Viaje musical a Murcia

Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Sally Bracher.

Participé en una gira musical con un grupo de compañeros del coro local del cual soy una componente.

Un coro grande de Pamplona, nos había pedido que les echásemos una mano. Nosotros, los de Jaca, estando presentes todos, podemos llegar a las veinte personas; los pamploneses tienen 120 componentes.

No obstante, al no ser profesionales del todo, algunos carecen de días libres para poder asistir a todas las actuaciones. Con 70 cantantes, nos necesitaban para aumentar los números.

Aprendimos las canciones deprisa, buscando desesperadamente unas grabaciones para ayudarnos.

Asistimos a los ensayos en Pamplona en varias ocasiones, a unos 90 minutos en coche desde Jaca. En uno de los viajes, regresando a medianoche, tuvimos la suerte de estar iluminados por la luz de la luna llena, reflejada en el pantano de Yesa.

Es sorprendente, cuando estás acostumbrado a ensayar con doce a catorce personas, encontrarte con cien. El simple volumen de voces te pone los pelos de punta, en lugar de tres o cinco personas por cuerda, puede que haya veinte o más.

Pues bien, yo logré no mostrar lo poco (o nada en algunos casos) que conocía o había ensayado algunas de las canciones. La directora de mi coral, Celia, es una contralto muy competente, y estaba cantando en voz alta detrás de mí, lo cual me ayudó mucho. Generalmente yo encontraba la página correcta de la partitura, e hice apuntes convincentes a lápiz de las instrucciones que nos dieron.

Nos suministraron uniformes; prendas blancas ajustadas no muy favorecedoras. Llegamos a casa esa noche tarde y cansados, pero los diez estábamos emocionados, especialmente con la ilusión de la primera etapa de nuestro viaje, Huesca-Madrid, el cual íbamos a realizar en el AVE.

Día 1

Fue un viaje precioso. En el AVE te sientes como en un avión pero sin las molestias del despegue y el aterrizaje. Tan sólo puedes decir lo rápido que viajas por la velocidad de las gotas de lluvia al cruzar la ventana.

La espera de la conexión en la estación fue pesada, y el tren Altaria a Murcia no fue emocionante.

Salimos del tren como en una sopa cálida de 30º con la humedad del Mediterráneo.

Autobús al hotel y luego al auditorio para nuestro primer ensayo con la orquesta.

Me manejaba bien con todas las canciones excepto con una de una zarzuela que tan sólo las mujeres cantaron. Se llama “La Polka de las Calles”, una canción muy rápida y con muchas palabras. ¡Nunca conseguí colocar todas las palabras de principio a fin! Uno de los hombres me pregunto: “¿Cómo consigue una inglesa cantar tan rápido en español?”

Mi respuesta: “¡Con mucha mímica!”

Francamente, las otras mujeres de Jaca tenían el mismo problema: necesitábamos ensayar por separado con más detalle para colocar todas las palabras en los lugares correctos.

No sé por qué será pero, al menos en mi experiencia, siempre hay un buen ambiente en un grupo de contraltos: generalmente nos llevamos bien.

Las otras canciones eran divertidas: la Marcha Triunfal de Aida, Va Pensiero de Nabucco, las muy emocionantes Danzas Polovtsianas del Príncipe Igor de Borodin después algunas canciones alegres de zarzuela y para acabar una canción venezolana. Teníamos preparados como bises “María Cristina me quiere gobernar” y una canción para Murcia: ¡Murcia, qué hermosa eres! Tu huerta no tiene igual…….”

Día 2.

El primer concierto estaba programado para el jueves a la diez de la noche en la plaza de la catedral. El día amaneció diluviando. Incluso después de comer no era seguro que la actuación se llevara a cabo.

Lee también:  Concurso de relatos de viajes en Viajablog


Catedral de Murcia

Desde luego, hubo un ensayo de varias horas, que me dejó tan insegura como estaba en cuanto a la polka, pero mucho más satisfecha con respecto al resto.

Es diferente tener un concierto al aire libre a trabajar en un auditorio. Los micrófonos son esenciales; no sólo uno o dos, sino muchos, estratégicamente situados, de manera que se logre el equilibrio correcto entre los diferentes instrumentos de la orquesta y las voces de los cantantes. Lleva mucho tiempo conseguirlo. Para cuando los técnicos de sonido estaban satisfechos (“Primeros violines, inténtenlo otra vez, por favor.” “Gracias. Ahora las violas.” etcétera), todo el mundo estaba helado.

Acabado el ensayo, fuimos a ponernos nuestros trajes de tela blanca (los hombres, los esmoquins y corbatas de pajarita). El período antes del concierto en sí es un tiempo de nervios en el que se hace muy poco. Calentamiento de la voz. Finalmente, otra vez al escenario, desfilando cuidadosamente para situarnos en los lugares correctos.

La fachada barroca de la catedral de Murcia está iluminada en azul tras nosotros y delante, la plaza está abarrotada. El Maestro lleva la típica chaqueta de director a lo Nehru. Levanta sus manos y la orquesta arranca con una emocionante obertura de Verdi. La marcha triunfal de Aida es una buena manera de comenzar un concierto con fuerza. Estamos en marcha. Mirando más allá de la orquesta y el Maestro, hay rostros hasta donde el ojo puede ver. Al final de cada pieza, la gente aplaude, con entusiasmo creciente. Tras haber hecho unas cuantas canciones de zarzuela, no hay manera de pararlos.

Yo mezclo la mímica y el canto en la polka; ésta es mi mayor preocupación. Afortunadamente, a las demás parece irles bastante bien, y a la audiencia le encanta.

Hay hombres con grandes cámaras de video grabando el concierto. Dan vueltas enfocando a los instrumentos y cantantes. En cierto momento pienso que hay un perro cruzando el escenario, pero es un cámara caminando a cuatro patas entre los cellos y la percusión.

Bis. Segundo bis, el Canto a Murcia. Explosión de emoción de parte de la audiencia: hay un solo a cargo de un maravilloso barítono llamado Miguel que podría emocionar a un corazón de piedra. Es casi medianoche cuando el concierto acaba y nos estamos quedando helados. La brisa ha estado soplando y derribando los atriles de música. Todos los instrumentistas tienen pinzas de madera para la ropa para sujetar sus partituras.

Todos los cantantes tenemos las manos y las muñecas cansadas de sostener abiertas nuestras pesadas carpetas.

Día 3

El concierto del viernes fue en Cartagena. Íbamos a desplazarnos en autocares. Llegó uno. El otro no llegó debido a un malentendido. Nuestros organizadores les habían dicho a las dieciséis treinta horas y la compañía de transporte entendió las seis horas y media. Era un error fácil de comprender, pero sembró el pánico entre un grupo muy tenso. Al final llegó un autocar sustituto y nos pusimos en camino.

Gracias a Dios, nuestra conductora no hizo caso a los que le pedían que fuese más rápido. “¡Ni hablar!” Respondió. Con gran competencia adelantó cualquier vehículo que podía adelantar con seguridad en la autopista, y llegamos a Cartagena con el tiempo suficiente para realizar todas esas pruebas de sonido y calentamientos vocales tan interminables.

El “auditorio” era muy bonito. Habían cortado el extremo marítimo de la calle mayor con un andamio. Detrás colgaba una tela blanca enorme. Delante, la plataforma para la orquesta y las filas de gradas para el coro. Un paseo ancho con palmeras altas a los dos lados dando al puerto marítimo estaba lleno de sillas de plástico.

Lee también:  Carrera de vehículos antiguos en Londres


Ensayo, Cartagena

Ya hechas todas las preparaciones, llegó la hora de colocarnos en las gradas. Los tenores y las sopranos iban a entrar de un lado y los bajos, barítonos y contraltos íbamos a pasar detrás de las butacas y subir al escenario desde el otro lado. ¡Imposible! El público se había desbordado en todos los pasillos laterales. No hubo manera de pasar. Tuvimos que dar la vuelta con la carpeta en una mano y sujetando la falda larga con la otra mano, volver al otro grupo para reorganizarnos para subir todos desde el mismo sitio. Para estar en la fila de delante subí con las últimas, después de Celia, con quien compartía un tablón del escenario. Ese tablón estaba ligeramente torcido, así que yo rebotaba con cada golpe del pie de mi vecina marcando el ritmo de la música. Las contraltos detrás de nosotras cantaban versiones alternativas algo picantes de las letras románticas, pero yo estaba tan concentrada que me las perdí.

El auditorio estaba verdaderamente rebosante de gente. Espero que la acústica fuera mejor para ellos que para nosotros: en realidad no pudimos escucharnos muy bien, lo cual es importante para los componentes de un coro.

El concierto de Cartagena fue el único de los tres que comenzó temprano: a las ocho y cuarto, así que estábamos cantando durante la puesta del sol. Fue también el único concierto al final del cual no estábamos helados. Al terminar el programa y los bises, salimos en fila del escenario entre las multitudes. Una mujer detuvo a una del coro, que desfilaba justo delante de mi, y le dijo: “Gracias, ¡eso ha sido precioso!” ¡ Cuánto me gusta que nos hagan eso! El año anterior, habíamos cantado en la gran catedral de Santiago de Compostela. Al salir, una mujer me agarró por el brazo, con una caricia y me dijo algo parecido. Esto quiere decir que hemos estado cantando para personas individuales, no solo para una gran multitud.

Íbamos a cambiarnos cuando estallaron los fuegos artificiales sobre el puerto.

Después del concierto cenamos todos juntos en un restaurante, como hicimos todas las noches. No hubo elección: sirvieron bandeja tras bandeja de ensaladas, verduras y marisco variado. Aquella noche en Cartagena, el plato que más me gustó era uno de lonchas gruesas de patatas, fritas y servidas con un “all i oli” delicioso.

Tarde, muy tarde, volvimos a entrar en los autocares para regresar a Murcia. Durante el viaje de vuelta me sorprendió ver lo que parecía ser las luces de una ciudad tan extensa. No recordaba haberlo visto por la tarde, a la luz del día. Luego caí en la cuenta de que no era ninguna ciudad, sino centenares de huertas y casas esparcidas por la ancha llanura.

El coro de Pamplona nos pagó el transporte, el alojamiento y todas las comidas. Los desayunos se sirvieron en el hotel, las cenas todos juntos en restaurantes concertados de antemano: noventa personas, todas buscando cenar a la una de la madrugada hubieran tenido dificultad. Además, con una dieta pagada pudimos buscar la comida por libre. Todo bien y cómodo. Todo excepto nuestra tarjeta-llave para la habitación del hotel. Ni una sola vez abrió la puerta a la primera. Alojadas en la sexta planta y con ascensores pequeños siempre ocupados, las tres compañeras de habitación tuvimos que hacer innumerables viajes a la recepción para pedir que nos arreglasen la maldita tarjeta. No tiene gracia el subir a la sexta planta a las dos de la madrugada, reventadas de cansancio, y luego tener que bajar a recepción y subir una vez más.

Lee también:  Nueva York de película

Día 4.

Domingo. Con el último concierto por la noche, tuvimos el día libre. Un grupo de cinco de las mujeres de Jaca cogimos el autobús hacia la playa más cercana, en las afueras de Cartagena. Creo que no había visto en mi vida arena tan sucia, con muchísimas colillas. No obstante, pasamos una mañana muy agradable. Algunas de nuestro grupo nadaron, aunque el agua no estaba lo bastante cálida para tentarme a hacer lo mismo.

Por la tarde volvimos al hotel y después de habernos duchado y cambiado, los autocares, ésta vez puntuales, nos llevaron a Lorca. Llegamos a la plaza del pueblo e hicimos todas las pruebas de micrófonos antes de quedar libres durante poco más de una hora.

Entonces surgió un problema: habíamos comido temprano unos bocadillos. Teníamos mucha hambre. Había que buscar algo; empezar un concierto hambriento es muy mala idea porque hacia el final estas pensando tanto en tu estómago que no disfrutas con el canto. Parecía que Lorca estaba cerrado para las fiestas, y dimos vueltas buscando algo hasta que gente de allí nos llevó a un bar donde tardaron mucho, pero al final nos sirvieron unos deliciosos montaditos recién hechos. Tuvimos el tiempo justo para comerlos y volver a cambiarnos y hacer el calentamiento vocal.

No había tanta gente en la plaza para escuchar aquella noche, pero las condiciones acústicas eran mejores y nos gustaron. Ya le habíamos cogido la marcha y nos sentimos cómodos con todas las canciones (salvo la polka). Cómodos, tanto como sea posible para un coro cansado, cantando notas justo dentro de nuestro alcance y fuera de nuestro ámbito vocal habitual: las contraltos a veces tuvimos que cantar las notas por encima del pentagrama junto con las sopranos, lo cual es más agudo de lo que nos suelen pedir; aunque la mayoría pudimos hacerlo. Fue un gran esfuerzo y echamos algún que otro gallo al final.

Les ofrecimos el canto a Murcia. Miguel lo cantó estupendamente. Hicimos reverencias, el Maestro y la orquesta hicieron reverencias, y por fin bajamos del escenario. Estaba temblando del frío de la medianoche.

Y eso fue todo. Cenamos en Lorca, luego volvimos a Murcia. Subimos a la habitación. Bajé para que me volvieran a magnetizar la tarjeta-llave.

Día 5.

Por la mañana hicimos el largo viaje en el Altaria a Madrid. Uno de los hombres me preguntó en cierto momento: “¿Sabes dónde estamos ahora?”

“En el tren.” Contesté.

“¿Has leído El Quijote?”

Claro. Estábamos cruzando La Mancha. Cinco minutos más tarde vi los molinos inconfundibles del Campo de Criptana. Poco después, llegamos a Madrid.

Fue una experiencia muy bonita. Es estupendo el trabajar con músicos profesionales: tratan al coro como una entidad, con respeto. El coro, de hecho trabaja en unidad. Probablemente si hubiera llegado a conocer a los componentes mejor me hubiera enterado de los desacuerdos y diferencias entre ellos, pero tal y como lo vivimos éramos simplemente miembros de un grupo. Hicimos música bonita y lo pasamos muy bien.

Sin ningún aumento de precio te facilitamos la reserva de tu viaje:

Puntúa este artículo