Viajando al Norte de Mozambique. Mi mejor experiencia viajera

El principio de nuestro trekking por las montañas de Gurué

El principio de nuestro trekking por las montañas de Gurué

La noche estaba a punto de clausurarse en la barra del bar del Baobab Beach de Vilanculos. El noruego Andre arrancaba algunas últimas notas sin sentido a su vieja guitarra. El alcohol había embotado un poco los sentidos y reflejos de ambos y la conversación se desenvolvía como pergamino viejo. Ya llevaba casi 10 días en aquel pueblo del sur de Mozambique y comentaba a Andre que había llegado el momento de marcharme y volver a mi ruta original. Tomaría un bus a Maputo y de allí cruzaría la frontera hacia Swazilandia, para recorrer después parte de la costa sudafricana, quizá las famosas montañas Drakensberg y entrar en Lesotho. Así le expuse el plan a aquel hippie noruego que llevaba casi dos años estancado en una zona entre Malawi y Mozambique y ahora curraba de lo que hacía falta en el Baobab.

Entonces él me posó una mirada fija, apuró el resto de su cerveza y me dijo pausadamente -como todo en él-: “¿Tú quieres vivir África de verdad o has venido a pasearte?”. Y le respondí: “Quiero aventura…”… “Márchate en el primer bus que salga hacia el norte de Mozambique”…

Y fue así, como se deciden tantas rutas en estos viajes en los que el rumbo es algo que se perdió desde el día en que te subiste en aquel primer avión en Europa, como comencé una travesía que me depararía muchísimas alegrías, sensaciones, experiencias, amistades y pruebas de aguante físico. Se lo agradeceré siempre al noruego loco.

Se acaban las carreteras de asfalto y comienza la tierra roja

Se acaban las carreteras de asfalto y comienza la tierra roja

Las gentes de Gurué camino de sus casas después del trabajo

Las gentes de Gurué camino de sus casas después del trabajo

Andre tenía razón. Moverse por Mozambique no es fácil en, prácticamente, ninguna de sus regiones pero, si hay que elegir lo más complicado, sin duda la mitad norte se lleva la palma.

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El asfalto brilla por su ausencia y las carreteras pasan a ser arterias de tierra que luchan por no ser devoradas por la vegetación salvaje. Además parece que hayan sido víctimas de ataques a cañonazos. Hay agujeros causados por las numerosas lluvias torrenciales en todo el trayecto, lo que hace que los viajes duren eternamente aunque no haya un gran distancia entre salida y destino. Además, como ya os indiqué en el artículo en el que hablaba del transporte en Mozambique, las chapas, camiones o lo que sea que te vaya a llevar, sólo salen cuando están llenos. A veces esperas media hora, otras seis… Otras ni sale ese día.

El agua corriente también es un gran problema. Si estáis haciendo trekking es mejor que os llevéis pastillas potabilizadoras para beber de los ríos porque hay abundante ganado por la zona y podéis, cuando menos, coger unas cagaleras de órdago. La ducha en hostales toma la forma de un gran cubo lleno de agua y un cazo con el que tendréis que ir haciendo el aclarado una vez os hayáis enjabonado.

Lavando a mano mientras me controla mi pequeño amigo

Lavando a mano mientras me controla mi pequeño amigo

La policía es la tercera y última incomodidad del norte. Aquí apenas llegan turistas y aprovechan para parar a todos los que ven y pedirles pasaporte y visado. Como ya os recomendé, no dejéis de llevarlo siempre con vosotros.

Carreteras, agua corriente, quizá la falta de luz eléctrica y la, casi siempre, corrupta policía son elementos de África. Quien no quiera pasar por estos inconvenientes que se quede en el Sureste Asiático, Europa, Oceanía… Pero esto es África, amigos, y la recompensa por vivir un poco de precariedad para mí fue mil veces mejor de lo esperado.

Moliendo semillas para preparar pan

Moliendo semillas para preparar pan

Vida sencilla en las aldeas de montaña

Vida sencilla en las aldeas de montaña

Las gentes mozambiqueñas me parecieron, en todos lados, excepcionales. Sin embargo, desde que salí de Vilanculos descubrí una calidez, curiosidad y autenticidad incluso mayor que la encontrada hasta ese momento allí y en Maputo. Nadie va al norte. Ése es el secreto. Algunos cooperantes de ONGs portuguesas o americanas trabajan en la concesión de microcréditos en lugares como Ilha de Moçambique o Gurué. Pero nada más. ¡Sigo dando gracias a quien haya que darlas allá arriba por haber escogido un país en el que no se habla inglés!. Ni un mochilero en las chapas, buses o trenes. Ni un party hostel en la ruta. Ningún americano/a exclamando sus “Oh my Goddd!” ante cualquier cosa que les ha llamado la atención… El paraíso del viajero. Sólo tú, con la compañía que has elegido, y la gente y paisaje del país.

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Y ese es el activo principal del norte de Mozambique. Algo que hace que merezca la pena todo lo demás.

En nuestra ruta pasamos una noche en un pueblo perdido en el medio de la nada llamado Caia. Conocimos unos chavales de 17 años que casi nos convencen para quedarnos un día más y disfrutar del único día de fiesta semanal de Caia. Nos aseguraban que seríamos la sensación del único bar existente. No teníamos la menor duda pero nos quedaba poco tiempo y los casi 40 grados que sufríamos a las 9 de la mañana del día siguiente nos empujaron a seguir nuestro camino hacia Ilha.

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La siguiente noche la pasaríamos en una de las ciudades comerciales más importantes del norte -si no la que más-, Nampula. Este lugar sí que no me gustó nada. Se nota que es una ciudad donde lo único importante es el dinero y el comercio. Es sucia, algo gris y no se respira el aire inocente del resto de la región. La abandonamos tan pronto como pudimos.

Pasamos unos días fantásticos en Ilha, donde veríamos a los últimos seres humanos blancos hasta 10 días después. Así comenzó la mejor parte de mi viaje por África.

Fueron intensos y llenos de experiencias los días que pasé recorriendo la zona montañosa alrededor de Gurué. Aldeas y aldeas llenas de niños que se debatían entre la curiosidad y el miedo al vernos llegar. Agricultores que nos saludaban al amanecer y nos acogían en sus tierras al anochecer, ofreciéndonos una cena que nos hacía tanta falta como el respirar tras un día de dura caminata desde la salida del Sol. Montañas sagradas, reinas de la montaña, iglesias de paja, animistas, escuelas con más de cien niños abandonándolas para salir a ver a aquellos blancos perdidos, noches silenciosas y estrelladas, noches de lluvia incesante e inundaciones en la tienda de campaña, gallos al amanecer, ron de coco, historias de antepasados, historias de la guerra civil, historias sobre Israel y Argentina con mis amigos de viaje, ríos y cascadas, vegetación por doquier…Y gente, gente que ha retenido en sus pupilas la brillante luz del Sol africano. Son agricultores. Viven de la tierra y tienen muchos hijos y sus caras reflejan felicidad. Son libres.

La gente es el mejor activo del país

La gente es el mejor activo del país

Los ríos eran nuestra salvación con ese calor

Los ríos eran nuestra salvación con ese calor

El día que cruzamos la frontera hacia Malawi sentí que perdía algo. Tan sólo 24 horas más tarde llegábamos a un pequeño hostal/cabañas/camping a orillas del famoso lago Malawi. Los autóctonos hablaban inglés, los turistas hablaban inglés… Caras blancas y “oh my Gods!” volvían a nuestras vidas. La melancolía y el rechazo se apoderó de los dos. Ophir ni siquiera hablaba a nadie más que a mí. Al menos valoré aún más positivamente mi decisión de no apretar el paso para llegar a ver las cataratas Victoria. Esos días extra en Mozambique valieron, para mí, mil veces más que ver otro fenómeno de la naturaleza rodeado de blancos con cámaras. Sé que, al final del día, sigo siendo uno de ellos, pero al menos muero por zambullirme y conocer lo que me ofrece el lugar al que voy… Y no hablo de la naturaleza -aunque me encante también ésto- sino la gente que lo habita.

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Perdeos en las tierras profundas de Mozambique y os sentiréis muy libres.

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2 Comentarios
  1. Carlos 18 agosto 2016
  2. David Escribano 24 agosto 2016

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