Un viaje a Egipto de una semana (El Cairo y el Mar Rojo)

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El avión se elevaba a gran altura. Desde lo más alto del cielo, España parecía una pequeña isleta rodeada de agua. De repente, aquella superficie marina mezclada con tonos pardos desapareció por completo de nuestro horizonte y otros paisajes distintos asomaron por las ventanillas. El viaje comenzaba a hacerse pesado. Tras seis horas de vuelo, al fin llegamos a la ciudad de El Cairo.

Egipto se abría camino entre montañas de arena y humildes edificios a medio construir provistos de coquetas bóvedas. Recuerdo aquel calor sofocante y una humedad intensa que apenas nos dejaba respirar.

Llegamos al hotel donde pasaríamos nuestras primeras dos noches. Sheraton Hotel, en pleno centro de la ciudad y muy cercano al río Nilo, es uno de los hoteles más escogidos por los turistas para hospedarse durante sus viajes de ocio o de negocios.

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Nos alojamos en la decimocuarta planta. A través de las ventanas de la habitación, la madrugada se presentaba bastante tranquila. Contemplamos en armonía una ciudad que duerme por completo a la espera del nacimiento de un nuevo día. No se oyen las voces de los mercaderes vendiendo subvenirse ni los instrumentos autóctonos de aquellos músicos callejeros. La agotadora vida en un lugar donde el goteo de extranjeros es constante se toma un respiro al concluir el día. Se agradece aquella paz y tranquilidad reflejada sobre las serenas aguas del río Nilo.

Visita a las Pirámides de Egipto

A la mañana siguiente acudimos temprano al encuentro con nuestro guía. Comprobamos por qué Egipto es una de las más importantes cunas de la civilización. La pobreza se mezcla con el aroma a ciudad reliquia por cualquiera de los rincones que transitamos. Visitar el Museo de Arte Egipcio supone adentrarse en un paraíso sensorial, rememorar una época en la que la civilización egipcia era el centro del universo. A pesar de que los occidentales saquearon injustamente gran parte del patrimonio y se llevaron numerosas reliquias a los distintos museos de Europa, Egipto sigue teniendo una gran colección en su haber.

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Sorprendente son las numerosas piezas que componen el Tesoro de Tutankhamón y el impresionante busto de Anubis. No menos fascinantes son las Pirámides, nuestro siguiente destino. Rodeadas de arena, se alzan majestuosas en mitad del desierto. Un conjunto arquitectónico sublime en mitad de la nada. Apenas unos puestos de venta oficiales, decenas de autobuses que transitan sobre una carretera minúscula y algunos paradores bien situados rodean una maravilla compuesta por las tres inmensas Pirámides y la gran Esfinge.

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A una velocidad de crucero concluyó aquella breve estancia en la ciudad de El Cairo. Teníamos ganas de comenzar nuestra aventura por el mar Rojo. El agua cristalina y limpia, los inmensos arrecifes de coral, la variedad de peces y fauna marina, la calidez de unas aguas cuya temperatura en algunas épocas del año se acerca a los treinta grados. El mar Rojo tenía un encanto especial.

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Buceo en el Mar Rojo

Al día siguiente, cogimos un vuelo hacia la lujosa ciudad de Sharm el Sheikh, una de las cunas del Submarinismo mundial. Situada al sur del monte Sinaí, es uno de los lugares turísticos más lujosos de Oriente Próximo. Llegamos en menos de una hora y desde el aeropuerto nos trasladaron directamente al barco que teníamos contratado para comenzar nuestra vida a bordo que se prolongaría durante siete días.

En el barco convivíamos un total de diecinueve personas. Nuestro grupo lo formaban doce personas, todos con sus cursos de buceo y su cuaderno de inmersiones bajo el brazo. Había que añadir una tripulación formada por el capitán y tres ayudantes, un cocinero y dos guías de buceo. Estaban programadas un total de cuatro inmersiones al día. Cada guía acompañaría a un grupo que estaría formado por seis personas. Desde el barco se fletaban dos lanchas zodiac que nos llevaban junto con los equipos de buceo a los puntos señalados para realizar las inmersiones.

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En aquellos arrecifes encontramos una gran variedad de peces y corales. Sorprendentes meros y barracudas, peces cirujanos, mariposas, napoleones, leones, payasos… Aparecían de repente entre los arrecifes inmensos, llamaban nuestra atención con sus genuinas formas de danzar bajo el mar. El guía nos facilitó un dato sorprendente.

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Sólo en el mar Rojo se encuentran mil doscientas especies distintas de peces, de la que un elevado porcentaje, cercano al treinta por ciento, son especies endémicas, es decir, exclusivas de este lugar del mundo. Aparte de los peces, en el interior del mar encontramos más de doscientos cincuenta tipos distintos de corales y miles de invertebrados. Eran las grandes atracciones del mar Rojo junto con los numerosos barcos hundidos que nos encontrábamos en algunos lugares conforme descendíamos decenas de metros bajo el mar.

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Recuerdo especialmente la visita a un barco hundido durante la Segunda Guerra Mundial y de origen británico, el Thistlegorm, descubierto por Jacques Cousteau hace décadas. En su interior se conservan ancladas numerosas motocicletas y carros de batalla de la época. No nos cansamos de sumergirnos en aquellas aguas mágicas durante los siete días que permanecimos en el barco. Sin embargo, no estaba permitido extraer recuerdos de aquellas inmersiones ya que el gobierno egipcio tiene prohibido bucear con guantes y cuchillos. También está prohibido alimentar a las especies marinas, por lo que las inmersiones estaban fuertemente controladas. Pero pudimos llevarnos de recuerdo las numerosas fotografías que realizamos dentro del agua.

Al abandonar el barco, aún nos quedaban unos días para disfrutar de Egipto, así que decidimos visitar el monte Sinai y el Monasterio de Santa Catalina. Contratamos una excursión en motos de cuatro ruedas.

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Es curioso contemplar como a veces los monumentos importantes carecen de cualquier lujo o filigrana arquitectónica. El monte Sinaí, cuna de los hebreos y cristianos por ser el lugar donde Moisés recibió las tablas con los Diez Mandamientos, no deja de ser un monte como otro cualquiera, sin una especial atracción o belleza visual. El simbolismo, por el contrario, es inmenso.

Nuestro viaje tuvo de todo, mar, montaña, turismo, gastronomía, sociología… Diez días, como los Diez Mandamientos, como la puntuación que le damos a un viaje que no dudaríamos ni un instante en volver a repetir.

Escrito por Antonio Francisco Maldonado.

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2 Comentarios
  1. Tamy 1 julio 2009
  2. Valeska 4 julio 2015

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