Un sadhu camino de la salvación a Muktinath

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De vuelta tras realizar el circuito del Annapurna, donde las recientes tormentas de nieve se han llevado la vida de 39 montañeros, me encontré con este sadhu que iba camino de Muktinath. Los sadhus son ascetas hindús. Se supone que se hallan en la cuarta fase de la reencarnación hindú y su modus vivendi consiste en renunciar de lo mundano y basan su vida en meditar y de esta manera encontrar los valores fundamentales de nuestra existencia. Encontraréis muchos sadhus en zonas donde se mezcla lo sagrado con lo turístico en sitios como Katmandú o Varanasi. Desconfiad cuando os pidan dinero a cambio de una fotografía, en muchos casos los impostores se camuflan y juegan con la buena fe de los despistados.

Venía de Delhi, el sadhu, caminando -¡sabrán Vishnú, Shiva y Brama juntos cuantas jornadas llevaría!- y se dirigía al sagrado lugar de Muktinath a casi 4.000 metros de altura entre las perdidas montañas del Himalaya, con las paredes del Annapurna tan cercanas y tan imponentes.

La traducción de Muktinath significa “el lugar de la salvación” y hacía allí se dirigía el sadhu.

Bajo el pérfido monzón de principios de setiembre, el sadhu continuaba pertinaz con su propósito de llegar a su destino. Seguramente se alimentaba con una tacita de arroz diaria que recibía a modo de limosna y algún té que bondadosamente los aldeanos le ofrecerían. Había superado más de 1.000 kilómetros y ya sólo le quedaban unos 50 para llegar a la salvación. No obstante, el desnivel más pronunciado lo esperaba en una última prueba de fe y voluntad.

El desnivel y el río Gandaki, también llamado Sapta por ser el séptimo de los ríos que desembocan en el sagrado Ganges. Uno de los grandes ríos del Nepal que nace de los glaciares más inexpugnables del Himalaya con el Dhaulagiri, el séptimo pico más alto del mundo.

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Unos comerciantes cruzando el río Gandaki a la altura de Kagbeni

Unos comerciantes cruzando el río Gandaki a la altura de Kagbeni

El río Gandaki confluye con el mítico reino de Mustang y, a su paso, derrocha agua, piedras, amonitas y todo aquello que un geólogo pondría en su mesita de noche para contemplar como regalo más preciado antes de irse a dormir.

El río se expande y engaña al viajero, pues el cauce parece completamente seco pero en su interior esconde un gran cabal de agua capaz de terminar cualquier restricción de agua africana.

Pocos kilómetros más allá encontramos Jomoson con su aeropuerto que retorna a los humanos a la vida occidental. De todas maneras, lo mejor es hacer caso al sadhu y seguir camino arriba, llegar a la población de Kagbeni y descansar con un buen té con leche de yak, contemplar las vistas que los colosos Dhaulagiri y Annapurna I nos ofrecen y seguir camino arriba.

Incansable, el sadhu movía una pierna y luego la otra. Inflexible con su cometido en vida, el sadhu se dirigía al lugar donde lo esperaba la muerte terrenal más placentera de todas las posibles.

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5 Comentarios
  1. Oscar 20 octubre 2014
  2. Quique 20 octubre 2014
  3. Juan 30 noviembre 2014
  4. benaul 31 diciembre 2014
  5. Javier Velasco 14 enero 2015

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