Un arroz enamorado

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Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Erick Wolfrang.

-¿Y ha qué lugar vamos a ir el 14?

Desequilibrado por la insospechada pregunta, Erick respondió:

-Uhhhm, sí, claro, había pensado en que vayamos a… -fueron dos segundos en los que por su cabeza pasaron decenas de imágenes de lugares que ambos ya habían ido. Pensó en el Parque de las Leyendas; pensó también en que se parecería a Huachipa, no importa.- … ir al Parque de las Leyendas!

Como el luminoso resplandor que se incrustaba entre los árboles de aquel jardín en el que se hallaban sentados esa tarde, brillaron sus ojos y en muestra de un bilateral acuerdo, Rocío lo besó. –Me gusta la idea –le dijo bajito-.

Lo planearon todo durante la semana. El lugar de encuentro, el carro que los llevaría, la hora de la mañana en que se reunirían, el reemplazo de sandalias por zapatillas y al menos en lo que se refiere a la comida, hasta un día antes del paseo, recién terminaron por concertarlo: los dos se repartirían el cocido del almuerzo que decidieran. Así quedaron. Milanesa con arroz y papas, puede ser, ¿pollo frito?, no, mucha grasa, alguna ensalada de frutas, no, se puede malograr. El panorama no era muy claro. Era de lo que iban a sobrevivir durante todo el día. Hasta que una noche antes, mientras conversaban por celular desde sus camas, lo definieron: Rocío se encargaría de hervir las papas, freír (sin punto de aceite que asome) las planchas de pollo y –como si fuera poco- preparar la crema que sería roseada sobre la comida. Por su parte, a Erick, se le encargó la agotadora misión de cocinar el arroz. Con choclitos.

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Trompetas, bombos y tamborcillos combinaban sus frenéticas voces y daban un sonoro recibimiento a los jóvenes, señores, ancianos y niños que llegaban. El calor era abrumador y la cola que debían hacer para comprar las entradas era más o menos extensa. Avanzó rápido felizmente.

Ya adentro hubieron que elegir entre tres rutas para empezar su paseo: ¿la costa, la sierra o la selva? Mejor porque no comemos primero, dijo Rocío, es que me da miedo que el calor malogre la crema. Aún los dos no tenían hambre y antes que la comida, decidieron por visitar primero la selva. Después de eso, almorzarían.

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A diferencia de Huachipa, la selva sí les pareció una selva de verdad. Mientras la recorrían observando sus animales, unos árboles enormes que parecían sacados del cuaderno de dibujos de un niño los escoltaba. Los primeros animales que esperaban ser visitados eran los monos. El guapo negro no era tan simpático como el guapo colorado. Eso le pareció a Rocío. Aunque ella estaba más atenta a ver las serpientes. Quería observarlas. Le gustaba hacerlo. Separadas por una vitrina, claro está. Miró, además, por primera vez la cara de un perezoso, que le devolvió la mirada con sus ojos adormitados. Tiene nariz de chancho, comentó Erick. Siguieron recorriendo la ruta hasta llegar a la zona de los osos. Quizás el calor los abrumaba incitándolos a dormir como los encontraron. Vieron a los tigres negros, que caminaban de un lado a otro mostrando su sedienta lengua (tal vez de agua, tal vez de sangre) con sus colosales colmillos. Se miraban ansiosos y su cerco no parecía tan seguro. Despistado el policía del parque, ambos aprovecharon para desviarse hacia unos matorrales que por su espesura, en un momento, los haría arrepentirse de su travesura, no después de gracias a ello, haber descubierto un estanque de fábula (uno que años más tarde habrían de recordar). Cuantiosos peces coloridos y muy gordos se dejaban ver en la superficie de unas aguas entre verdosas y cristalinas. Un pequeño puente los dejó tener una vista total de su hallazgo. Las enredaderas, adornadas con flores violetas, cubrían las orillas y en las hojas circulares que nacían desde su profundidad se posaban algunos pequeños pájaros que daban sutiles saltos buscando algo de alimento. Era bello; pero hacía mucho calor. Continuaron con las aves, tan diversas y raras, hasta que saliendo de esa jungla y terminado ese su primer recorrido observaron un enorme parque adornado por pequeños arbustos que generaban una mediana sombra cada uno, sitios ideales para sentarse y comer. Ya estaban copados, no obstante la joven pareja, encontró su lugar.

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Cada uno sacaba lo que le había tocado cocinar. Rocío lo hizo primero. La crema fue de inmediato, la olieron ambos y su olor todavía era agradable. Luego las papas, tan arenosas e intactas, las carnes, doradas y jugosas, y además unos huevos hervidos que se hicieron aún más ricos combinados con la crema. Erick miraba ya con cierta vergüenza aquel trabajo perfecto. A ver tu arroz, amor, lo apuraron. Destapó los tapers con demora (como queriendo demorar su desmérito) y Rocío pudo ver en el fondo de estos una extraña masa blanca y gelatinosa que se movía a un solo compás, a manera de una sistemática estructura, pegada y compacta. Con choclitos. Se desató en risas.

De hecho nadie se hubiera atrevido a comer aquella cosa proscrita que Erick llamaba arroz.

Sólo él lo hizo.

Imagen | El parque de las leyendas

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