Visita a Colonia del Sacramento en Uruguay

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Mi paso por la República Oriental del Uruguay fue una de las mejores sorpresas de todo mi viaje por Sudamérica. Apenas conocía nada del país cuando mi amigo Diego -de Montevideo- me recomendó que no lo pasara por alto y me detuviera un par de semanas a conocer parte del país, su familia y sus amigos.

Muchas gracias, Charrua -así le llamamos en mi grupo de amigos dublinés- porque lo pasé bárbaro allá.

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Tras pasar una semana en Montevideo me disponía a entrar en Argentina para pasar las Navidades en Buenos Aires. La forma más rápida de hacerlo es utilizando el ferry que zarpa de Colonia del Sacramento y te deja en el puerto del Río de la Plata, en la ciudad bonaerense. Sobre precios y compañías ya os dejé un artículo en su día.

Tomé el bus que parte de la terminal de Tres Cruces, en la capital, y trás 4 horas llegué a Colonia. El bus es muy cómodo y, ya que el paisaje no es demasiado espectacular, aproveché para pegarme una buena siestecita.

Era pleno verano austral y a las 3 de la tarde -hora de llegada- la temperatura rozaba los 38 grados, así que cargué la mochila y fui directo al hostal en el que me esperaba uno de mis compañeros de viaje del que me había separado hacia unas semanas. El lugar -el hostal El Español, en Manuel de Lobo 377, a unas pocas cuadras del centro histórico- es aceptable para mochileros y nos costó 200 pesos por persona en dormitorios de 4 con baño compartido.

Colonia fue ocupada por los portugueses en el año 1680 para ir cambiando varias veces de manos entre éstos y los españoles hasta 1777, cuando pasaría a ser posesión española de manera definitiva (hasta la independencia de Uruguay). Esta mezcla de influencias provocó la belleza y combinación de estilos arquitectónicos que podemos apreciar en el barrio histórico de la ciudad, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 1995. Sus calles empedradas son estrechas y llenas de árboles que proyectan sombras benditas en las calurosas tardes de verano. Flores de diversos colores trepan por los muros de las casas y rivalizan para atraer la atención del gran número de turistas que pasean principalmente los fines de semana.

blankLos puntos de mayor interés son la arbolada Plaza Mayor, el faro, la Casa del Virrey – reconstruida sobre las propias ruinas originales-, el museo portugués, la plaza de toros Real de San Carlos y, para aquellos que gusten de visitar iglesias, la Basílica del Santísimo Sacramento -levantada por los portugueses en 1808- y la iglesia Matriz, la más antigua de la República Oriental del Uruguay, que data del año 1695.

Existen multitud de restaurantes y bares por el centro histórico pero no olvidéis que el lugar es de los más turísticos del país -después de Punta del Este y algún balneario playero más- y los precios están bastante hinchados. Os aconsejaría comer en cualquier restaurante de la otra parte de la ciudad. No están lejos del centro, son de una calidad y diversidad de carta muy parecida y a mucho mejor precio.

Para la noche salimos a cenar y después nos tomamos unas copas en el hostal con un grupo de porteños -gente de Buenos Aires- que habían venido a desfasar el finde fuera de su hábitat habitual. Como ya conocían la zona y el percal, nos dejamos guiar por ellos y acabamos en una mezcla entre pub y discoteca llamado Tres Cuarto en la calle Alberto Méndez 295. Es bastante grande y tiene 3 pistas con diferentes tipos de música: techno, pop y reggaeton y otros ritmos latinos. A eso de las 5, cansados de todo el día por el mundo, nos volvimos al hostal para dormir unas horas antes de que nos sacaran de la habitación. Tenéis otros bares con música en directo y bonita decoración en el centro histórico pero son más tranquilos y caros.

La mañana antes de tomar el ferry salió ventosa y gris y aproveché para visitar la verde orilla del Río de la Plata que baña la ciudad. El agua gris golpeaba agresiva las rocas de la orilla y el cielo oscurecía el ambiente, dando un toque amenazador a los cañones oxidados que guarecían, en otro tiempo, aquella plaza militar cuna del contrabandismo que había sido moneda de cambio por tantos años entre los países colonizadores del Viejo Continente. Las calles por las que paseaba me llevaban a otra época, quizás más romántica…Quizás más cruel.

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