Llegamos a descubrir las mejores cosas que ver en Lúxor todavía con la arena de Guiza pegada a las zapatillas y la silueta de las pirámides flotando en la cabeza.
Después de pasar un par de días frente a las majestuosas Pirámides de Guiza y de intentar descifrar la misteriosa expresión de la Gran Esfinge de Guiza, nos subimos a un autobús nocturno en El Cairo rumbo al sur. Fue un trayecto largo, de esos en los que el sueño es intermitente y el cuerpo no encuentra la postura ideal.
Al amanecer, cuando por fin llegamos a Lúxor, la luz era suave y el aire mucho más templado que en la capital. Cruzamos el Nilo en una pequeña barca pública para alcanzar la orilla oeste, donde habíamos reservado una casa de huéspedes. Fue una de las mejores decisiones del viaje. Nos recibieron con una hospitalidad compuesta de té caliente, conversación tranquila y la sensación inmediata de estar en casa.
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Alojarnos en la orilla occidental nos permitió disfrutar de las mejores cosas que ver en Lúxor a la vez que vivíamos una de nuestras experiencias más rurales y auténticas de nuestro viaje a Egipto. Allí no hay grandes avenidas ni tráfico constante, sino campos verdes, caminos de tierra, niños saludando al paso y las montañas tebanas dibujando el horizonte. Además, la mayoría de los grandes tesoros arqueológicos se concentran en este lado, así que muchas mañanas salíamos directamente en bicicleta desde la puerta de nuestra casa.
Durante nuestra estancia coincidimos con el Ramadán, y esa circunstancia transformó completamente nuestra experiencia. Una familia del barrio nos invitó a compartir el iftar, la cena con la que se rompe el ayuno al ponerse el sol. Lo que empezó como una invitación puntual se convirtió en tres noches seguidas compartiendo mesa. Entre platos caseros, risas y miradas cómplices, dejamos de ser visitantes para convertirnos en algo más cercano. Hoy podemos decir que tenemos una familia en Lúxor.
Con esa mezcla de historia colosal y hospitalidad cotidiana, exploramos la ciudad y sus alrededores. Estas son, para nosotros, las diez mejores cosas que ver en Lúxor.
Índice de contenidos
- 1. El Valle de los Reyes
- 2. El Templo de Hatshepsut
- 4. Los Colosos de Memnón
- 5. El Templo de Karnak
- 6. El Templo de Luxor al anochecer
- 7. El Ramesseum
- 8. Subir en globo al amanecer
- 9. Medinet Habu
- 10. Un paseo en faluca por el Nilo
- 11. Compartir el Ramadán con nuestra familia de Luxor
- 12. El Valle de los Artesanos (Deir el-Medina)
1. El Valle de los Reyes

Si hay un lugar que concentra el magnetismo de todo lo que ver Luxor es el Valle de los Reyes. Salimos temprano en bicicleta para evitar el calor, pedaleando entre cultivos y pequeñas aldeas. A medida que nos acercábamos, el paisaje se volvía cada vez más árido, hasta transformarse en un escenario casi lunar.
Aquí fueron enterrados algunos de los faraones más poderosos del Imperio Nuevo, entre ellos Tutankamón. La idea de que bajo esas colinas aparentemente desnudas se escondan cámaras funerarias ricamente decoradas resulta difícil de asimilar hasta que uno desciende por los corredores excavados en la roca.
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- Ecursión a los templos de Abydos y Dendera
- Visita al Valle de los Reyes y las Reinas, y los Colosos
- Visita guiada a los templos de Lúxor y Karnak
- Paseo en globo por Lúxor
- Tour de Lúxor al completo
- Otras espectaculares excursiones en Lúxor y alrededores
Entrar en las tumbas es una experiencia intensa. Los pasillos inclinados, las cámaras cubiertas de jeroglíficos y escenas del viaje al Más Allá, los colores que siguen vibrando miles de años después… Todo – incluido el calor, aunque estábamos en pleno mes de marzo – nos obligó a caminar despacio, en silencio. Cada tumba tiene su propio diseño y simbolismo. Algunas son más profundas, otras más ornamentadas, pero todas comparten esa sensación de estar atravesando un umbral hacia otra dimensión del tiempo.
2. El Templo de Hatshepsut
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Muy cerca del valle se encuentra uno de los templos más elegantes que ver en Lúxor: el Templo de Hatshepsut. Llegamos también en bicicleta, disfrutando del contraste entre los campos verdes y la pared rocosa que se alza detrás del complejo.
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Mandado construir por la faraona Hatshepsut, este templo funerario rompe con la imagen más habitual de la arquitectura egipcia. Sus terrazas escalonadas y columnatas simétricas se integran con la montaña de una forma sorprendentemente armónica.
Nos detuvimos largo rato frente a los relieves que narran expediciones comerciales a tierras lejanas, cargadas de incienso y productos exóticos. Pensar en una mujer gobernando y dejando su huella en un mundo dominado por hombres era algo realmente impactante. Desde la terraza superior, gozamos de una vista del valle amplia y luminosa.
3. El Valle de las Reinas
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Más discreto pero igual de evocador es el Valle de las Reinas. Aquí descansan esposas reales y príncipes, y el ambiente es más íntimo que en el Valle de los Reyes.
Paseamos entre las entradas excavadas en la roca con una sensación de recogimiento. Las pinturas murales, en algunas tumbas, conservan una delicadeza extraordinaria. Colores vivos, figuras estilizadas y escenas del Más Allá acompañan a quienes fueron enterradas aquí. Nos llamó la atención la atención al detalle y la expresividad de los rostros.
Aunque menos monumental, este valle nos permitió conectar con una dimensión más humana del antiguo Egipto. No solo los grandes faraones tenían su lugar en la eternidad, sino también las reinas y sus hijos formaban parte de ese complejo universo espiritual.
4. Los Colosos de Memnón

En medio de los campos, junto a la carretera, se levantan los imponentes Colosos de Memnón. Son dos estatuas gigantes que representan al faraón Amenhotep III y que, en su día, flanqueaban la entrada a su templo funerario.
Pasamos por allí varias veces en bicicleta, porque forman parte del camino hacia otros monumentos y, además, nuestro alojamiento se encontraba a menos de cinco minutos en bicicleta. Nos gustaba detenernos y observar cómo la luz transformaba la piedra a lo largo del día. A primera hora de la mañana, el tono es suave; al atardecer, adquiere matices dorados y rojizos.
Aunque la visita es breve, los colosos simbolizan la grandeza de una época en la que los gobernantes aspiraban a la eternidad. Permanecen allí, impasibles, contemplando siglos de historia.
5. El Templo de Karnak
En la orilla este del Nilo se encuentra el impresionante Templo de Karnak, no solo uno de los monumentos más importantes que ver en Lúxor, sino uno de los complejos religiosos más vastos del mundo antiguo. Cruzamos el río en barca pública y nos adentramos en un espacio que parece no tener fin.
La sala hipóstila es, probablemente, uno de los lugares más impactantes que hemos visto en Egipto. Sus 134 columnas gigantes crean un bosque de piedra en el que nos sentimos diminutos. Caminábamos mirando hacia arriba, intentando abarcar la altura y la densidad de los relieves.
Karnak no fue construido en una sola etapa. Durante siglos, distintos faraones añadieron patios, obeliscos y santuarios. Esa acumulación de historia se percibe en cada rincón. Dedicamos varias horas a recorrerlo sin prisas, dejándonos sorprender por detalles que aparecían casi por casualidad.
6. El Templo de Luxor al anochecer

El Templo de Luxor tiene una relación distinta con la ciudad. Está integrado en la vida cotidiana, rodeado de tráfico, tiendas y cafeterías. Decidimos visitarlo al atardecer, cuando la luz empieza a suavizarse. El obelisco, que aún permanece en pie frente a la entrada, marca el acceso a un espacio que, al anochecer, se transforma por completo. La iluminación resalta las columnas y crea sombras profundas que intensifican la atmósfera.
Nos sentamos un rato frente a las estatuas, observando cómo el templo cambiaba de color con el cielo. Después, al caer completamente la noche, nos internamos en su interior para disfrutar del templo parcialmente iluminado. Nos encantó el juego de luces que crean una atmósfera íntima como pocas.
Sé que jamás olvidaré aquel lugar y me parece un monumento que quizá el hombre no podrá replicar en milenios. Verlo de noche es una de las mejores cosas que hacer en Lúxor.
7. El Ramesseum
El Ramesseum, templo funerario de Ramsés II, es menos visitado que otros monumentos, y quizá por eso nos gustó tanto. Llegamos en bicicleta, bajo un sol ya intenso, y apenas encontramos otros viajeros.
Entre columnas caídas y estatuas fragmentadas se percibe una grandeza serena. Nos impresionó la enorme cabeza caída de Ramsés II, que aún transmite poder pese al paso de los siglos. Paseamos sin prisas, disfrutando de la tranquilidad y de la sensación de estar explorando un lugar casi olvidado.
8. Subir en globo al amanecer

Aunque dudamos al principio, finalmente nos animamos a sobrevolar la orilla oeste en globo aerostático. Ver el Valle de los Reyes, los campos verdes y el desierto desde el aire, con el sol emergiendo lentamente, fue una experiencia inolvidable. Aunque dudamos al principio, finalmente nos animamos a sobrevolar la orilla oeste en globo aerostático. Ver el Valle de los Reyes, los campos verdes y el desierto desde el aire, con el sol emergiendo lentamente, fue una experiencia inolvidable.
El contraste entre el verde fértil junto al Nilo y el ocre infinito del desierto se aprecia de forma espectacular desde arriba. Los vuelos suelen durar unos 40 minutos, pero la preparación hace que tengas que levantarte a las 5 am aproximadamente. Hazme caso: merece la pena y es uno de los imprescindibles que hacer en Lúxor.
9. Medinet Habu
Otro de los grandes complejos de la orilla oeste es el templo de Medinet Habu, construido por Ramsés III. Es uno de los mejor conservados entre los templos que ver en Lúxor y, sin embargo, suele quedar fuera de muchos itinerarios rápidos.
Nos sorprendió la viveza de los relieves, que muestran escenas de batallas y ceremonias con un nivel de detalle impresionante. Las murallas que rodean el recinto le dan un aire casi fortificado. Caminamos por sus patios disfrutando de la calma y de la riqueza iconográfica.
10. Un paseo en faluca por el Nilo

Una tarde decidimos cambiar templos por agua y subimos a una faluca tradicional para navegar por el Nilo. El contraste fue perfecto. Encontraréis decenas de barqueros que te ofrecerán sus servicios. Al final es un tema de regatear el precio y ver el pálpito que te da cada uno. Nosotros elegimos a Ahmed, un tipo delgado y pequeño que nos cautivó con su verborrea y su contagiosa sonrisa.
El ritmo lento de la embarcación, el sonido del viento inflando la vela y la vista de las dos orillas, con la ciudad más bulliciosa al este y los campos tranquilos al oeste, nos ofrecieron una perspectiva diferente de Lúxor. El atardecer tiñó el cielo de tonos anaranjados y rosados, convirtiendo aquel pequeño lugar del planeta en el rincón más romántico del mundo.
Sin duda, es una de las cosas más bellas que hacer en Lúxor.
11. Compartir el Ramadán con nuestra familia de Luxor

Más allá de los monumentos, lo que realmente marcó nuestro viaje fueron las dos noches en las que compartimos el iftar con la familia que nos acogió. Esperamos juntos la llamada a la oración y rompimos el ayuno con dátiles y sopa caliente.
La mesa estaba llena de platos caseros, preparados con esmero. Nos explicaban cada receta, reíamos intentando comunicarnos en distintos idiomas y nos sentíamos parte de algo mucho más grande que un simple viaje.
Esos momentos nos recordaron que Lúxor no es solo un museo al aire libre, sino una ciudad viva, con personas generosas que convierten la experiencia en algo profundo.
12. El Valle de los Artesanos (Deir el-Medina)

Uno de nuestros grandes descubrimientos entre los mejores lugares que ver en Lúxor fue el Deir el-Medina, conocido como el Valle de los Artesanos. Aquí vivían los trabajadores que excavaban y decoraban las tumbas reales.
Las tumbas de estos artesanos, aunque más pequeñas, están increíblemente bien conservadas. Los colores son vibrantes y las escenas, mucho más humanas. Representan la vida cotidiana con una cercanía que emociona.
Pasear por las ruinas del poblado nos permitió imaginar la vida diaria de quienes hicieron posible la grandeza de los faraones. Fue una visita diferente, más íntima y reveladora.
Nos fuimos con la sensación de haber descubierto no solo templos y tumbas, sino también una red de afectos inesperados.
Entre bicicletas al amanecer, colosos de piedra, columnas infinitas y cenas compartidas bajo el cielo del Alto Egipto, Lúxor se nos reveló como un lugar donde el pasado y el presente conviven con naturalidad. Y nosotros tuvimos la suerte de formar parte, aunque fuera por unos días, de esa historia interminable.

