Turquía (9) Dogubayazit, el monte Ararat y el arca de Noé

Imagen, Raffi
Desde Sanliurfa teníamos pensado viajar hacia el monte Ararat. Nos parecía una jornada de carretera demasiado larga la que separaba Sanliurfa de Dogubayazit con más de 500 kilómetros entre medio. Valoramos diferentes opciones alrededor del lago Van pero la guía parecía no mostrar demasiadas visitas interesantes. Así que pensamos pasar una noche en el autocar para poder aprovechar otro día más en las montañas de Kaçkar o en otro de los sitios que teníamos pensado visitar.

Fue una de esas largas noches de autocar donde uno se coloca como buenamente puede y trata de dormir. Para este tipo de largos viajes intento tener a mano una bolsa con las cosas imprescindibles para no aburrirme demasiado si me cuesta dormir. Así que un libro, la guía, la libreta y poca cosa más. El móvil olvidado y desconectado desde el primer día y el MP3 y demás sucedáneos en la tienda esperando que algún día me decida a entrar en ese mundo.

Llegamos a Dogubayazit por la madrugada. El pueblo fronterizo de Turquía con Irán es simplemente un conjunto de casas en filas ordenadas. Da una cierta imagen de mal rollo. En el interior profundo del Kurdistán, Dogubayazit ofrece la imagen típica de un pueblo entre fronteras, con apenas carácter personal. Uno se imagina un campo de refugiados tras un par de generaciones y no va mal encaminado: las tiendas han pasado a ser edificios grises y la gente parece que no eche sus raíces en el lugar. Para colmo, la situación económica y social de los kurdos deja mucho que desear y el gobierno turco no da un duro por ellos, es más, lo que les da no es precisamente dinero…

Encontramos un hostal sin demasiados problemas y dejamos las mochilas. Vimos claramente que en aquél lugar lo que debíamos hacer era visitar los alrededores y tomar Dogubayazit como punto de inicio a nuestras excursiones. Así que teníamos dos labores a realizar: Controlar los destinos en la estación de autobuses y en caso de que estos no ofrecieran demasiadas opciones a viajar por la zona buscar alguna agencia que nos montara algún tour por el lugar.

La primera opción no funcionó. Apenas existen líneas regulares por esta región y ni mucho menos autobuses locales que nos dejarán a los pies del monte Ararat. Así que decidimos buscar alguna agencia de viajes y negociar con ellos algún tour por los alrededores de Dogubayazit. No encontramos turistas apenas por el pueblo, solamente un par de rubios y nada más. Mientras buscábamos una agencia por la calle principal nos sorprendió un hombre que nos saludo casi militarmente con un “Welcome to Kurdistán!”

Finalmente encontramos un par de agencias en la misma calle. Eramos los únicos turistas así que sería fácil negociar algo interesante por la zona. No somos turistas de visita standard y siempre preferimos hacer alguna cosa original, así que entre nuestras propuestas y las que nos ofrecían en la agencia el resultado fue sorprendente:

Un tour en jeep de un día que incluía los siguientes puntos:

  • El palacio de Ishak Pasha
  • Una vuelta por los pueblecitos cercanos a los pies del monte Ararat
  • Visita al arca de Noé
  • Examinar un cráter
  • Un té en la frontera con los soldados iraníes.

El precio no lo recuerdo exactamente pero no subía de los 50 euros con la comida incluida (precio para dos).

La primera noche poco hicimos en Dogubayazit y descansamos del largo viaje en autocar. Por la mañana nos levantamos y empezamos el curioso tour que habíamos negociado con la agencia.

Imagen, DaF1967

La primera visita fue el palacio de Ishak Pasha y sin esperármelo me quede de piedra. Lo construyeron los otomanos en el año 1685. Se trata más de un complejo que de un palacio en sí siendo el segundo punto administrativo más importante tras el palacio de Topkapi en Estambul durante la época. Se construyó sobre una colina a unos 5 kilómetros al sur de Dogubayazit y las vistas son fascinantes. La arquitectura, en algunos casos medio en ruinas, es uno de los mejores ejemplos del arte otomano y con las montañas rodeando este lugar da una sensación mágica al viajero.

Tras la visita al palacio nos dirigimos hacia los pueblecitos que yacen justo bajo los pies del monte Ararat. Aquí la pobreza se nota. Los kurdos viven de apenas unos pollos y de lo poco que pueden cultivar en una tierra dura y seca. La mayoría de los niños ayudan en las labores de trabajo y, de hecho, casi no se ven mayores trabajando. Las casas están diseminadas por el valle y los niños son capaces de correr kilómetros cuando ven a un turista merodear la zona por si lleva un boli o alguna cosa curiosa en el bolsillo.

Si alguien espera encontrarse la auténtica y mítica arca de Noé en las montañas cercanas al monte Ararat volverá desilusionado. El Genesis habla únicamente de las montañas de Ararat como posible lugar donde el arca finalmente embarrancara cuando terminó el diluvio. Durante las décadas de los ochenta y noventa los estudiosos han investigado la zona en busca de algún rastro pero ninguna prueba científica ha llegado a encontrar indicios del arca. Con el jeep ascendimos valles y pueblecitos kurdos hasta llegar a un collado donde nuestro guía estacionó y a lo lejos nos señaló una extraña figura que formaba la roca. Era el arca de Noé. En realidad parecía un barco, tenía una estructura parecida a la parte inferior de un barco con su propa y poa a ambos lados. Una especie de barco fosilizado en la piedra. Nos miramos incrédulamente yo y Guido y a falta de máquina de fotos nos fumamos un cigarrito pensando en Noé y todas las parejas que se subieron al barco para montar la primera orgía zoológica de la historia de la humanidad con la causa justa de repoblar el mundo de buena gente. ¡Buen inicio para una nueva humanidad!

Subimos de vuelta al jeep y proseguimos nuestro curioso tour por el Ararat. El guía nos llevó a un cráter en medio del valle. Para uno que no ha estudiado geología o astronomía eso no era más que un boquete enorme en el suelo. Uno puede darle las vueltas que quiera, imaginarse ovnis o meteoritos pero al final lo uno que ve ahí es un agujero. Así que otro cigarrillo y de vuelta al coche.

El siguiente destino fue la frontera con Irán. Eso ya parecía más interesante. Ver la multitud de coches y gente esperando su turno para entrar a un lado y a otro del país. El guía nos preguntó si teníamos el visado en regla a lo que respondimos: ¿What? Así que nos puso una cara extraña, aparcó el coche, se fue a hablar con algún funcionario de la frontera y volvió sonriente. Nos dejaron pasar a pie a las dependencias del ejército iraní.

Mientras me metía ahí dentro me iba preguntando ¿Qué carajo estás haciendo? Pero la curiosidad me ganaba así que me metí. En la sala, una enorme foto de Alí Jamenei, una bandera de Irán todavía más grande y un grupo de soldados que charlaban distendidamente. Al vernos se levantaron y nos saludaron cortésmente. Uno de ellos hablaba algo de inglés y nos preguntó de donde éramos. Guido le contestó que era italiano y el hombre no puso muy buena cara. No obstante, al contestarle que era español el hombre sonrió -¡gracias Zapatero por echar las tropas de Irak!- y nos ofreció un te interesado en conocer nuestra opinión sobre los Estados Unidos, el petróleo, los judíos, las armas nucleares y todo lo que se menea por esa zona. No acabamos de entrar en debate político y ni ganas -¡faltaría más!- de llevarle la contraria. De la guerra y la política pasamos al fútbol y así pasamos una agradable charla en Irán tomando un té con la armada iraní.

A la vuelta no tuvimos problemas y llegamos a Dogubayazit bastante cansados. Como en ese pueblo poco había que hacer, cenamos y nos fuimos pronto al hostal para preparar nuestro siguiente destino: las montañas de Kaçkar.

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5 Comentarios
  1. Anonymous 31 agosto 2008
  2. Anonymous 18 diciembre 2008
  3. Armando 4 octubre 2009
  4. bruno 14 enero 2011
  5. Benjamin 20 diciembre 2011