Viviendo el festival del lago Inle en Myanmar

Procesiones sagradas y carreras de botes en un lago único en el mundo que transmite magia

Myanmar TFW

El lago Inle, en Myanmar, es un lugar especial. Soy un tipo que no cree mucho en el tema de energías, auras y demás cosas del mundo espiritual, pero debo reconocer que ese milenario lago natural, de 25 km de largo por 7 km de ancho, me transmite unas vibraciones que sólo he sentido en otro lugar del mundo, curiosamente, también relacionado con el agua: las cataratas de Iguazú.

Por mi trabajo (bendito trabajo) de guía turístico, he visitado el lago Inle en más de una decena de ocasiones y, sin embargo, no dejo de emocionarme mientras surco sus aguas a bordo de esas barcas birmanas con forma de vaina.

Las aldeas y huertos sobre el lago, la sonriente gente que te saluda desde las casas o los campos, los nenúfares y flores de loto flotando aquí y allá, los búfalos de agua dándose su baño después de la dura jornada laboral, las pagodas y monasterios levantados sobre pilotes de madera, y las verdes montañas que lo envuelven todo… Hay magia en cada rincón del lago. Una magia que se acentúa al atardecer, cuando la luz del sol da un baño dorado con tonos cobrizos a estampas paisajísticas inolvidables.

Sin embargo, a pesar de haber visitado el lago Inle tantas ocasiones, nunca había conseguido ver su famoso festival de octubre. Por fin, este 2019 pude sacarme esa espinita.

En qué consiste el festival del lago Inle

Durante el festival, que dura 18 días, cuatro estatuas sagradas de Buda van en procesión, transportadas en una barcaza real dorada, por las distintas aldeas del lago.

Esas estatuas son, en realidad, cinco, y duermen el resto del año bajo el adornado techo de la pagoda Phaung Daw Oo, la más sagrada de la zona y una de las más importantes de Myanmar.

Los cinco Budas viajaron hasta el lago Inle hace siglos, formando parte del séquito de uno de los reyes birmanos que habitaban en la imponente Bagan. Los aldeanos quedaron tan entusiasmados con la visita que le pidieron al monarca que dejara algo como recuerdo, y éste les regaló los famosos cinco budas. Con el tiempo, se levantó la pagoda Phaung Daw Oo sobre las aguas del lago y esa fue la morada de tan venerados tesoros.

El motivo por el que sólo sacan en procesión a cuatro de los cinco budas es muy curioso. Hace décadas, en una de las celebraciones anuales en Inle, el viento hizo volcar la barcaza real y los cincos budas se hundieron en las aguas del lago. Al no ser éste muy profundo, consiguieron recuperar cuatro de las estatuas en muy poco tiempo, pero la quinta no apareció. Al caer la noche, la gente se marchó, triste y desesperada, a sus casas.

La sorpresa llegó a la mañana siguiente, cuando apareció la quinta estatua dentro de la pagoda. Nadie se atribuyó el rescate, así que ha quedado en la memoria histórica de las gentes de Myanmar como un auténtico milagro.

Desde entonces, ese Buda nunca abandona su confortable guarida en Phaung Daw Oo.

Viviendo la procesión y las carreras de barcas

Al final de los 18 días de procesión, se realizan unas espectaculares carreras entre largas barcazas hechas de madera de teca. Cada una de ellas representa a una aldea distinta del lago y pueden ser impulsadas por hasta 100 remeros (hay, también, distintas categorías con menos remeros). La forma de remar de las gentes del lago Inle es única en el mundo, pues se ayudan con su pierna para dejar libres las manos y poder, así, faenar con sus redes de pescadores. En las carreras, mantienen la tradición y también reman así, dejándonos a los extranjeros totalmente boquiabiertos.

Además, al colorido de los adornos de las barcas hay que añadirle el de las típicas prendas que se llevan en el estado de Shan.

Cogiendo posiciones y la espera

Llegamos a los terrenos de la pagoda Phaung Daw Oo sobre las 7.30 de la mañana. El lugar ya estaba a rebosar y seguían llegando barcas cargadas de gente local, monjes y algunos turistas (éramos abrumadora minoría, lo cual daba mucha más autenticidad a lo que estábamos viviendo).

Tomamos posiciones en el muelle, entre el gentío local y esperamos pacientemente a la llegada de las barcas. Para hacer más llevadera la espera, unas jóvenes birmanas bailaban, ataviadas con pomposos trajes ceremoniales, en una barca situada frente a la pagoda Phaung Daw Oo, al son de una música algo estridente.

Hablábamos con la gente en tono cordial y fue así como conocí a una jubilada que había venido de Yangon a ver el festival por primera vez en su vida. Su inglés era muy bueno, ya que había trabajado como funcionaria del gobierno durante gran parte de su vida, y acabamos haciéndonos un selfie poco antes del paso de la primera barca.

La barcaza sagrada de los Budas

Vimos pasar varias barcas grandes impulsadas por los remeros que después participarían en las carreras. La gente, cuando reconocían de qué aldea eran, les jaleaba enfervorecida.

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Tras pasar más de una decena de barcas, llegó la barcaza dorada, ricamente ornamentada, en la que viajaban los cuatro budas sagrados. El desembarco se produjo en el muelle de la  pagoda y, con sumo cuidado y custodiados por varias personas, los budas fueron entrando en su casa habitual.

Esperamos a que se despejara un poco el camino para cruzar al lado en el que creíamos que podíamos ver las carreras. Sin embargo, a esas horas ya nos fue imposible conseguir un buen puesto de observación y, tras una espera de algo más de media hora en pie, nos tuvimos que conformar con vislumbrar algunos de los botes que participaban en cada manga de competición. Eso sí, lo poco que vimos correspondía a las carreras más espectaculares: las de las barcas de cien remeros.

Nos dio igual no poder bien la carrera, pues lo verdaderamente mágico de todo aquello era el ambiente que se respiraba allí. La gente añadía colorido a la estampa. Todo el mundo hablaba, reía, animaba… Era una jornada en la que las trabajadoras y duras gentes del lago inle dejaban a un lado su constante sacrificio para disfrutar de sus tradiciones culturales. A ellos les doy las gracias por un día que no olvidaré jamás.


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