuerza de la corriente era intensa y el oleaje bastante más potente de lo que había sufrido en mis otras aventuras de coasteering.

Tanto yo, como la gran Evie – la chica de sonrisa sempiterna que nos guiaba en nuestro viaje por Cornualles – teníamos serios problemas para avanzar hacia las rocas… El conseguir subirnos a una empujado por las olas ya fue para nota. Nos costó un mundo, pero finalmente, conseguimos trepar la roca y ganar altura para realizar nuestro primer salto al mar. Me encantó sentir de nuevo la adrenalina al saltar.

El segundo salto fue algo más complicado, pues la zona de aterrizaje se hallaba en la boca de entrada a una cueva que producía – en un día de oleaje tan intenso como el que estábamos teniendo – un efecto lavadora brutal.

Tuvimos que esperar unos minutos hasta que el mar dio una pequeña tregua.

El tercer salto lo tuvimos que abortar. Desde una altura de unos 11 metros, veía como la entrada a la cueva casi desaparecía de mi vista cada pocos segundos. Tal era la fuerza del agua que entraba y lo cubría todo. Era una locura saltar en esas condiciones y nuestro guía nos comentaba que habíamos tenido muy mala suerte, pues ese tipo de oleaje solo se daba unas 10 veces al año.

Tuvimos que abandonar, con la promesa de que volveríamos a realizar el circuito completo. Una gozada, pues la costa tenía unos preciosos cortados cubiertos de verde y con salientes propicios para saltos espectaculares. Lo dicho, ¡habrá que volver a por más!


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