Los puertos míticos del Tour de Francia en los Alpes que todo ciclista sueña con subir

Alpe-d'Huez

Hay carreteras que unen pueblos y carreteras que unen generaciones enteras de aficionados al ciclismo. Los grandes puertos alpinos del Tour de Francia pertenecen a esta segunda categoría. Son lugares donde el paisaje impresiona, pero donde también pesa la memoria colectiva del deporte.

Cuando empiezas a subir cualquiera de estas montañas ocurre algo curioso. Las curvas, las cunetas y los paisajes resultan extrañamente familiares, incluso aunque nunca hayas estado allí antes. Son carreteras que llevamos años viendo en fotografías, documentales y retransmisiones, escenarios donde la montaña ha terminado convirtiéndose en parte de la cultura popular mucho más allá del ciclismo.

Y para quienes crecimos viendo ciclismo en los años ochenta y noventa, cada curva tiene algo de viaje en el tiempo. Gianni Bugno, Marino Lejarreta, Marco Pantani, Claudio Chiappucci, Perico Delgado o Miguel Indurain parecen seguir presentes en unas carreteras que han visto pasar más historia del deporte que muchos estadios.

Durante nuestra ruta por los Alpes franceses tuvimos la oportunidad de recorrer algunos de estos escenarios legendarios e incluso afrontar personalmente la subida a Alpe d’Huez en bicicleta. Y descubrimos algo curioso: incluso quienes no siguen actualmente el ciclismo terminan entendiendo muy pronto por qué estas montañas se han convertido en lugares míticos.

En este artículo repasamos algunos de los puertos más legendarios del Tour de Francia en los Alpes franceses, lugares donde la montaña, la épica y la historia del ciclismo se mezclan de una forma difícil de explicar hasta que se viven en primera persona.

Más allá de las carreteras del Tour

Muchos de estos puertos forman parte de algunas de las rutas más espectaculares de los Alpes franceses. Puedes descubrir varios de ellos durante nuestra ruta por los Alpes franceses en coche, que recorre lugares como Chamonix, Megève, Combloux o el lago de Annecy.

Los grandes puertos alpinos del Tour de Francia

Puerto Lo que lo hace especial
Alpe d’Huez Las 21 curvas más famosas del ciclismo
Galibier La gran alta montaña alpina
Izoard La espectacular Casse Déserte
Croix de Fer Una ascensión interminable
Madeleine El puerto de la resistencia
Télégraphe La antesala del Galibier

Alpe d’Huez, la montaña de las 21 curvas

Si existe un puerto capaz de resumir por sí solo la historia moderna del Tour de Francia, ese es Alpe d’Huez. Sus 21 curvas numeradas, las imágenes televisivas de cada mes de julio y algunas de las etapas más memorables de la carrera han convertido esta subida en un auténtico lugar de peregrinación para los aficionados al ciclismo.

A diferencia de otros grandes puertos alpinos, aquí la leyenda comienza incluso antes de empezar a pedalear. Basta situarse al pie de la montaña y mirar hacia arriba para entender que estás ante una de las carreteras más famosas del deporte. No importa si eres ciclista habitual o simplemente aficionado al Tour: el respeto aparece de forma automática.

Marco Pantani Alpe d'Huez
Cuando se habla de Alpe d’Huez, resulta imposible no pensar en Pantani. Su ascensión de 1995 permaneció durante décadas asociada a la leyenda de las 21 curvas. Imagen: Wikimedia

Una de las particularidades más bonitas de Alpe d’Huez es que cada una de sus 21 curvas está dedicada a un antiguo ganador de etapa en la estación. Conforme asciendes, vas encontrándote con nombres que forman parte de la historia del ciclismo y que convierten la subida en una especie de museo al aire libre.

Cuando nosotros afrontamos la ascensión resultó imposible reducir un poco el ritmo al llegar a cada curva. Miguel Indurain, Pedro Delgado, Greg LeMond, Laurent Fignon, Gianni Bugno, Marino Lejarreta, Fabio Parra, Lucho Herrera o Marco Pantani aparecen una y otra vez en la memoria mientras avanzas hacia la cima. No son simples carteles. Son recuerdos de etapas históricas, escapadas imposibles y tardes enteras pegados al televisor soñando con aquellas montañas.

Además, hay algo casi cómico cuando intentas imaginar lo que sucedía aquí durante el Tour. Mientras nosotros avanzábamos a ritmo de tortuga, con las piernas bastante castigadas y buscando cualquier excusa para levantar la vista del asfalto, resulta inevitable pensar en la velocidad a la que ascendían aquellos corredores. Cuesta creer que en estas mismas curvas Pantani pudiera dejar clavados a sus rivales, que Indurain pareciera inmune a la pendiente o que Chiappucci decidiera atacar donde la mayoría apenas intentábamos sobrevivir.

De hecho, una de las cosas que más nos impresionó fue comprobar cómo la historia del ciclismo parece seguir presente en la carretera. Aunque hayan pasado décadas desde algunas de aquellas gestas, la sensación de estar recorriendo un lugar especial resulta constante durante toda la ascensión.

Además, tuvimos la suerte de subir durante una de las jornadas estivales en las que la carretera queda reservada exclusivamente para ciclistas y cerrada al tráfico motorizado. Poder afrontar las 21 curvas míticas rodeado únicamente de otros aficionados y de las montañas convirtió la experiencia en algo todavía más especial.

Si quieres conocer todos los detalles de la subida, puedes leer nuestra experiencia completa en cómo es subir Alpe d’Huez en bicicleta.

Y aunque hoy sigue siendo una estación de montaña muy activa durante el verano, con senderismo, teleféricos panorámicos y algunas de las mejores vistas de los Alpes franceses, para muchos viajeros Alpe d’Huez seguirá siendo ante todo una carretera y una leyenda. Una de esas montañas que cualquier aficionado al ciclismo sueña con recorrer al menos una vez en la vida.

Nuestra experiencia

De todos los lugares relacionados con el Tour que hemos visitado, pocos transmiten tanta emoción como Alpe d’Huez. No fue la carretera más bonita ni la montaña más salvaje del viaje, pero sí la que despertó más recuerdos. Cada curva parecía traer de vuelta una etapa, una escapada, una victoria o un ciclista que llevábamos años sin recordar.

Si te interesan estas montañas…

Muchos de estos puertos forman parte de algunas de las rutas más espectaculares de los Alpes franceses. Puedes descubrir varios de ellos durante nuestra ruta por los Alpes franceses en coche, que incluye lugares tan especiales como La Grave y La Meije, Chamonix o Combloux.

Col du Galibier, el gigante de los Alpes franceses

Si Alpe d’Huez es la montaña más famosa del Tour de Francia, el Col du Galibier es probablemente la más respetada. Con sus 2.642 metros de altitud, sigue siendo uno de los grandes jueces de la carrera y uno de esos lugares que cualquier aficionado al ciclismo identifica inmediatamente aunque nunca haya pedaleado por sus carreteras.

A diferencia de Alpe d’Huez, aquí no hay 21 curvas legendarias ni espectadores abarrotando las cunetas. El Galibier impresiona por algo más sencillo: la enorme sensación de aislamiento y montaña. A medida que ganas altura desaparecen los árboles, el paisaje se vuelve cada vez más agreste y las dimensiones de los Alpes empiezan a resultar difíciles de comprender.

Las curvas míticas del Col du Galibier
Las curvas míticas del Col du Galibier. Imagen: Unsplash

Es una ascensión asociada a algunas de las páginas más importantes de la historia del Tour. Por aquí han pasado generaciones enteras de corredores, desde las primeras epopeyas del ciclismo hasta los grandes duelos de la era moderna. Basta observar la carretera serpenteando entre las montañas para imaginar ataques imposibles, escapadas de larga distancia y jornadas de sufrimiento que todavía hoy forman parte de la leyenda de la carrera.

Nosotros no tuvimos ocasión de subir el Galibier en bicicleta, pero sí de contemplarlo durante nuestro recorrido por los Alpes franceses. Y entendimos inmediatamente por qué sigue siendo uno de los puertos más admirados por los aficionados. Aquí la sensación no es tanto la de competir contra una pendiente como la de enfrentarse a la inmensidad de la montaña.

Además, el Galibier conecta muy bien con otros lugares espectaculares de esta zona de los Alpes. Muy cerca se encuentra La Grave y el teleférico de La Meije, uno de los paisajes más impresionantes de toda nuestra ruta alpina, donde la sensación de alta montaña resulta todavía más intensa.

Para muchos aficionados, coronar el Galibier significa algo más que alcanzar una cima. Es formar parte, aunque sea por unas horas, de una historia que comenzó hace más de un siglo y que sigue escribiéndose cada verano cuando el Tour vuelve a enfrentarse a sus laderas.

Lo que más impresiona del Galibier

Mientras que Alpe d’Huez transmite emoción y recuerdos ciclistas en cada curva, el Galibier impresiona por la dimensión del paisaje. Aquí no piensas tanto en los corredores como en la montaña. Y quizá por eso sigue siendo uno de los puertos más respetados de toda la carrera.

Col d’Izoard y la mítica Casse Déserte

Si Alpe d’Huez representa la épica de las grandes etapas del Tour y el Galibier la inmensidad de la alta montaña, el Col d’Izoard destaca por algo mucho más visual: su paisaje. Pocas ascensiones del ciclismo mundial son tan reconocibles ni transmiten una sensación tan extraña de aislamiento y grandeza.

La fama del Izoard está ligada a la Casse Déserte, una zona de aspecto casi lunar situada cerca de la cima donde desaparecen los bosques y la vegetación para dejar paso a un escenario de roca, pináculos y laderas erosionadas. Es uno de esos lugares que parecen sacados de otro planeta y que explican por sí solos por qué el Tour de Francia convirtió esta montaña en una leyenda.

Durante décadas, la simple imagen de la Casse Déserte bastaba para identificar una etapa alpina del Tour. Allí se han escrito algunas de las páginas más recordadas de la historia del ciclismo, desde los tiempos de Fausto Coppi y Louison Bobet hasta las generaciones más recientes. Es una de esas montañas donde la historia del deporte parece formar parte inseparable del paisaje.

A diferencia de Alpe d’Huez, donde la emoción nace de las curvas numeradas y los recuerdos de las grandes etapas televisadas, el Izoard impresiona desde el punto de vista visual. Incluso quienes no siguen el ciclismo entienden inmediatamente que se encuentran en un lugar especial.

Quizá por eso el Izoard sigue ocupando un lugar tan especial en la memoria de los aficionados. No es únicamente una subida. Es uno de esos escenarios donde el ciclismo y la geografía parecen haberse puesto de acuerdo para crear algo único.

Lo que hace diferente al Izoard

Muchos puertos del Tour son recordados por una victoria, una escapada o un ciclista concreto. El Izoard, en cambio, suele recordarse por una imagen: la de la Casse Déserte recortándose contra el cielo alpino. Pocos lugares resumen tan bien la estética clásica de la gran montaña francesa.

Col de la Croix de Fer, la montaña que parece no terminar nunca

Entre los grandes puertos del Tour de Francia, el Col de la Croix de Fer ocupa un lugar algo peculiar. No tiene la fama universal de Alpe d’Huez ni la altitud legendaria del Galibier, pero para muchos cicloturistas representa una de las ascensiones más completas y exigentes de todos los Alpes franceses.

La Croix de Fer es una montaña de desgaste. No impresiona por una curva concreta ni por una imagen icónica. Su carácter se construye poco a poco, kilómetro tras kilómetro, mientras la carretera se abre paso entre embalses, praderas alpinas y pequeños pueblos de montaña. Es una de esas ascensiones donde el esfuerzo se acumula de forma silenciosa hasta que la montaña acaba dominando por completo la conversación.

Precisamente por eso ha sido protagonista de algunas de las jornadas más duras del Tour. En muchas ocasiones aparecía encadenada con otros gigantes alpinos, convirtiéndose en un escenario perfecto para seleccionar corredores antes de afrontar las grandes ascensiones finales del día.

La Croix de Fer también quedó asociada para muchos aficionados a una de las grandes gestas del ciclismo moderno: la legendaria 13ª etapa del Tour de Francia de 1992. Aquel día Claudio Chiappucci coronó en solitario este puerto antes de completar una escapada inolvidable hasta Sestriere. Más de tres décadas después, sigue siendo una de las actuaciones más recordadas de la historia reciente del Tour.

Chiappucci e Indurain en la Croix de Fer. Una imagen que resume buena parte de la época dorada del Tour de Francia en los Alpes
Chiappucci e Indurain en la Croix de Fer. Una imagen que resume buena parte de la época dorada del Tour de Francia en los Alpes. Imagen: Wikimedia

Cuando se recorre la Croix de Fer se entiende rápidamente por qué tantos aficionados la consideran una de las montañas más completas de Francia. Combina dureza, paisaje y una extraordinaria sensación de aventura. A diferencia de otros puertos más conocidos, aquí todavía es fácil encontrar momentos de absoluto silencio, con el sonido de los cencerros de las vacas sustituyendo al ruido de los coches y de los grandes grupos de visitantes.

Además, el entorno resulta espectacular. Desde numerosos puntos de la ascensión se obtienen amplias panorámicas sobre algunos de los valles más bellos de la Saboya francesa. Es una carretera que invita a levantar la vista constantemente, aunque las piernas preferirían concentrarse únicamente en seguir pedaleando.

Quizá por eso la Croix de Fer conserva un estatus especial entre quienes disfrutan de la montaña en bicicleta. No necesita una leyenda concreta para resultar memorable. Su grandeza nace de la propia carretera, de la longitud de la subida y de esa sensación de estar participando en una de las rutas alpinas más auténticas que todavía pueden encontrarse en Francia.

Lo que hace especial a la Croix de Fer

Mientras otros puertos impresionan por una cima espectacular o por una imagen icónica, la Croix de Fer conquista por la experiencia completa. Es una montaña larga, cambiante y exigente, donde el paisaje evoluciona constantemente y donde cada kilómetro parece formar parte de un viaje mucho mayor.

Col de la Madeleine, la montaña de la paciencia

Hay puertos del Tour de Francia que se recuerdan por una curva concreta, por una fotografía histórica o por una victoria memorable. El Col de la Madeleine, en cambio, suele quedarse grabado por otro motivo: su capacidad para desgastar lentamente a los corredores hasta dejarlos completamente expuestos frente a la montaña.

Pintadas animando a los corredores del Tour en las cuestas del Col du Madeleine
Pintadas animando a los corredores del Tour en las cuestas del Col du Madeleine. Imagen: Unsplash

Con más de 2.000 metros de altitud y una ascensión larga desde cualquiera de sus vertientes, la Madeleine ha sido durante décadas uno de los grandes filtros del Tour. No siempre aparece en las portadas, pero los aficionados saben que cuando la carrera atraviesa estas laderas la jornada suele convertirse en una auténtica batalla de resistencia.

La Madeleine no suele ofrecer las imágenes espectaculares de la Casse Déserte del Izoard ni la sensación de alta montaña extrema del Galibier. Su grandeza es distinta. Se encuentra en esa mezcla perfecta entre longitud, desnivel y regularidad que obliga a mantener un esfuerzo constante durante mucho tiempo.

Además, el paisaje resulta especialmente agradable. Bosques, pequeños pueblos alpinos, pastos de montaña y amplios panoramas acompañan al ciclista durante gran parte de la ascensión. Es una montaña hermosa, pero también tremendamente exigente. Una de esas carreteras que parecen sencillas sobre el papel hasta que las piernas empiezan a recordar que cada kilómetro sigue siendo cuesta arriba.

Por eso el Col de la Madeleine suele estar presente en las grandes etapas alpinas del Tour. No necesita ser el puerto más espectacular para decidir una carrera. Le basta con hacer lo que lleva décadas haciendo: acumular cansancio, seleccionar a los más fuertes y preparar el terreno para que la historia del ciclismo vuelva a escribirse unos kilómetros más adelante.

Lo que hace especial a la Madeleine

La Madeleine representa mejor que ningún otro puerto la dureza silenciosa del Tour de Francia. No impresiona por una curva legendaria ni por una enorme altitud. Impresiona porque obliga a mantener un esfuerzo constante durante mucho tiempo, exactamente igual que las grandes montañas que terminan decidiendo la carrera.

Col du Télégraphe, el prólogo perfecto del Galibier

Si preguntas a cualquier aficionado al ciclismo por el Col du Télégraphe, muchos te responderán inmediatamente con otro nombre: Galibier. Y es lógico. Durante décadas ambos puertos han formado una de las combinaciones más temidas y respetadas del Tour de Francia, hasta el punto de que resulta difícil hablar de uno sin mencionar al otro.

Sin embargo, el Télégraphe tiene personalidad suficiente para merecer protagonismo propio. Situado sobre la localidad de Valloire, este puerto de montaña no destaca por grandes cifras de altitud ni por paisajes dramáticos, sino por su capacidad para desgastar las piernas antes de que aparezca el verdadero gigante alpino que espera más arriba.

Inicio a la ascensión al Col du Telegraphe
Inicio a la ascensión al Col du Telegraphe. Imagen: Unsplash

Durante muchos años, el Tour ha utilizado esta combinación como una auténtica trampa táctica. Los corredores llegan al pie del Télégraphe pensando en el Galibier y, precisamente por eso, suelen olvidar que la batalla ya ha comenzado. Kilómetro tras kilómetro, la carretera asciende entre bosques y curvas encadenadas que van consumiendo energía de forma casi imperceptible.

Quizá por eso este puerto está asociado a algunas de las etapas alpinas más duras de la historia moderna del Tour. Más que un escenario de ataques heroicos, el Télégraphe ha sido tradicionalmente una montaña de desgaste, un lugar donde los favoritos empezaban a quedarse aislados antes de afrontar las rampas mucho más exigentes del Galibier.

Además, el paisaje tiene un encanto muy diferente al de otros puertos alpinos. Los bosques que rodean buena parte de la ascensión crean una atmósfera mucho más íntima y menos espectacular que la de las grandes cumbres abiertas. En cierto modo, el Télégraphe parece una conversación tranquila antes de que empiece la tormenta.

Y precisamente ahí reside buena parte de su atractivo. Porque no todas las montañas legendarias necesitan una cima espectacular para formar parte de la historia del Tour. Algunas, como el Télégraphe, han construido su reputación siendo el escenario donde realmente empieza el sufrimiento.

Lo que hace especial al Télégraphe

Pocos puertos del Tour viven tan a la sombra de un vecino tan famoso como el Galibier. Sin embargo, quienes han recorrido ambos saben que buena parte de la dureza de esta etapa legendaria comienza realmente aquí, escondida entre bosques y curvas mucho antes de alcanzar las grandes altitudes alpinas.

¿Cuál es el puerto más especial de los Alpes?

No existe una única respuesta. El Galibier transmite mejor que ningún otro la sensación de alta montaña; el Izoard ofrece el paisaje más singular; la Madeleine y la Croix de Fer representan la dureza sostenida de las grandes jornadas alpinas; y el Télégraphe adquiere todo su sentido cuando se enlaza con el Galibier.

Pero si tuviéramos que elegir únicamente uno, nosotros nos quedaríamos con Alpe d’Huez. No porque sea necesariamente la carretera más bonita ni la ascensión más dura, sino porque fue la que pudimos vivir desde dentro. Subir sus 21 curvas a nuestro ritmo, con las piernas completamente agotadas y toda la historia del Tour presente en la carretera, convirtió aquella jornada en algo difícil de comparar con cualquier otro puerto.

Quizá esa sea también la respuesta más honesta: el mejor puerto no siempre es el más alto, el más duro o el más famoso. Es aquel en el que la montaña termina mezclándose con tus propios recuerdos.

Cuando la carretera se convierte en leyenda

Los grandes puertos alpinos del Tour de Francia tienen algo difícil de explicar. Sobre el papel son simples carreteras de montaña. En la práctica, cada uno transmite una personalidad diferente.

Alpe d’Huez emociona porque inevitablemente te hace pensar en todas las historias que se han escrito sobre sus curvas. El Galibier impresiona por la inmensidad del paisaje. El Izoard parece sacado de otro planeta. La Croix de Fer pone a prueba la paciencia y la resistencia. Y la Madeleine recuerda que la montaña no siempre necesita ser espectacular para resultar inolvidable.

Lo mejor de recorrer estos puertos no es únicamente contemplar algunos de los paisajes más impresionantes de los Alpes franceses. Es descubrir cómo cambia la montaña de un valle a otro, cómo cada ascensión tiene un carácter propio y cómo unas simples carreteras pueden llegar a convertirse en destinos por derecho propio.

Durante nuestra ruta por los Alpes franceses comprobamos que muchas de las panorámicas más memorables del viaje se encontraban precisamente junto a estas carreteras míticas. Algunas conducían hacia lugares tan espectaculares como La Grave y La Meije, otras hacia el Pic Blanc de Alpe d’Huez, pero todas compartían la misma capacidad para hacerte sentir muy pequeño frente a la montaña.

Y cuando termines de explorar los Alpes, todavía te quedará otra gran cordillera por descubrir. Porque al sur de Francia te esperan el Tourmalet, Aubisque, Aspin o Peyresourde, algunos de los grandes clásicos del Pirineo francés, donde la carretera y la montaña vuelven a convertirse en protagonistas.

Nuestra conclusión

Los grandes puertos del Tour son mucho más que una sucesión de curvas y kilómetros de subida. Son algunos de los paisajes más espectaculares de Europa y una magnífica excusa para descubrir los Alpes franceses desde una perspectiva diferente. Incluso para quienes nunca se han planteado subirse a una bicicleta.

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