La Rioja, mucho más que vino

Cuando viajas en coche por La Rioja, la carretera se presenta como una serpiente gris que busca desesperada un paso entre hectáreas y hectáreas de viñedos. De vez en cuando, un hermoso pueblo medieval o una ciudad donde la vida intenta, en vano, recuperar el ritmo voraz de la sociedad moderna, aparece para dar un respiro a esa alfombra de asfalto. Sin embargo, tarde o temprano, tiene que salir de nuevo a mezclarse con la roja sangre de una tierra donde parece que el agua, con milagro bíblico de por medio o sin él, se ha convertido en vino.

En mi reciente viaje a la bella localidad riojana de San Vicente de la Sonsierra y a la Bodega Carlos Moro (perteneciente al grupo Bodegas Familiares Matarromera) pude inhalar esa fragancia fresca, entre dulce y ácida, de las viñas que esperan, impacientes y cargadas de uvas púrpuras, al vendimiador que alivie su carga.

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Foto (c) Bodega Carlos Moro

Sin embargo, no fue esa la única sensación que me traje a casa. Me di cuenta de que el mundo vitivinícola es mucho más que vino.

Bodega Carlos Moro: respeto y amor por la tradición de los ancestros

Mientras paseaba entre las hileras de viñedos – dispuestos en un bello sistema de terrazas desparramadas por la ladera de una colina – de la Bodega Carlos Moro, podía sentir la antigüedad del terroir que pisaba.

Y es que en una región tan dedicada al vino como La Rioja, los propios lugareños consideran a San Vicente de la Sonsierra como el lugar en el que más se respeta la tradición y el alma de este caldo tan preciado, produciendo vinos de la más excelsa calidad.

Calado de la Bodega Carlos Moro. Foto (c) Bodega Carlos Moro

Los viticultores de San Vicente – una tierra en la que se lleva elaborando vino desde los tiempos de los romanos – han heredado de sus antepasados el amor por las viñas. Cuando muchos empresarios del vino decidieron sustituir las cepas antiguas por otras nuevas que eran capaces de producir una mayor cantidad de uvas al año, en San Vicente se negaron, sabedores de que los viñedos viejos dan uvas más pequeñas, con una menor proporción de piel y, por lo tanto, un sabor mucho más concentrado… En definitiva, un vino de mejor calidad.

Este tipo de filosofía siempre casó con el pensamiento de Carlos Moro, fundador de la Bodega Matarromera y quien, desde el inicio de su andadura en el mundo de los vinos, siempre buscó la excelencia de la calidad y la innovación, dejando a un lado la cantidad. Quizás por ello consiguió ese hito inaudito, en 1994, de alzarse con el premio al Mejor Vino del Mundo y la Gran Medalla de Oro en la International Wine Competition con su primera cosecha de Matarromera (algo que repetiría al año siguiente, agrandando la leyenda).

Fue ese compromiso con la tradición y la calidad lo que decidió a Carlos Moro a establecer en San Vicente de la Sonsierra su bodega riojana.

Foto (c) David Escribano

Un claro ejemplo de ello lo encontré en la Viña Garugele, uno de los viñedos de la Bodega Carlos Moro y cuyas cepas datan de los años 40 del pasado siglo. Recientemente, el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación la reconoció como Viñedo Singular. En esa parcela se sigue arando la tierra con mulas y sus uvas, así como las del resto de la bodega, son tratadas manualmente y seleccionadas tras un triple proceso de selección. Finalmente, solo las mejores tendrán el honor de ser convertidas en el excelente vino que embotella la bodega, en una edición muy limitada de sólo 6.000 botellas.

Arte e historia integrados en la bodega

Debo reconocer que no soy una persona que entienda de vinos. He ido a distintas bodegas y he realizado algunas catas, pero está claro que, a pesar del tamaño nada desdeñable de mi nariz, no consigo captar los olores que los enólogos dicen sentir, y en el tema de sabores me quedo a medio camino. Sin embargo, sí que sé cuándo un vino me gusta. Y aquel Oinoz de la Bodega de Carlos Moro que iba disfrutando poco a poco, sorbo a sorbo, mientras paseaba por los viñedos de San Vicente, poseía un sabor excelente y dejaba un regusto embriagador.

Quizás ayudaba el aire fresco y limpio, o ese sol de media tarde que daba el punto exacto de romanticismo a la estampa.

Y es que poder tomarte un buen vino en lugares tan especiales como, por ejemplo, un mirador sobre las terrazas de viñedos o un guardaviñas de piedra del siglo XIX, no es algo que se pueda experimentar todos los días.

Guardaviñas. Foto (c) David Escribano

Esos guardaviñas parecen antiguas viviendas circulares, de techo cónico, hechas de piedra. En ellos se refugiaban los trabajadores de los viñedos cuando llegaba una tormenta repentina, algo muy habitual en una tierra en la que los vientos son tan intensos como el sabor de sus vinos. También eran utilizados, por celosos guardas, para vigilar las viñas.

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Pero no son estas las únicas huellas históricas que se pueden apreciar en la Bodega Carlos Moro. Una antigua necrópolis y los restos de un lagar de siglos de antigüedad también se hallan camuflados entre las viñas.

Y si el legado de la Historia es algo que se puede apreciar durante una visita enoturística a la bodega, también el arte tiene su hueco. En el calado subterráneo de la bodega – en el que pueden llegar a descansar unas 2.000 barricas – se aúnan ambas disciplinas. Por un lado, la historia de un calado centenario y, por otro, las bellas esculturas del artista Carlos Villoslada, que se esparcen entre las barricas dándole una belleza singular al lugar.

Escultura de 14 Latidos. Foto (c) Bodega Carlos Moro

En su colección «14 Latidos», Carlos Villoslada utiliza la centenaria técnica japonesa del Kintsugi y juega con cepas de viñedos de 35 años de edad, utilizando las cicatrices dejadas por las podas y fisuras naturales para mostrar cómo renacemos a partir de la historia de nuestras propias heridas. Se trata de una exhibición permanente que puede admirar cualquier visitante de la bodega.

Y lo más importante… Disfrutar de un buen vino

Bodega Carlos Moro bajo el arcoiris. Foto (c) David Escribano

El vino es uno de los placeres de esta vida que parece que se nos va entre prisas, trabajo, reuniones y obligaciones. Es uno de los símbolos de la pausa, del disfrute… De ese momento en el que todo se detiene y te encuentras mirando al paisaje, saboreando ese líquido rojizo y dejando que penetre por tu cuerpo para devolverte a lugares cálidos, lugares en los que te embarga la felicidad y la ilusión por nuevas experiencias, nuevos viajes, nuevos retos.

El vino es un mundo para disfrutarlo, y al crearlo hay que ponerle todo de uno mismo para que logre ese fin tan loable y romántico.

Lo describe a la perfección el fundador de Bodega Matarromera, Carlos Moro, en un párrafo incluido en su reciente libro, que salió a la luz este mismo año, titulado ‘Pasión por la Tierra, Pasión por la Empresa’: «El negocio del vino no es simplemente un negocio: hace falta ponerle cariño, alma, pasión, paciencia y mucha, mucha dedicación«.

Teniendo en cuenta lo que viví en tu bodega de San Vicente de la Sonsierra, querido Carlos, te felicito: objetivo conseguido.

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