Visita al Jardín Botánico de Gijón

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La frescura del Jardín tiene que ver mucho con la gran presencia del agua.

A pesar de haber pasado un par de veranos de juventud en un camping de Perlora -a pocos kilómetros de Gijón- y conocer Oviedo bastante bien, Gijón era para mí casi una completa desconocida cuando la visité gracias a la invitación ofrecida por Gijón Turismo.

Cuando contaba con 4 años me había arrodillado ante la estatua de Don Pelayo de la plaza del Marqués pensando que era un Santo, provocando la hilaridad total de mis familiares y los amigos que les acompañaban. Veinte años más tarde me tomaba unas sidras en el puerto con unos amigos alicantinos como parte de un road trip por Cantabria y parte de Asturias.

Pero no descubrí la belleza y calidad de vida de Gijón hasta hace tan sólo unas semanas.

Gijón es una ciudad donde se come, bebe y disfruta como lo habrían hecho los dioses del Olimpo de haber existido. Todo ello aderezado con mucha historia -las termas romanas y la Laboral por ejemplo- y una belleza natural de la que forma parte el bello Jardín Botánico de Gijón.

Llegué al aeropuerto de Oviedo a las 8 de la mañana y Belén me llevó al hotel Santa Rosa, situado en el centro de la ciudad. Allí tuve el tiempo justo para desayunar, dejar las cosas y saludar al resto de integrantes del grupo. A las 10 de la mañana estaba en la parte de arriba del autobús turístico de Gijón.

Precioso colorido en cada esquina del Jardín.

Tras dar un breve paseo por el centro, medio grupo nos parábamos en el Jardín Botánico de Gijón mientras el resto continuaba su camino hacia La Laboral.

El Jardín Botánico es único en su especie. Está organizado en cuatro grandes áreas: el Entorno Cantábrico, el Jardín de La Isla, La Factoría Vegetal y el Itinerario Atlántico.

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Cada una de estas áreas está dedicada a un tipo distinto de plantas y así podemos contemplar los robles y hayas típicos del Cantábrico; camelias y bonsais que decoran el Jardín; olfatear la Quintana y sentir el frescor de los abetos y sauces del Atlántico.

Una ligera lluvia hizo que nos pusiéramos nuestros rojos chubasqueros antes de subirnos a los segways en los que haríamos la visita al Botánico. Los había visto anteriormente pero para que los que, como yo, es la primera vez que oyen el nombre de estos cacharros os explicaré un poco lo que es.

Dominábamos el segway como grandes conductores de rallies después de media horita.

El segway es ese curioso medio de locomoción que consiste en una especie de pivote acabado en manillar y una plataforma para los pies que coronan dos ruedas. Se desplaza gracias a una batería eléctrica y se dirige con el manillar hacia un lado u otro, acelerando o desacelerando simplemente con el juego del peso de tu propio cuerpo. Hay que mantener los pies lo más centrados posible sobre la plataforma y jugar principalmente con las rodillas.

Puede sonar un poco raro o difícil de controlar pero os juro que es facilísimo. Yo siempre fui bastante descoordinado -y aún lo soy- y en 5 minutos ya estaba maniobrando por los angostos senderos del Botánico como el auténtico Carlos Sainz, pero sin romper el motor a 10 metros de la meta.

Para quien esté tan absorto en esta lectura que quiera comprarse uno mismo en la tienda de abajo, decirle que tiene que preparar más de 7.000 Euros. Ahí queda eso.

Tras un poco de práctica con los segways, Irene nos comenzó a dirigir por entre los árboles, plantas y arbustos que dotan de color y frescura al lugar, mientras nos comentaba las características, procedencia y usos de parte de ellos.

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El agua es tan protagonista como las plantas en el Jardín Botánico de Gijón.

Varios arrollos, canales y estanques reflejan los diversos colores de la flora que les rodea. En el medio de una especie de lago es donde encontramos el fantástico Jardín de la Isla.

Otro de los bellos rincones del Jardín Botánico de Gijón.

Hay especies que han sido traídas de la lejana Sudamérica. Plantas especiales utilizadas por antiguos curanderos en Perú que cruzaron hasta el Viejo Mundo hace siglos.

Hay multitud de actividades que dotan de una gran dinamicidad al lugar, especialmente en la temporada veraniega.

El programa de Vacaciones en el Botánico hace las delicias de los más pequeños. Niños entre 6 y 12 años tienen la oportunidad de convertirse en jóvenes jardineros, agricultores y exploradores durante los meses de Julio y Agosto. Los más mayores -entre 12 y 16- pueden crear su propio huerto en Agrocampus, un taller de 10 días que les permite entrar en contacto con la naturaleza y sus frutos.

Este tipo de actividades para los jóvenes son vitales para que puedan comprender cómo funciona la naturaleza y aprendan a respetarla desde temprana edad. No hay que olvidar que estamos aquí gracias a ella.

En el apartado cultural, destacar que, entre el olor de abedules y frescos pinos, en las suaves noches del Norte, los acordes de violines y pianos se filtran hasta los oídos de los muchos asistentes al festival de Música con raíces.

Nuestra visita, por exigencias del guión, fue mucho más corta de lo que me habría gustado. El Jardín Botánico de Gijón es un lugar mágico en el que te puedes perder durante horas.

Con el cielo aún encapotado dejamos nuestros segways, nos despedimos de nuestras magníficas guías y cruzamos la acera rumbo a otras de las joyas de la ciudad: La Laboral.

Pero eso os lo cuento en otro relato.

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