Visita a Gramado, un pueblo alemán en Brasil


Como dicen que todo lo que se tiene en exceso acaba empachando, decidí pasar mis últimos días en Brasil alejado de sus costas y sus peligrosas caipirinhas que convertían cada noche de jauja en un amanecer resacoso cual varita de brujo negro. Quería un poco de tranquilidad y un clima algo más fresco, huyendo del pesado calor que había pasado en Guarda do Embaú.

Retorné a la Rodoviaria -terminal de buses brasileira- de Florianópolis y me metí en un cybercafé con la intención de ver cuál sería mi próximo destino. Viajaba sin guía y solo, así que me dediqué a mirar blogs de viaje sobre la zona de Brasil en la que me encontraba: el Sureste.

Acabé preguntando al chaval que cuidaba el cyber -mientras chateaba con varias amigas de buen ver en el messenger- y me aconsejó Gramado-en el estado de Río Grande do Sul- o Porto Alegre. Me informé de ambos sitios y pensé que las dimensiones y situación de Gramado se ceñía más a lo que buscaba en ese momento. Esa misma noche tomé un bus nocturno que me llevó en unas 10 horas hasta mi destino.

Estaba amaneciendo pero los rayos del Sol -al que había visto en el cielo por los últimos 15 días ininterrupidamente- no conseguían abrirse paso por entre las barricadas de nubes. Lo agradecí. La temperatura no pasaba de los 15 grados y tuve que ponerme mi jersey. De allí tomé un bus que por 2.10 Reais me llevó a las afueras de la ciudad, donde se encuentra el único hostal de Gramado.

El hostal es inmejorable. Forma parte de la cadena de Hostelling International y por 35 Reais tienes alojamiento y desayuno. Es una casa de madera, limpia y amplia con jardines, sala común y cocina, siendo el personal su mejor activo. La chica que lo lleva, Vanesa, es un encanto así como la cocinera y su hija que le ayuda. Pasé allí 3 noches de comodidad y buen rollo absoluto. Además sólo se alojaban esos días gente brasileña y una pareja de chicas chilenas, así que nada de guiris.

Por la tarde salí a recorrerme la ciudad. Desde el hostal son unos 20 minutos caminando pero es un paseo agradable. Al llegar al nucleo urbano tuve una sensación extraña de tristeza. Todo eran casas de madera de tejados puntiagudos de distintos colores. Los jardines, cuidados en extremo, salpicaban las calles atestadas de comercios caros. Todo muy bonito, todo muy ordenado y moderno. Aquéllo no era Brasil.

Era 10 de Enero pero la Navidad parece no acabar nunca en este lugar. Seguían haciendo desfiles nocturnos por el centro. Carrozas, trineos, luces, cohetes, cientos de actores vestidos de Papá Noel, soldados de plomo, hadas madrinas…etc,etc. También hay un teatro donde hay representaciones, hasta mitad de Enero, de una especie de muppets que cuentan un cuento de Navidad. En uno de los parques hay espectáculo de canto de canciones navideñas en voces de tenores y sopranos, lásers y fuegos artificiales sobre el agua de un lago. Es necesario pagar entrada -que van de 40 a 60 Reais- aunque se puede ver, como hice yo, desde fuera del parque ya que no está vallado. La verdad es que fue bastante bonito y el lugar estaba abarrotado en la que sería la última función del año.

También es un lugar para los fans del chocolate. Siendo el pueblo de la eterna Navidad y los cuentos, no podían faltar sus casitas de chocolate. Y no sólo casitas sino que hay fábricas y museos de este dulce que a tantos gusta y dicen que se puede utilizar como sustitutivo del sexo (yo creo que a tanto no llega, pero en fin).

Existe un museo de la historia de la región contada por muñecos, un museo de miniaturas y la famosa Aldea de Papá Noel, donde arces de madera y los duendes del gordito de rojo -lo siento, yo siempre seré de los Reyes Magos- harán las delicias de los más peques de la familia.

Yo pasé sólo un día en la ciudad y me dediqué más a visitar los bellos alrededores de exuberante naturaleza que pude encontrar. Escribiré sobre ellos en otro post.

Gramado, en definitiva, es famoso como lugar turístico entre la clase alta o media alta brasileña. Su influencia germana se ve en cada esquina, cada casa y cada tienda. Para ellos es un lugar fabuloso pero para el viajero europeo no lo es tanto. El Brasil auténtico es otro mucho más caótico, colorido, vivo, intenso y apasionante.

Aun así, merece la pena utilizarlo de base para ver partes naturales de la región que se encuentran a tiro de piedra.

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