Viaje al Pantanal de Brasil: tour de tres días

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Llegamos a Campo Grande, ciudad de entrada al Pantanal de Brasil -la zona pantanosa más grande del mundo que ocupa también parte de Paraguay y Bolivia- procedentes de Sao Paulo.

Trás consultar un par de agencias decidimos contratar el tour de 3 noches y 4 días con Ecological Expeditions, agencia que además ofrecía una noche extra de alojamiento en el Youth Hostel que se encuentra justo en frente de la Rodoviaria.

Descansamos la noche que llegamos y a la mañana siguiente comenzó la aventura.

Día 1

El primer día es tan sólo de viaje y aclimatación al lugar. Nos llevaron en una furgoneta a todos desde Campo Grande al parque nacional en un trayecto en el que nos murimos del calor -las temperaturas llegan a los 40 grados en Noviembre- durante unas 4 horas aproximadamente. Al llegar a la entrada nos cambiaron a un camión que nos adentraría por una carretera de tierra por una hora, hasta llegar a la Fazenda de Santa Clara que se convertiría en nuestro alojamiento y base de operaciones para los siguientes días. Nada más llegar nos metimos en la pequeña piscina que tenían pero el agua, tras todo el día bajo el sol, estaba como las termas de Estambul, así que yo me salí en seguida.

A parte de Chicco, Mattia y yo, estábamos allí con una pareja de ingleses -Matt y Gaby- gente majísima con los que nos hicimos buenos amigos y continuamos de viaje más tarde. Por la tarde nos dedicamos a echar unas partidas de ping pong, billar, cenita y charla hasta que nos entró el sueño. Nuestro guía, Pedro, vino a conocernos y nos citó al día siguiente a las 7 am. Era muy pronto pero dio igual porque apenas pude dormir en la sauna que teníamos por habitación.

Día 2

Nos reunimos con Pedro en el patio de la Fazenda y nos llevó por la zona salvaje de la misma en un paseo que duró unas 3 horas. A las 7.30 ya teníamos más de 30 grados y el sol picaba de manera exagerada, con lo cual no podías caminar por ahí entre las 12 y las 3 debido a la calina que pegaba. Nos habló y mostró diferentes tipos de plantas -entre ellas la que sirve de base para el famoso Reflex– y tuvimos la suerte de ver varios tipos de monos, una serpiente, muchos tipos de aves y algún pequeño coatí.

El calor apretaba y nos pegamos un chapuzón antes de la comida, trás la cual fuimos al río para pescar piranhas. Aunque no son de la ferocidad de las que salen en la famosa película, sí que es cierto que estos bichos son carnívoros y pueden llegar a morderte los dedos de los pies o manos si los ven a su alcance. Pedro nos dijo que podíamos pescar desde dentro del agua si enterrábamos bien nuestros pies en el barro para que las piranhas no pudieran ver los dedos, pero teniendo en cuenta que podíamos quedar desenterrados sin notarlo y viendo el paisaje de caimanes que se nos acercaban de ambos flancos -aunque Pedro también nos aseguró que no nos atacarían- decidimos pescar desde la orilla, con nuestros dedos a salvo.

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Los caimanes acudían a la orilla en busca de los peces que se acercaban a morder nuestros anzuelos y más de una vez alguna emergía más cerca de lo que pensábamos dando algún susto que otro al personal. A mí personalmente, no se me dio bien la pesca, pero disfruté mucho con los caimanes. Me quedé a verlos aproximarse hasta tenerlos a menos de un metro de distancia y son unos animales realmente impresionantes.

Aquella noche cenamos la comida habitual -nada de lujos, pero buena, con pasta, carne y arroz a parte de algunas ensaladas- complementada con unas buenas piranhas fritas. Tienen un buen sabor aunque multitud de espinas. Estábamos rotos y sólo nos quedamos un rato de charla con Matt, Gaby y los recién llegados: Paolo y Dawn -pareja de brasileiro y canadiense- y una Anna, mujer alemana que hacía un viaje de un mes cada año a un lugar remoto distinto.

Día 3

De nuevo a las 7 am nos encontramos con Pedro tras desayunar y aún con los ojos medio cerrados por causa de otra noche calurosa. Sin embargo, pronto olvidaríamos el cansancio gracias al gran día que nos prepararon.

Un camión nos llevó a una parte más frondosa en la que el río se hacía bastante más profundo y nos montaron en dos barcas a motor. Durante un par de horas paseamos por el río observando multitud de formas diferentes de vidas que nuestro guía nos iba comentando. Pájaros de colores vivos y figuras esbeltas, el martín pescador de la amazonia, tucanes de vistosos plumajes, las graciosas capybaras y los omnipresentes caimanes que descansaban al sol o escoltaban la barca como los reyes del territorio que se aseguran que los intrusos dejan su territorio sin causar ningún problema. Ellos son los verdaderos reyes del pantanal en ausencia -a nuestros ojos tan sólo- del mítico Jaguar.

Fue un paseo impresionante en el que a veces avanzamos a golpe de remo pudiendo apreciar, con gran solemnidad en nuestro silencio, los diferentes sonidos de la gran cantidad de vida que se movía ante nuestros ojos pero, en la mayoría de los casos, fuera del alcance de los mismos. La anécdota ocurrió cuando un caimán, que se había sumergido unos segundos antes, emergió al lado de la barca y golpeó con su morro en mi lado. Aunque me sobresalté, le pude sacar una buena foto al campeón.

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Comentamos el maravilloso paseo durante la comida y descansamos un poco antes de tomar de nuevo el camión que nos adentraría por el camino principal hasta una zona a casi 45 minutos de nuestro campamento. Allí nos bajamos, traspasamos la alambrada y Pedro nos guió por entre los árboles, matorrales y demás jungla para ir en busca de animales en su estado salvaje. Vimos coatíes, monos, capybaras, más aves -destacando una pareja de loros o papagayos que nos pasaron muy cerca y que lucían el plumaje más bello que he visto jamás- caimanes y caminamos descalzos, hundiéndonos hasta las rodillas, por el fango oscuro del pantanal mientras nuestro querido guía nos comentaba: ¿Sabéis que aquí hay anacondas, verdad?.

El camión nos recogió casi al atardecer y comenzamos el camino de regreso bajo una puesta de sol de las que te deja sin habla, perdiéndome en mis propios pensamientos mientras contemplaba y admiraba la grandeza de la naturaleza que me rodeaba. El guía del otro grupo tenía una vista prodigiosa y distinguió una iguana que nos costó ver incluso cuando nos la indicaba él y una araña enorme cuando ya sólo iluminaba el camino un foco que llevaba el camión. El tío se había criado allí y era un auténtico prodigio.

Llegamos ya de noche y caímos vencidos por el sueño tras unas partiditas de dominó por parejas después de cenar. ¡Sergi, sé que estarás orgulloso de mí, conseguí dos adeptos ingleses más para el dominó!

Desde luego fue un día inolvidable.

pantanal
Día 4

Era el día de la despedida y nos entretuvieron con un lindo paseo a caballo dentro de los límites de la vasta Fazenda. Para aquellos que nunca hayáis montado un equino, preparaos para el dolor de culo que os dará el tema, pero el paseo es una experiencia agradable que os aconsejo.

Poco después de comer empaquetamos y esperamos al camión que nos devolvería a la civilización, sabiendo que pronto echaríamos de menos aquellas noches con multitud de sonidos misteriosos y con un firmamento tan poblado de estrellas como caimanes en este grandioso Pantanal.

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4 Comentarios
  1. Prognatis 16 enero 2009
  2. David 16 enero 2009
  3. Quique 16 enero 2009
  4. marcia vivian 9 noviembre 2009