Viajando a la historia de los castillos de Gales

Gales es tierra de castillos, leyendas y mitos

Reino Unido TFW

Los castillos parecen brotar de la tierra galesa con la misma facilidad y fuerza que lo hace la verde hierba tras la generosa lluvia otoñal. Entre los lejanos ecos de gritos – tanto fieros como desconsolados – proferidos en distintas lenguas, más de 400 gigantes de piedra susurran historias de sangre, fuego y acero al viajero que se adentra en Gales.

Fortalezas que constituyen un legado histórico que ha sobrevivido al violento paso de señores normandos, príncipes galeses y monarcas ingleses, fundiéndose, en algunos casos, con una Madre Naturaleza que, cubriéndolas de hiedra y arbustos, tiernamente las reclama como hijas suyas, conocedora de las penurias que han sufrido a manos del hombre.

Viajar por Gales se convierte en una completa clase magistral sobre los distintos tipos de construcciones defensivas medievales europeas.

Origen de los castillos de Gales: castillo de Cardiff

Castillo de Cardiff

Tras la Batalla de Hastings, en 1066, Guillermo el Conquistador, primer rey de Inglaterra de origen normando, cedió ricas tierras a sus aliados. Estos, para proteger sus nuevos señoríos cercanos a ríos y puertos costeros, levantaron los primeros castillos de Gales, empleando arena y madera del entorno natural que los rodeaba.

La primera fortaleza importante erigida en esa época es la que domina el centro de Cardiff, urbe que ejerce de capital y principal punto de bienvenida de viajeros en Gales.

El castillo de Cardiff fue construido, a finales del siglo XI, bajo las órdenes del normando Robert Fitzhamon, señor de Gloucester y Glamorgan. Sin embargo, la historia defensiva del lugar elegido para levantar este bastión vikingo se remonta a los tiempos de la ocupación romana. Las legiones de Nerón establecieron aquí un gran fuerte de madera en la segunda mitad del siglo I.

Con el paso de los siglos, las dinastías De Clare, Despenser, Beauchamp, Neville, Tudor, Herbert y Windsor fueron añadiendo estructuras – tanto defensivas como bellas salas destinadas a los señores – al cuerpo principal del castillo. Finalmente, entre 1776 y 1947, los Bute – familia a la que se le atribuye el mérito de lograr que Cardiff se convirtiera en uno de los puertos exportadores de carbón más importantes del mundo – transformaron el castillo en la fantasía gótica que el visitante puede apreciar hoy en día.

La era de los castillos de Piedra: castillo de Caerphilly

Castillo de Caerphilly © Pixabay

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Arena y madera probaron no ser suficientes para contener ataques a gran escala y, durante los siglos XII y XIII, los arquitectos militares que asesoraban a los distintos señores de Gales fijaron su mirada en la piedra de las montañas.

Chepstow Castle, en Monmouthshire, fue el primer castillo de piedra en Gales. Le siguieron más de una veintena, pero ninguno tan grandioso como el de Caerphilly, primer castillo del Reino Unido en usar un sistema defensivo compuesto por murallas concéntricas y fosos. Su enormidad impacta al viajero desde la distancia.

Caerphilly fue levantado en el sur de Gales por Gilberto ‘El Rojo’ de Clare, un bravo guerrero y señor normando, de pelo rojizo y corazón incandescente. También de espíritu indómito era el enemigo del que se quería proteger: Llywelyn ap Gruffydd, último rey nativo de Gales como país independiente.

Llywelyn ‘El Último’, como sería bautizado más tarde, controlaba gran parte del centro y norte de Gales, fijando su anhelo en el sur. Las poderosas murallas de Caerphilly fueron erigidas entre 1268 y 1271, repeliendo los ataques de Llywelyn. Hoy, aparecen raídas y colonizadas por una hierba que les confiere un aspecto arcaico y cansado.

Eduardo I, al negarle Gilberto de Clare el apoyo militar solicitado en cinco ocasiones, despojó al señor normando de sus posesiones, y el castillo de Caerphilly – segundo más grande del Reino Unido, solo superado por Windsor – pasaría a tener una escasa relevancia militar a partir de 1283, cuando el monarca inglés ya había acabado con Llywelyn.

El anillo de Hierro de Eduardo I: castillo de Harlech

Castillo de Harlech © Pixabay

No ocurrió así con los cuatro castillos que el arquitecto militar de Eduardo I, James de Saint George, diseñó entorno a las montañas de Snowdonia, corazón natural y espiritual de la vieja Gales, para asegurar las tierras conquistadas por su rey a finales del siglo XIII. Conwy, Beaumaris y Caernarfon son las fortalezas hermanas del castillo de Harlech.

Para visitar Harlech, el viajero parte de Caerphilly hacia el norte por carreteras que pasan junto a las serenas aguas de los lagos que se intercalan entre las montañas tapizadas de verde del Parque Nacional de Brecon Beacons.

Más bravas eran, sin embargo, las aguas del Mar de Irlanda que golpeaban la base del acantilado sobre el que se alza la gran mole de Harlech. Siete siglos más tarde, el mar ha retrocedido y esa obra militar en la que trabajaron más de mil artesanos aparece aislada, como un buque de piedra que ha encallado en un mundo paralelo al que ya no pertenece.

Los muros exteriores del castillo de Harlech parecen delgados y débiles al compararlos con las masivas murallas del círculo interior. Su puerta principal, prácticamente inexpugnable, mira al este, único lugar desde el que se podía aproximar un ejército numeroso. En la actualidad, solo formaciones desorganizadas de mansas ovejas pacen en el césped de las laderas, pero Harlech vivió una frenética actividad militar y sufrió largos sitios, incluyendo el más largo de la historia de las islas británicas.

Ocurrió durante la Guerra de las Dos Rosas, contienda que enfrentó a las casas de Lancaster y York por el trono inglés. Entre 1461 y 1468, un puñado de hombres del ejército de los Lancaster resistieron al sitio, gracias a una escalera secreta que conectaba la fortaleza con el mar, permitiendo el reabastecimiento por esa vía. Finalmente, allí cayó la última fortaleza de los Lancaster.

Desde lo alto de los torreones circulares de Harlech, se divisan, lejos en el norte, las montañas del Parque Nacional de Snowdonia. En sus técnicas laderas, en el invierno de 1953, un montañero neozelandés y un sherpa nepalí entrenaban con denuedo. El 29 de mayo de 1953, fueron los primeros hombres en coronar el castillo de piedra más grande e inexpugnable del mundo: el Everest. Sin fuego, sin espadas. Lejos del eco de la batalla, Edmund Hillary y Tenzing Norgay se convirtieron en héroes.


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