Joya colonial y ocaso actual. Isla de Mozambique

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Restaurante en la parte Este de Isla de Mozambique

Restaurante en la parte Este de Isla de Mozambique

El gran navegante y aventurero portugués Vasco de Gama llegó 515 años antes que yo a Isla de Mozambique. En mi defensa debo decir que él salió mucho antes y no tuvo que coger 4 ó 5 buses y chapas (furgonetas colectivas con las que puedes recorrer todo Mozambique) por carreteras casi inexistentes. A su llegada a la isla, ésta se convirtió en el asentamiento europeo más antiguo del continente africano.

Los portugueses tomaron el relevo a los árabes y construyeron fuertes e iglesias de estilo manuelino. Isla de Mozambique se convirtió en un minúsculo lugar de floreciente economía. No en vano, era el punto de tránsito para las mercancías traficadas entre Asia y Europa. Especias, telas y abalorios hindúes se intercambiaban por oro, marfil y esclavos.  Sería este último, y avergonzante, negocio el que daría nuevo impulso económico a la Isla  después de un período de declinación de unos 100 años.  Sin embargo, la independencia de Brasil (1822) -principal cliente en la venta de esclavos- y el traslado de la capital de Mozambique a Lourenço Marques (actual Maputo),  fueron golpes de los que ya no se pudo recuperar.

Cuando llegué a Isla de Mozambique en la chapa que salió de Nampula me impactó la gran diferencia arquitectónica de las dos mitades en las que parece dividirse un lugar tan minúsculo. En sus 3 kilómetros de largo por 400 metros de ancho se pueden distinguir dos partes: las casas apiñadas, construidas con materiales precarios que destilan pobreza, de la parte Sur; y las casas y edificios coloniales de la parte Norte. Hay un factor común que el hecho de que fuera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1991 parece no haber paliado: las casas de toda la isla parecen que se van a derrumbar de un momento a otro.

Tomando unas birras con Andy, el día de nuestra llegada a Isla

Tomando unas birras con Andy, el día de nuestra llegada a Isla

Nos bajamos de la chapa y nuestro nuevo amigo Andy  -un rasta mozambiqueño al que habíamos conocido en Nampula- nos condujo a una pequeña casa de huéspedes situada en la zona Norte. Ophir y yo dejamos las cosas y salimos corriendo hacia la pequeña playa situada casi en la punta Norte de la Isla. El calor era insoportable y sólo podíamos pensar en sumergirnos en las azules aguas del Índico.

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Justo al Norte de la playa parecía vigilarnos, imponente, la que fue la plaza fuerte austral más poderosa: La Fortaleza de San Sebastián (construido entre 1558 y 1620). No lo visitamos por dentro y nos limitamos a bañarnos en las aguas turquesas que rodean sus muros.

En la playa merodeaban dos o tres grupos de niños azarosos que nos miraban con una amplia sonrisa, esperando establecer una conversación que suponían imposible. Finalmente, tomaron la iniciativa y se nos acercaron parloteando en portugués. Sus caras se iluminaron con sorpresa y triunfo cuando vieron que yo hablaba su idioma. Desde ese día, los Niños Perdidos de Isla de Mozambique nos acompañarían en casi todo.

El vendedor de dulces en la playa. A lo lejos, la fortaleza de San Sebastián

El vendedor de dulces en la playa. A lo lejos, la fortaleza de San Sebastián

Y digo casi todo porque, al ser menores de edad, no les dejaban entrar en la única discoteca que estaba a nuestro lado del puente de 3 kms que une Isla de Mozambique con la tierra costera. Allí acabamos la primera noche tras cenar un buen pescado con arroz y ensalada en uno de los mini-restaurantes desperdigados por la costa este de la Isla. Es punto de encuentro para cooperantes y escasos turistas jóvenes que viven o visitan el lugar. Cervezas, música al aire libre y mucho, mucho baile. Podéis imaginar que desentonábamos un poco con nuestras habilidades danzarinas.

Esa madrugada vimos amanecer. Los amaneceres y atardeceres en Isla de Mozambique son algo para recordar. El patio de nuestra casa de huéspedes daba hacia el Oeste y allí nos apostábamos sobre las 7 de la tarde para ver cómo el horizonte ardía en llamas, enmarcando las triangulares velas de los barcos de pesca sobre el Índico.

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Esos mismos pescadores comenzaban sus labores muy pronto por la mañana, cuando el calor era aún soportable. Poca más actividad que la pesca, algo de turismo y el comercio a pequeña escala es lo que vimos que podría servir de medio de vida a los habitantes de la Isla. La mayoría de ellos se trasladaba a Nampula (capital de provincia e importante centro económico) y otras poblaciones en tierra firme para buscarse la vida.

Atardecer en Isla

Atardecer en Isla

Isla de Mozambique no es un lugar vacacional paradisíaco al estilo de Zanzíbar. Nada que ver. Sus calles muestran edificios coloniales en desolador estado. Las playas no tienen nada de especial al ser una superficie tan pequeña, y edificada. Pero tiene algo. La historia que se respira, la alegría y vitalidad de las gentes isleñas, el ritmo lento y pausado de vivir todo, el azul turquesa del Índico… Es un lugar que te retiene sin saber bien la razón.

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Pasamos allí cinco días en los que no hicimos gran cosa pero éramos muy felices. Un poco de playa, comer aquí o allá, comprar ingredientes en el mercadillo para hacernos cena en casa… Allí cocinábamos con carbón y cenábamos con Agirata, la adorable sobrina de la dueña. Aquella chica humilde, bella y sensata era distinta a la gran mayoría de las mozambiqueñas de su edad. A sus 20 y pocos tenía claro que su vida era sus estudios y buscaría un marido que la cuidara, supiera cocinar y la respetara. Las conversaciones nocturnas con ella eran de lo mejor del día. También mi partidito de fútbol.

Cerca de la playa había un campo de fútbol reglamentario con unas porterías casi nuevas y pequeñas gradas. Todos los días se celebraba un partido al caer el Sol. Los chavales iban equipadísimos, con sus botas de fútbol y camisetas de distintos clubs, en su mayoría de las ligas españolay portuguesa. El fútbol es una religión aquí y asistí a discusiones acaloradísimas en la grada, mientras les veía jugar. Estuve un par de días observándolos. El único blanco en la grada y con cara de perrito apaleado…Hasta que me invitaron a jugar.  Lo pasé en grande.

Los pescadores regresan a Isla

Los pescadores regresan a Isla

Para el tercer día ya conocíamos a todos los chavales de la Isla. Nos saludaban por la calle, se venían con nosotros a la playa, nos pedían las gafas de bucear y nos hacían miles de preguntas sobre todo lo que les venía a la cabeza. Me daba pena ver lo despiertos que eran y los pocos medios que tenían para poner su inteligencia en algo. La mayoría no iba a la escuela y no tenía nada que hacer durante las 24 horas del día, más que deambular, intentar sacar algo a los escasos turistas y bailar.

¡Cómo bailan estos chavales!. Cantan, rapean y se mueven como si llevaran toda la vida haciéndolo. Es parte de su cultura.

Ophir y Agirata. Los más grandes...

Ophir y Agirata. Los más grandes…

Y es que Isla de Mozambique es un lugar donde relajarse, vivir sin reloj, pasear por sus calles, participar en su vida -diurna y nocturna- y disfrutar de su gente.

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