Visita al Parque Nacional de Tayrona en Colombia

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A menos de una semana para la finalización de mi periplo de 7 meses por el continente sudamericano ya pensaba que pocas cosas me podrían sorprender. La acumulación de experiencias y los paisajes que había visto me habían llenado tanto que apenas ya tenía sitio para nada más en esa mochila virtual que es el alma viajera. Cuando crucé el puesto de control del Parque Nacional de Tayrona no me di cuenta de que me adentraba en la última chispa de exuberancia y libertad absoluta de mi viaje, y la chispa resultó ser un fogonazo capaz de hacer hervir el espíritu de cualquier viajero.

A Tayrona se puede acceder por mar o tierra desde Taganga o Santa Marta. El parque consta de más de 15.000 hectáreas de área protegida, de las cuales más de 3.000 son marinas. Para los amantes de los animales, si tenéis suerte -y camináis sin armar mucho follón- podéis divisar especies como el mono aullador o el águila blanca, habiendo también venados y una cantidad ingente de reptiles.

Para mí, lo mejor de Tayrona fue la sensación de libertad y ver lo poco explotado que está. Aunque se permite el ecoturismo y hay algunas sendas –e incluso un museo-, la mayoría del parque es totalmente virgen e inexpugnable. Un territorio reservado para la naturaleza misma.

Nosotros llegamos a la caseta de entrada poco después del mediodía con un calor sofocante y húmedo. En Tayrona –como en toda la parte tropical de Colombia- sólo existe el invierno y el verano, siendo diferencia entre ambos la cantidad de lluvia que cae. Aquí la temporada lluviosa es el invierno, así que llegando a finales de Mayo nos consideramos salvados.

La entrada al parque sale por 31.000 pesos para los que no sean colombianos –unos 10 euros al cambio del 2009- y te ponen una pulsera para que los guardas sepan que has pagado. Allí conocimos al gran Johaness, con el que ya compartiríamos toda nuestra estancia y muy buenos ratos de charla y risas. Los 3 nos subimos a un viejo jeep que nos llevó hasta un cruce donde comenzamos a caminar.

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No existen vehículos a partir de ese punto en el parque y tan sólo ves pasar a algunas gentes a caballo. Aunque ya el ver a gente no es de lo más habitual conforme te vas adentrando en los secretos de Tayrona.

Caminamos por una senda en medio de la selva. A pesar del sol reinante, la caminata fue bastante agradable porque apenas nos alcanzaban los rayos solares, cobijados bajo la foresta selvática. Tras algo más de una hora de camino llegamos a un claro en el que vimos cabañas y demás construcciones, incluyendo un restaurante a la vera del mar y un centro de información. Nos informamos de los precios pero no nos quedamos porque queríamos profundizar más en el Parque y además allí no había un alma. O casi ningún alma… Fue allí donde conocimos al gran personaje Juan, el Pirata. Él –junto a dos italianos más bien chungos- se nos unieron camino del Cabo San Juan de Guía.

A partir de ahí la caminata fue por la arena de la playa. El paisaje me dejaba boquiabierto. El azul intenso del mar, las palmeras que señalaban el final –o principio, según lo mires- de la selva tropical, rocas enormes de formas redondeadas que emergían prácticamente de la misma orilla del mar. Con las zapatillas colgadas de la mochila caminaba absorto contemplando aquel paisaje como a alguien que se le ha permitido entrar en el jardín del Edén.

Al cabo de otra hora y media llegamos al camping del Cabo San Juan de Guía. Os aconsejo que os alojéis en este lugar. Por entre 12.000 y 15.000 pesos la noche, podréis dormir en una de las hamacas que hay disponibles. También hay cabañas, algo más caras, pero no os las aconsejo porque el calor que hace dentro de ellas es insoportable. La tercera opción es plantar vuestra propia tienda en el césped. Nosotros llegamos ya entrada la tarde y sólo nos pudieron ofrecer 6 hamacas al aire libre, improvisadas camas atadas entre dos palmeras cocoteras. Simplemente PERFECTO.

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Si llueve, es un poco más jodido, pero tuvimos suerte y los dos días que pasamos allí disfrutamos de un tiempo inmejorable y una noche estrellada que acompañada de buena música, un poco de ron con coca cola, la inexistencia de luz artificial -a las 9 de la noche cortan la electricidad y venden velas-, y una buena charla hizo que fuera de las mejores de los 7 meses de aventura.

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Allí mismo podéis comer, cenar y desayunar y venden también bebidas, incluyendo cervezas más bien templadas. Si queréis ahorrar algo de dinero siempre podéis llevaros vuestras propias latas o embutidos pero es un peso extra que siempre viene bien evitar si no váis justos de pasta.

El camping da a un par de playas más bien pequeñas pero una caminata de unos 15 minutos por entre los árboles os llevará a una playa de las que quita el aliento. Alargada y casi devorada por la jungla, la franja de arena blanca se extiende por un par de kilómetros. Además, para los amantes del naturismo, es nudista. Allí pasamos una jornada casi entera mientras Johannes y otro viajero americano se iban a visitar el pueblito Tayrona. Nos habían comentado que valía la pena ir pero yo me había hecho heridas en los pies por culpa de unas chanclas húmedas y preferí quedarme disfrutando de la tranquilidad absoluta del ese trozo de costa caribeña.

Cuando tuvimos que abandonar el Parque sentí una punzada de nostalgia, tristeza agridulce. Sabía que al traspasar esa barrera de control y dejarla a mi espalda estaba diciendo adiós no sólo a Tayrona, sino a Colombia, a Sudamérica, a 7 meses con la mochila a la espalda, a las aventuras inesperadas, a personas y experiencias nuevas casi a diario. Me dirigía rumbo a Europa, a la certidumbre y la sociedad que había dejado atrás…Pero también a mi novia, familia, amigos y las calles de mis queridas Alicante y Dublín. No lo olvidéis nunca: !La vida en sí es un viaje!.

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3 Comentarios
  1. Marlen 11 enero 2013
  2. David 14 enero 2013
  3. David 14 enero 2013