Viaje a Estambul


Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Olga Fernández.

Entré en ella, subida a un autocar y serpenteando sus calles. Era de noche, apenas podía entender la destreza de aquel conductor y mientras los demás viajeros bajaban con sus maletas, yo miraba fascinada aquellas casas otomanas, convertidas ahora en hoteles y por las que colgaban guirnaldas de luces, como si siempre fuera navidad. Aquella fue la primera señal que me envió esa ciudad mágica, desde el mundo de los cuentos.

Tal vez por eso, fueron llamados las mil y una noches. Porque era de noche, cuando Estambul me seducía como una bailarina con siete velos.

De día, me arrastraba miles de años atrás. Paseaba por la Cisterna de la Basílica, donde el tiempo y el agua se habían detenido entre sus columnas. Sus piedras húmedas tocaban una música especial y las medusas de algún templo bizantino, te esperaban en el fondo para hechizarte con su mirada.

Del Palacio de Topkapi, los eunucos salían corriendo entre los azulejos para proteger a las princesas del harén. A ellas las imaginaba en sus jaulas de oro, escondiendo sus recelos entre baños y perfume.

En el Gran Bazar, el comercio de las sedas, de las piedras y de las especias, marcaba el pulso de sus vendedores, para los que el precio era una balanza, que se inclinaba hacia un lado o hacia otro.

Y por las calles, las mujeres turcas paseaban con sus cabezas tapadas con velos de colores. Otras más devotas, iban cubiertas de un negro riguroso, descubriendo solamente sus ojos, perfilados como ventanas. El resto de sus cuerpos, como el interior de sus casas, se mantenían cerrados al mundo. Los hombres llevaban en sus manos un pequeño rosario y sus dedos rezaban entre aquellas bolas, para volver a empezar, una y otra vez. Y entonces, el tiempo regresaba y por debajo de las túnicas, se asomaban zapatillas “adidas” y occidente, nuestro mundo, se hacía presente.

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La primera vez que escuché el canto a la oración, en medio de los coches, de los turistas y de los negocios, sentí que no era la música que salía de un local, sino de las piedras, de las calles ondulantes. ¡No! ¡Mucho más arriba! Venía desde lo alto y lo ocupaba todo. Delante de mis ojos, aparecieron aquellas torres finas y delicadas que tocaban el cielo, que me miraban desde arriba y eran ellas las que cantaban, las que rezaban.

Para entrar en aquella gran Mezquita de cúpulas azules o en la de Santa Sofía, se nos pedía a las turistas, taparnos la cabeza con un velo. Los hombres mostraban su respeto, alrededor de una fuente, lavándose los pies antes de entrar y ellas, desde otra entrada, se lavaban la cara y sus manos, antes de desaparecer detrás de una celosía.

Atardecía y se empezaban a encender las pipas de agua en los cafés. Los hombres jugaban al Backgammon sin prisa y el Bósforo los acompañaba en las terrazas, para mostrarles los últimos barcos que llegaban al puerto de Eminönü. Desde allí llegaba el olor de los pescadores, asando pescado desde sus barcos y ofreciéndolos entre pan de pita.

Y la noche se acercaba, la plaza de Sultan-Ahmed, se convertía en el centro del mundo. Kebabs, tertulia, té turco y alfombras Kilim regateaban sus poderes. Y ella, la gran Mezquita, iluminada como en los cuentos de Aladino, lo dirigía todo desde sus minaretes. No se permitía alcohol, pero si pipas de agua con tabaco de fresa y de manzana. Siempre pegadas a los labios, que sacaban humo por un lado mientras el carbón se apagaba. Como una más entre ellos, miraba a los monjes Derviches, bailar en círculos mágicos que los acercaban a Dios. Ellos meditaban con su baile y los demás, nos uníamos en aquel lugar, pese a las distancias, el color, la religión o la política. Compartíamos el mismo espacio y tiempo, porque ella, desde sus cúpulas y minaretes, nos abrazaba a todos en la noche, creyentes o no.

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Una respuesta
  1. Mikha 15 enero 2013