El templo de Sri Meenakshi en Madurai

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Sri MeenakshiLa puerta de acceso del lado Sur tiene el gopuram más alto de todos los que hay en el complejo religioso. Recientemente restaurado y repintado, cuando uno levanta la mirada 50 metros de multicolores figuras de divinidades y animales le contemplan con los ojos muy abiertos. Tal vez sea porque aún llevo puestas mis sandalias. Antes de cruzar el umbral, uno ha de despojarse de su calzado (tomad nota de que bermudas, shorts y calcetines no están permitidos) y para guardarlo hay una carpa unos metros a la izquierda donde tamiles y occidentales hacemos cola para descalzarnos.

Tras pasar un control de seguridad en el que me cachean, el breve frescor de la sombra da paso al sol, bajo la que se ha formado una tremenda cola para acceder al conjunto interior. Respiro más tranquilo cuando me aclaran que se hace para llegar a un pequeño santuario al que sólo está permitida la entrada a los creyentes y al que mí se me prohibiría el paso. Yo, con tiempo de sobra, doy un paseo por el prakara, o espacio entre el muro exterior y el templo principal, intentando abarcar la inmensidad del complejo.

Por una puerta lateral, mis pies abandonan el ardiente pavimento para entrar en un mundo dedicado principalmente a la diosa Meenakshi, consorte de Sundareshwarar o Shiva. Al igual que en una iglesia católica, donde aparte del altar con un Jesús crucificado hay imágenes de los apóstoles y santos, aquí hay más de una zona donde orar a las múltiples divinidades, cuya importancia va relacionada con el tamaño del espacio que se les dedica. Los fieles pueden adquirir en el interior del templo flores, velas o plátanos como ofrendas, así como imágenes religiosas a las que adorar en la intimidad de sus casas.

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Si en un texto anterior comentaba que en el exterior del templo os encontraréis con mucha gente interesada en que os subáis a una terraza, en el interior lo que se os ofrece es una visita guiada. Negociad siempre el precio con antelación, confirmad la duración del tour y que es lo que se incluye y pedid siempre que se os enseñe el carnet oficial que portan quienes están debidamente autorizados. En más de una ocasión, lo que os enseñan es el equivalente indio de su DNI, y no, no es lo mismo.

Sorteando a la gente en una enorme sala llena de puestos de venta de brazaletes, flores y música, antes de entrar en la sala de las mil columnas aparece la inevitable taquilla. Me cuesta diez veces más que a un hindú, 50 rupias en mi occidental caso, la entrada al templo y abono otras 50 para poder hacer fotos en las zonas autorizadas (prácticamente todas). La sala de las mil columnas es la zona más tranquila y con menos altares de todo el recinto y alberga también lo que pomposamente califican de museo, que no deja de ser un par de hileras de vitrinas donde se exponen mapas e imágenes, aunque con algunas piezas, eso sí, realmente antiguas.

Allí mismo se me acercan un par de hindúes con cara de pocos amigos a preguntarme en fragmentado inglés por qué estoy haciendo fotos. Es la primera vez que me ocurre algo así, de modo que contesto con sinceridad y una inamovible sonrisa que lo hago porque todo es muy bonito y no hay nada de eso en mi país, con lo cual no volveré a ver algo así. Parece que mis buenas maneras y la explicación les satisfacen y nos despedimos con un apretón de manos.

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Tras tanto tiempo bajo la luz de los escasos fluorescentes, me encamino en dirección al tanque de agua, el artificial Estanque del Loto Dorado, Pottramaraikulam, donde el blanquecino cielo es el único techo. Allí se reúnen peregrinos, turistas (el no veo más que a otro occidental), y familias, que se sientan en sus escaleras buscando un respiro del bullicio humano. En uno de sus extremos se da acceso, a través de varios pasillos, a otra enorme sala donde me tropiezo, casi de bruces, con un elefante. No hablo de una estatua o un relieve sino de un elefante vivito y coleando. El paquidermo es el animal sagrado del templo y los peregrinos acuden a él para que les bendiga: se acercan, extienden su mano con una limosna, el animal la recoge con la trompa y con el mismo movimiento de recogerla les toca en su cabeza.

Después de tres horas aquí, respirar el olor a velas y observar los coloridos saris, se va a terminar para mí. Pasando por delante de la fila de gente que aún espera para venerar la imagen de su diosa, salgo al exterior del templo y recupero mis sandalias que dentro de poco me subirán a un autobús con dirección a Trichy.

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