Tres cosas que no me gustaron de la India

Al borde de la torre contemplando la bella ciudad azul de Rajastán: Jodhpur. Al final no me tiré.

Antes que nada aclarar que lo que aquí os cuento es simplemente mi opinión basada en mis gustos y experiencias personales. Vamos, como siempre suele pasar en este blog, que ya nos vais conociendo después de tantas historietas.

En conversaciones sobre la India vengo a ser como Mourinho hablando de los árbitros. Me los cargo en 2 minutos.

No falla. Dejo que fluyan los comentarios típicos de los que quedaron prendados por su fuerza mística, la autenticidad de sus gentes, la paz de sus paisajes, etc…etc…Cuando los demás interlocutores asienten a las palabras de éxtasis, me llega el turno a mí para soltar un ya clásico: “Pues mi experiencia fue una auténtica bazofia”.

Y así se llega a la famosa frase que tan bien define los sentimientos de la gente que visita la India: “India: You either love it or you hate it”. Es así. Este país no concede términos medios. Eres de letras o de ciencias, monárquico o republicano, del BarÇa o del Madrid, de Eva Mendes o Scarlett Johansson…de “Amo a India” o de “el próximo templo que vea lo reviento a pedradas”.En mi caso: elijo piedra. Ni papel, ni tijera. Con atenuantes, claro está.

Mezquita en Nueva Delhi. Primer día en India y aún llenos de optimismo.

Viajé a la India en Noviembre del 2003. Era mi primer viaje de larga duración y el destino -dentro de mi primera Vuelta al Mundo- había sido incluído por recomendación de unos buenos amigos de Rober, mi inseparable compañero de viaje y mejor amigo.

Teníamos unos 20 días para pasar en el país y cometimos los típicos errores de principiantes que nos amargaron las primeras dos semanas de nuestra aventura mundial.

Aquí os dejo unos consejos o, simplemente, cosas que nos hicieron desear no volver a pisar ese país jamás.

1. No contratéis guías de ningún tipo.

Mucha gente piensa que exageramos con nuestras historias negativas sobre la India. Bueno, pues os cuento cómo comenzó nuestra visita a la tierra de los Maharajas.

Llegamos a Nueva Delhi procedentes de Londres. Eran las 2.30 am y fuimos directos a un puesto de información turística del aeropuerto. Allí, una noble viejecita de pelo canoso que debía rozar los sesenta y lucía bonitas ropas -y el clásico círculo rojo dibujado en la frente-,nos atendió. Le preguntamos por un hotel de nuestra guía Routard del 2003. Ella nos dijo, por activa y por pasiva, que ese hotel ya no existía. Había desaparecido… Junto con su honestidad. Por supuesto, el hotel sí existía, como comprobamos después.

Pero tenía unos amigos taxistas que nos llevarían a un sitio muy bueno. Cansados y confiados en el consejo de tan entrañable personaje, nos dejamos llevar. ¡Qué grande la figura del amigo taxista en la India!: toda persona que trata con el turista tiene uno.

Encantador de serpientes a la salida de un restaurante en Delhi.

Se subieron 4 personas en el taxi con nosotros. Todos se conocían y nos hablaban sin parar. Totalmente desorientados, contestábamos a lo que podíamos.

El hotel resultó ser un agujero caro, horrible, europeizado y destrozado. Lo único que no era viejo era el papel de la factura en la que nos clavaban un precio increíblemente alto para la calidad del lugar.

A las 11 de la mañana bajábamos a recepción y dos hombres ya nos esperaban para acompañarnos a su agencia de viajes, que -voilà!- ¡estaba justo al lado del hotel!.

Queríamos ver Rajastán, el Taj Majal y Varanasi -como mínimo- y nos propusieron un tour de 12 días con coche, conductor y hoteles incluidos por 900 euros por persona. Le dijimos que nuestro presupuesto era mucho más bajo.

Tras más de una hora de comida de cabeza, el hombre nos bajó a 250 euros por persona. “Sólo cambiando la calidad del alojamiento”, nos decía aquel malcarado agente mientras nos enseñaba fotos de él junto a la actriz española Emma Suárez (os lo juro, siempre me quedé con las ganas de llamarla para preguntarle cómo había podido ir con esa gente).

Al final le dijimos que queríamos salir de allí para pensarlo y estalló en gritos asegurando que, si no fuera porque era Ramadán, nos tiraba de allí a patadas. Era nuestro primer día en Incredible India.

Un amigo suyo se ofreció a llevarnos al centro en su coche, ocasión que aprovechó para rebajar la oferta de su jefe en un tour que hacía su hermano por la misma zona. Le dijimos que parara el coche inmediatamente y nos bajamos.

En el desierto de Jaisalmer, cerca de la frontera con Paquistán.

Cogimos un tuk-tuk y el hombre se ofreció a enseñarnos los lugares emblemáticos de Delhi por 70 rupias cada uno. Aceptamos, bajo condición de que no nos llevara a ninguna tienda ni agencia de viajes.

No me preguntéis qué tácticas psicológicas emplean pero acabamos yendo tanto a tiendas como a una agencia.

Fue allí donde nuestro cansancio físico y mental hizo que cediera nuestra barrera defensiva y acabáramos contratando un tour por 250 Euros cada uno.

Nuestro conductor se llamaba CP (Código Postal… Digo yo). Un hombre menudo, de bigote y pelo cano, aseado y repeinado. De aspecto serio.

Nos duró 10 días de los 12 que le habíamos contratado. Parecía un concursante de Gran Hermano o un político español: el 70% de lo que salía por su boca eran mentiras.

Nos cargaba más dinero por los alojamientos -que utilizaba para pagarse sus cosas-, nos trajo a otra “guía turística” que, sorprendentemente, no bajaba del coche en ningún punto de interés (más tarde descubriríamos, por un empleado de un hotel, que era su amante), y nos metió en un par de trampas con falsos monjes y guías jetas.

Una joya el amigo Código Postal.

Feria del ganado de Pushkar. Dicen que es la más grande de Asia (yo de éstos no me creo nada).

El décimo día le despedimos (pagándole hasta la última rupia) y el amigo, sin cortarse, nos pidió carta de recomendación en español. “Claaaroooo, claaaroooo…déjame el boli”. Le dije yo. Lo que escribí para posibles futuros clientes de habla hispana no lo reproduzco aquí, que aún hay niños despiertos.

Conclusión: NUNCA TE FIES DE LOS GUÍAS EN LA INDIA. Para ellos sólo eres dinero con piernas.

2. La falsa espiritualidad.

Templos, estatuas a Shiva y Visnu, meditación, sacerdotes por todos lados. Cuidado. Parte de ésto es falso. Para muestra, un botón.

Llegamos a Pushkar justo a tiempo para la fantástica feria del ganado -la más grande de Asia, decían- y una importante celebración religiosa. Un guía local, recomendado por CP -cómo no-, nos enseñó el lugar durante toda la mañana. Todo bien. Parecía que por fin tendríamos un día 100% feliz en la India.

Pero no. Al atardecer estábamos en el lago en el que todo los hindúes se limpiaban sus pecados. Imbuido por la belleza de la estampa y la espiritualidad del momento, me sumergí en aquellas aguas verdes. Al salir, nuestro guía nos presentó a dos “sacerdotes”. Hábilmente, nos separaron y nos empezaron a hablar de los dioses y nuestras familias.

Nos preguntaron cuántos miembros las componían y metían también a nuestras novias. ¡Claro que sí!. Y al perro, al del kiosco, tus amigos de toda la vida. ¡Cuántos más mejor!. ¿Por qué?. Pues porque después, cual azafatas del “Un, dos, tres…”, hacen una multiplicación rápida y te sueltan: “Pues x familiares que tienes a 500 rupias cada uno…¡Ésa será tu ofrenda a los Dioses para que cuiden de ellos!”. “Oiga, ¿No puedo pagar en Gallifantes?”. No, Euros, dólares, libras esterlinas o rupias…¡Oigausté!.

Nuestro guía en Pushkar, más conocido como Judas de nombre e Iscariote de apellido.

Les dijimos, por activa y por pasiva, que no teníamos tanto dinero. Bajamos el precio del familiar (el kilo se había puesto caro por la inflación), para después acabar diciendo que no dábamos nada. La agresividad de los “monjes” nos hizo pensar que llamarían a otros -o al mismísimo Visnu- y nos pegarían una gran paliza. Al final les convencimos de que iríamos al hotel y volveríamos con las rupias. “Esperadnos sentaditos. Éso sí”. Visnu, no nos tengas en cuenta el no haber vuelto nunca.

Nuestro simpático guía había lanzado la bomba de humo y desaparecido cual ninja de élite. Un crack. Y éso que le habíamos soltado una buena propina justo 20 minutos antes. Menos mal.

3. La comida picante.

Esto ya es más light. Yo no soy un gran fan del picante aunque, cuando no es llevado al extremo, me gusta.

Empezamos comiendo curries, kormas y demás. Todo bien. Pero después de unos días ya salía fuego por todos nuestros poros. Hasta los desayunos eran picantes.

Insistíamos a los camareros o cocineros que, por favor, no nos pusieran mucho picante. Como quien oye llover, chico. Me rio yo del Balrog de El Señor de los Anillos.

Las diarreas mermaron nuestras fuerzas pero tampoco quiere decir que fueran debidas al picante porque nos pasó en otros países de comidas algo más suaves. Es algo normal cuando tú estómago empieza a recibir comidas extrañas en países lejanos.

Éso sí, si te apasiona la comida picante: éste es tu paraíso. Yo no le veo la gracia a las salsas que matan completamente el sabor de lo que comes, pero para gustos los colores.

Todas estas razones vinieron rematadas con malas experiencias con niños a los que intentamos ayudar, un robo de una cámara en el vagón de un tren y la consiguiente mala experiencia con la policía cuando sólo intentábamos registrar la denuncia a efectos de nuestro seguro de viaje.

Sólo tuvimos un par de días buenos cuando por fin dejamos al Señor Código Postal y conocimos buenas gentes en trenes y autobuses.

Pero no fue suficiente para borrar todo lo anterior. Recuerdo que volvíamos de Nepal para tomar el avión de Bombay a Hong Kong y ni siquiera cambiamos dinero a rupias para no dejar ni un euro más en ese país. Las 36 horas de tren -más 10 en Bombay- las pasaríamos a sandwich de atún hecho con materias primas compradas en Nepal.

Pagamos tanta insolencia con el robo en el tren de la Canon EOS 300 recién comprada por Rober en Nepal.

Hoy vuelvo la vista atrás y pienso que hicimos las cosas mal. Que Rajastán es una zona demasiado turística, que no debimos coger guía, que debimos mostrarnos más firmes rechazando gente…No sé. India es muy grande y estoy seguro de que otras zonas, menos turísticas, deben ser mucho mejores.

Muchos justificaban el tema con la pobreza y desesperación de la gente. Yo siempre les contestaba con lo mismo:” En Nepal hay muchísima más pobreza y carencias, sin embargo, son personas nobles, te ayudan, no te agobian, no te engañan y no te roban. Y todo éso sí nos lo hicieron en la India”. Era una verdad como un templo. De Visnu o Shiva, no sé, pero un templo fijo.

Cosas de la vida. A Rober, 8 años después le asignaron India como país cliente en la empresa química para la que trabaja. Si le pinchan no le sale sangre. No fue lo mismo volver a hoteles 5 estrellas y de negocios pero algo se mantuvo. “Son los negociantes más cabro*es con los que he tratado hasta ahora”.

En mi humilde opinión, los ricos de la India y sus empresarios tienen lo peor de la influencia occidental británica. También muchos de los que tratan con turistas. Y repito: no me vale la excusa de ser un país más pobre. De hecho, las personas más amables y amistosas que conocimos en el país eran las de condición más humilde.

Algún día quizá vuelva -nunca a Rajastán, éso seguro- y me daré otra oportunidad de descubrir esa India que dicen existe. La noble, espiritual y bella. Algún día…

46 Comentarios
  1. Pau 3 abril 2012
  2. David 3 abril 2012
  3. JD (@aitor_vca) 3 abril 2012
  4. La Morada del Viajero 3 abril 2012
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  12. David 4 abril 2012
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  17. Sergi 6 abril 2012
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