Triste bandoneón en San Telmo


Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Alejandra Abad.

Un triste bandondeón gime lento, melancólico, hiriente, en una plaza tomada por las palomas. Cerca, un hombre viejo vestido de militar reposa al sol y un poco más allá un niño sucio y harapiento pasea por las mesas de los restaurantes pidiendo monedas.

Esta escena se repite cualquier día en cualquier plaza de Buenos Aires, una ciudad con personalidad propia que deja un poso inolvidable en quien la visita.

A priori no es tan especial, ni es tan monumental como París ni tan elegante como Londres ni tan cosmopolita como Nueva York. De hecho, es una ciudad bastante sucia y descuidada, cuyas aceras rotas y cuyos edificios medio derruidos recuerdan más a la Habana que a cualquier ciudad occidental. Y eso que dicen que es la más europea de las capitales latinoamericanas… Lo que tiene Buenos Aires es un carácter que deja huella. Con las herencias que en ella han ido depositando los miles de inmigrantes que desembarcaron tras las guerras europeas de la primera mitad del siglo XX, se ha creado una personalidad porteña. Con características italianas y españolas (o, como ellos dicen, gallegas), sobre todo, pero también polacas, francesas, turcas u holandesas, los porteños son todo eso y a la vez algo completamente distinto.

El bandoneón que se lamenta en la plaza es un buen símbolo de la especificidad porteña que ha sabido aglutinar todas las herencias: el tango. A diferencia del flamenco, que en España prácticamente se reduce a los tablaos de Andalucía, en Buenos Aires el tango está en todas partes. Su sonido sale por las ventanas de las casa y le persigue a uno hasta cualquier plaza en la que esté tocando una banda, lo acompaña en las radios de los taxis y lo despide por las noches en las milongas. En Argentina, cualquier hora y lugar son buenos para escuchar o bailar esta melodía, que nació, se supone, cuando esos miles de inmigrantes europeos llegaron aquí huyendo de la pobreza y la guerra -aunque algún músico trastornado intentara convencerme un día de que en realidad “vino de África, cayó por Cuba y llegó a Buenos Aires”-.

En el puerto de esta ciudad, en lo que ahora es el barrio de la Boca, se reunían los desconocidos y exiliados alrededor de tabernas y prostíbulos para arrojar sus penas al Río de la Plata con ayuda del alcohol y la música. Y por aquel entonces el tango se bailaba sólo entre hombres, entre hombres duros y curtidos, con las manos agrietadas por el trabajo y la mente embotada por la tristeza. Paradójico, que de esa rudeza saliera una de las danzas más sensuales que he visto bailar.

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La del tango es una melodía triste, melancólica, dolorosa, que se mete dentro de uno y no quiere salir hasta absorber toda la energía del alma, pero es una bellísima melodía. Decía Enrique Santos Discépolo, uno de los mayores poetas tangueros de todos los tiempos, que el tango es “un pensamiento triste que se baila” y no encuentro mejor definición.

Las letras de esta música, que por ser demasiado popular y barriobajera fue prohibida en su día por las clases altas y la Iglesia Católica, lloran en lunfardo, el argot porteño, y hablan sobre todo de partidas y desamores insuperables, de corazones rotos, de desgarros sentimentales.

Uno de los mejores cantantes de tanta desgracia e icono argentino por derecho -junto a Maradona y Evita- fue Carlos Gardel, cuya imagen aparece en el rincón más inesperado de la Capital Federal y cuya voz, por cierto, ha sido declarada por la UNESCO patrimonio de la humanidad.

Yo tuve la suerte de vivir durante algún tiempo en el barrio más tanguero de Buenos Aires: San Telmo. Como si fuera otra metáfora de la mezcla porteña, este barrio es fronterizo (al este) con el más lujoso de la ciudad, Puerto Madero, el barrio de los restaurantes de lujo y los rascacielos. Pero San Telmo también limita con uno de los más humildes de la ciudad, La Boca (al sureste), y con otros dos de carácter popular, Barracas y Constitución (suroeste y norte respectivamente). Y, por si acaso faltara alguna frontera destacable, es la enorme avenida que vertebra la fisonomía de la ciudad, la 9 de Julio, la encargada de cerrar San Telmo por el oeste.

Así que en San Telmo puede uno encontrarse desde la señora más empingorotada, que va en busca de exquisitas antigüedades hasta el hombre más pobre y triste de la tierra que ameniza la tarde con su bandoneón para sacarse unas monedas. Allí residen multitud de jóvenes extranjeros que buscan vivir la vida bohemia que caracterizó al barrio hace algunos años, pero también los ancianos que de toda la vida han habitado estas calles y plazas. En San Telmo puede uno encontrarse una tienda de diseño con ropa de lo más moderna al lado de un barucho cutre, feo y viejo. Conviven todos en perfecta armonía dándole al barrio un carácter anacrónico que despista tanto como encandila.

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En el corazón del barrio, en la manzana formada por las calles Defensa, Bolívar, Estados Unidos y Carlos Calvo, se esconde el Mercado de San Telmo. A la manera de los mercados españoles de los años 50 y 60, en él puede uno comprar las verduras y la fruta del día o los zapatos de temporada. Todo cabe allí, tiendas de carteles y chapas antiguas conviven con juguetes, carnicerías o puestecillos que venden miles de botones de colores. En mis primeras visitas, cuando me acercaba sólo con la intención de comprar esas berenjenas blancas tan llamativas que tiene los argentinos o una de sus sabrosas calabazas, me quedaba horas cotilleando entre las tiendas, maravillada ante tanta variedad, distraída del tiempo y del hambre por culpa de tantas curiosidades.

Pero este mercado perenne es sólo un adelanto de lo que los domingos transforma el barrio. Desde primera hora de la mañana cientos de puestos florecen a lo largo de las aceras de la calle Defensa y, sobre todo, en la Plaza Dorrego. Salen las joyas a relucir, las cristalerías finas, los preciosos gramófonos de mitad del siglo pasado, los manteles de encaje, las cuberterías de plata, los billetes y sellos antiguos, los sifones de colores, las cámaras de fotos más primitivas… Casi todo lo que se vende en este mercadillo es de segunda mano y casi todo perteneció en su día a adineradas familias porteñas que con el corralito del 2001 quedaron arruinadas.

Es curioso que semejante despliegue se haga precisamente en este lugar, que en su día fue un barrio burgués de clase alta. Pero en 1871 la fiebre amarilla se cebó con la zona y los ricos salieron corriendo hacia sus casas de campo u otros lugares. Poco tiempo después sus enormes casas fueron “ocupadas” poco a poco por las clases más bajas, que convirtieron los suntuosos palacios en pensiones, popularmente conocidas como “conventillos”. Así que cada domingo parece que resucite el espíritu burgués de estos edificios y el lujo vuelva al barrio: el rancio abolengo ya no vive aquí, sólo se vende.

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Para mí lo más divertido de pasear entre estos puestos, que rebosan de turistas encantados con la devaluación del peso argentino frente al dólar, era imaginar la vida de los objetos. Ese enorme gramófono verde del que me enamoré desde el primer día que vine presidirá ahora el salón de aquel matrimonio inglés, regordetes y rosados ambos, que no sabe pronunciar ni “gracias” en castellano. Seguramente sea una casa hortera, a juzgar por la vestimenta de los compradores, y el gramófono estará acompañado de muchos otros trofeos provenientes de los lugares más diversos del mundo a los que haya viajado esta pareja.

Quizá este mismo gramófono fue algún día de una familia de San Telmo, de raíces italianas, cuyos descendientes le perdieron la pista tras venderlo en el 2002. Seguramente fueron muchas las veces que esa pareja de raíces italianas bailó el tango que hacía sonar este viejo gramófono.

Tras la multitud matinal, la tarde del domingo llega a San Telmo con aires de fiesta. Los puestos se retiran, pero los artistas callejeros se quedan. Malabares, magia, humor y pintura invaden ahora las aceras, y los guiris, cansados de sus compras, dejan paso a quienes van interesados más por el ambiente que por el afán de consumo.

El tango, por supuesto, no deja de ser protagonista. Las orquestas que arrastran incluso el piano a la calle para amenizar el mercadillo se retiran y aterriza en la plaza “la milonga”. Se encienden lucecitas en los árboles de la plaza como si fuera Navidad y las mujeres se calzan los tacones. Porque el tango hay que bailarlo sobre tacones, y bajo tacones, lamentándose al son de un triste bandoneón, late aún hoy en día la inolvidable ciudad de Buenos Aires.

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2 Comentarios
  1. Rossana 25 mayo 2009
  2. Alanis 25 mayo 2009