Viajando a San Agustín en Colombia

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Durante un viaje como el que me pegué por Sudamérica durante finales del 2008 y primer semestre del 2009 si vas con la mochila y quieres gastar lo mínimo, normalmente tu medio de transporte favorito acabará siendo el bus. Hay gente que afirma tener un amor innato y pasional por los largos trayectos en este medio de transporte pero la mayoría comenta que, después de tropecientos autobuses de larga duración -yo acabé metiéndome unos 50 en 200 días, echad cuentas- uno ya se sube al siguiente por inercia y porque es una opción mucho más barata que la alternativa aérea.

Unos trayectos se aguantan mejor que otros, cosa que depende sobre todo de la calidad del bus en sí. Cruz del Sur en Perú o Flecha Bus en Argentina por ejemplo hacen que el tema sea llevadero, con tus peliculitas, tu servicio a bordo y demás.

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Sin embargo hay otros que en el momento me desesperaron y ahora recuerdo ya con una sonrisa. Es lo que tiene el tiempo y la perspectiva. Ahora mismo me levantaría de mi escritorio del curro y me teletransportaba a aquella furgoneta que se caía a pedazos mientras nos intentaba llevar de Popayán a San Agustín, en el Suroeste de Colombia. Vamos, pero sin pensarlo.

Salimos a las 8.30 de la mañana con caretos de sueño por todos lados y preguntándome si no se habrían equivocado con la hora de llegada. Me dijeron 15.30. ¡Venga vaaaa! 7 horas para 130 kilómetros. ¡Yo pensaba que esta gente exageraba aún más que los porteños!. Pero no.

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La furgoneta iba petada. Gente que vivía en las aldeas metidas dentro de la selva, entre innumerables plantaciones de plátanos, mangos, café y puestos militares, regresaban a sus casas tras hacer lo que tenían que hacer en la ciudad. Cada poco veía un grupo de soldados -muy muy jóvenes- que seguían la furgoneta con la mirada pero no nos llegaron a parar más que una vez para realizar una inspección rutinaria.

Esta parte del país estaba controlada por la guerrilla de las FARC no hace demasiado tiempo y el mandato de Uribe había conseguido una mayor seguridad en los caminos pero aún había cautela en estos tramos.

La vegetación a ambos lados del camino era espesísima y apenas dejaba ver más allá de la barrera de plataneras, helechos y demás plantas que se alineaban como formando un muro. Como habréis imaginado, el camino no estaba asfaltado y el conductor tenía que ir esquivando los agujeros y piedras de mayor tamaño, aunque la maltrecha suspensión apenas soportaba el más mínimo traqueteo. Los que íbamos dentro nos comíamos todo.

Yo iba sentado en la parte trasera porque llegué de los últimos y fui botando en el asiento por varias horas. Lo peor es que la distancia entre el techo y mi cabeza era poca y tenía que ir cubriéndome con el brazo y las piernas en tensión todo el rato para protegerme de los golpes al botar. Mientras el conductor, para animar el cotarro, nos puso unas pelis en DVD. Increíble, vimos 4 en 2 horas. Con los baches el lector de DVD saltaba y la película se adelantaba. Depredador, de Arnold, duró 15 minutos…La peli entera.

Pero no nos perdimos mucho porque el repertorio era todo de Arnold y Sylvester Stallone. Peliculones, vamos.

Durante el camino, como es habitual en casi toda Sudamérica (excepto Argentina y Chile, creo recordar) se subió gente a la furgoneta para vender algo de comida. Compré una bandeja de fresones como puños que estaban tremendos. No había llevado bocata y aquella era la única forma de alimentación porque no pasábamos por ningún restaurante ni nada parecido. De hecho, después de pasar los pueblecitos en el primer tercio de trayecto, apenas vimos ninguno más.

Poco antes de llegar a San Agustín volvimos al asfalto. Nuestros culos nos lo agradecieron bastante y al poco nos dejaron en un cruce, sacaron nuestras mochilas totalmente cubiertas por polvo y arena y nos montamos en una ranchera de un colombiano que nos esperaba allí para llevarnos al alojamiento casero de un amigo suyo. Con el cansancio que llevábamos nos dejamos engatusar por el hombre. La verdad es que hicimos bien porque la casa de Juan fue un buen lugar para pasar mis días en San Agustín.

Os cuento en el próximo.

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