Zapato derecho


Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Jorge Jiménez.

“Al llegar a un cruce de caminos escogí el menos
transitado de los dos… y esa decisión lo cambió todo”, Robert Frost

Como zapato es difícil entender las decisiones humanas, sobre todo cuando tu dueño, tu Señor, ha perdido el juicio. ¿A dónde irá este tipo? Se está metiendo en la espesura y no parece darse cuenta. Al principio el camino le ha llevado por una senda bastante sencilla, pero ahora la luz se va apagando y la vegetación nos supera desde todos los ángulos. Encima me duele la suela. Ha pateado no se cuantos kilómetros por carreteras y de pronto se ha zambullido en el bosque, sin siquiera dejarme respirar, o atarme más fuerte los cordones. Su marcha le está guiando hacia lo más profundo. Hay un sinfín de mosquitos y la cantidad de sonidos es abrumadora. El paseo empieza a no gustarme nada.

Yo estaba bastante tranquilo, con mis andanzas por la ciudad y mi betún, pero al Señor se le ha ido la cabeza. Esta mañana ha cogido el tren. Se ha bajado tras un largo rato, y ahora me está llenando de barro. Y creo que Izquierdo no lo está pasando mucho mejor.

― Eh Izquierdo. ¿A dónde vamos, lo sabes?

El sieso no me contesta. Nunca me responde. Vamos a todos lados juntos y nunca ha sido capaz de decir una palabra. Pero no es mudo, le he oído hablar en sueños. “Es el momento del cambio”, dice.

¿Y ahora qué? Nos hemos parado. El Señor trata de meter los brazos entre los arbustos para mirar. Sólo podemos dar marcha atrás Señor, este camino no tiene salida. Esto lo pienso, el Señor tampoco me ha contestado nunca. Pero a Izquierdo algún día le haré hablar.

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El Señor se ha dado por vencido y continúa su marcha. No pasa ni un minuto sin que se detenga a observar alguna curiosidad del bosque. Vida me dijo hace tiempo una bota, pero aquí no hay vida, sólo bichos. Un pájaro del infierno nos viene siguiendo. Y con él su canto. Lo distingo entre el caos de agudos que nos envuelve. Espero que no me cague encima.

El Señor me tiene martirizado. Ahora se ha puesto a correr de un lado para otro. Y a dar pequeños saltos de aquí para allá. Me parece haber escuchado una risita de Izquierdo. Cuándo terminará esto. Yo no atisbo el final, detrás de la maleza sólo hay más maleza.

Hay ramas que forman arcos sobre nosotros, y ramas que cruzan el camino. Setos que yo juraría que se mueven, y algunos con espinas, ya me ha rozado uno. He querido pisarlo pero el Señor no se ha debido enterar. También hay animales peligrosos. Ahora mismo un pequeño zorro, algo lejos, pero visible. Permanece en el camino. El Señor por fin ha dejado de saltar y también se detiene.

Tras unos segundos el zorro se marcha y se hunde en la espesura. Y detrás suya cruzan otros tres, de un salto. Aprieto mis cordones, estoy aterrado. ¡Cómo les de por morderme!

He dejado de contar mis huellas, no se cuanto llevamos en este camino. Estoy tan cansado… prefiero correr por los pasos de cebra, descansar en los semáforos y perseguir al autobús, eso me gusta (además nunca se nos escapa, soy un buen zapato).

―Esto no lo aguanta cualquiera, ¿eh, Izquierdo?.

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Pero que sieso. Un momento, un momento. Veo luz, nueva luz. Mucha luz. Luz que entra y luz que permanece. Hay una salida. Esto se acaba, es una noticia excepcional. El Señor aprieta el paso. A un lado del camino hay un desvío. El bosque se abre y da paso a una llanura. Una llanura interminable, con buenas y cómodas sendas. De esa ruta sí conozco el final.

Pero por qué se ha detenido el Señor. Está mirando los dos caminos, con los brazos en jarras. No dude Señor, la llanura tiene muchísimas ventajas. Ya no somos tan jóvenes, aunque entiendo su arranque, creo que ya ha tenido suficiente y deberíamos regresar. Allí conocemos todo.

El Señor se agacha para tocarme. Me va a afianzar a su tobillo, no le voy a fallar Señor. Eh, pero qué… A dónde me lleva. Señor, por favor devuélvame a su pie. Ni caso. Me ha dejado en el suelo, en la entrada del desvío. Por lo menos le hace lo mismo a Izquierdo. También lo hace con su ropa, y con las cosas de sus bolsillos. Se ha quedado en calzoncillos y camiseta. Mira directamente a los campos planos e infinitos. Y mira de soslayo al bosque. Luego mira sus pies desnudos -¡ay madre, desnudos!-, en ellos los dedos se mueven alegremente. El Señor suelta una carcajada, se gira y camina decidido hacia la oscuridad de la vegetación. Y se va. Ay, madre, que se va.

―Ya era hora Señor ― escucho decir a Izquierdo.

El Señor vuelve sobre sus dos últimos pasos.

―Lo sé, amigo. Lo sé ― responde el hombre.

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Una respuesta
  1. Dayana 27 junio 2009