Trekking en las montañas Simien (Parte 4)

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Manu sucumbiendo al picante de nuestro segundo desayuno

Manu sucumbiendo al picante de nuestro segundo desayuno

Despertamos algo más tarde de lo habitual y salimos de la tienda para desayunar algo. Aunque el terreno no era demasiado propicio para un buen descanso, la dureza de la jornada anterior había hecho que cayéramos rendidos y pasáramos una noche sin sobresaltos.

Los profesores seguían allí. De hecho, parecía que hubieran estado la noche entera montando guardia para hablarnos si se nos ocurría salir de la tienda. Jargew había preparado algo de arroz al que poco teníamos que añadir y abrimos algunos de los pequeños paquetes de galletas que aún nos quedaban.

Todo eso y un té sería nuestro tentempié hasta la hora de comer. O eso creímos.

Nada más ponernos en marcha para iniciar el ascenso a una antigua iglesia ortodoxa del siglo XIII, nos salió al paso una especie de policía que cargaba un AK-47. Se puso a discutir con Fanta y la cosa no parecía pintar bien. Al parecer, necesitábamos un permiso especial para visitar el lugar sagrado al que nos dirigíamos. Tras diez minutos de conversaciones, el bueno de Fanta consiguió arreglar las cosas y acabamos metiéndonos un segundo desayuno, mucho más consistente que el primero, entre pecho y espalda. Injera con salsa y suro, un clásico de la zona que nos supo a gloria a pesar del excesivo nivel de picante.

El paisaje árido que nos encontramos al culminar el ascenso

El paisaje árido que nos encontramos al culminar el ascenso

Ya con las energías totalmente repuestas, comenzamos la ascensión guiados por Fanta y un par de guías locales. La aldea estaba situada a unos 2900 metros y, en un tramo corto, debíamos ascender a hasta los 3200 a los que se encontraba la iglesia/monasterio. Eran tan sólo las 9.30 am y el calor ya era bastante insoportable para emprender una ascensión de tal desnivel.

Guiados por los etíopes comenzamos a subir por una senda tortuosa. Ellos no sufrían lo más mínimo, acostumbrados a las rampas, el calor y la altitud, pero nosotros les pedíamos parar cada poco y bebíamos agua. Finalmente, llegamos totalmente empapados tras algo menos de una hora de ascensión.

Al poco nos encontramos con un anciano y unos chiquilllos pastores con los que nos quedamos a descansar un rato, disfrutando de su compañía, las vistas y la brisa. Uno de los chiquillos se ofreció a mostrarnos el camino más corto hasta la iglesia y continuamos la marcha. Ahora ya todo era mucho más sencillo, sin mayores ascensos. El paisaje, como cada día de trekking, era bastante árido y sólo arbustos y algunos árboles salpicaban la tierra marrón rojiza.

Gente a la que encontramos en la cima

Gente a la que encontramos en la cima

Tras otros 45 minutos llegamos a la iglesia, sólo para descubrir, con gran desánimo inicial, que estaba cerrada con llave y no había ningún monje cerca. El gran Fanta se descolgó con otro de sus buenos comentarios: “¡Ah, claro!, como es Semana Santa está cerrada y los monjes se han internado en el bosque a meditar y tener vida ascética durante dos semanas”. De esos momentos en que no sabes si matarlo o reirte. Fanta era así.

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Nos dimos una vuelta por el recinto. La iglesia de planta esférica era el edificio principal y estaba rodeado por otras casuchas donde los monjes hacían su vida. En el interior había herramientas arcaicas y bancos y camas de madera. La verdad es que los seguidores de esta iglesia sí que viven de forma espartana.

Al rato decidimos emprender el regreso a la aldea. En el camino nos encontramos con unas chiquillas preciosas que pastoreaban unas vacas y Manu se acercó a pedirles si podía sacarles unas fotos. Al dar el primer paso hacia ellas, dos de las tres niñas salieron corriendo como posesas. La tercera no se quedó porque no nos tuviera miedo, sino porque ese sentimiento la paralizó. Increíble.

La iglesia y las casas de los monjes

La iglesia y las casas de los monjes

Al ver el éxito, Manu pidió a Fanta que le hablaran a la chiquilla en amárico para decirle que tan sólo quería sacarle unas fotos. Aún así, la niña no relajó el gesto hasta pasados diez minutos y costó un mundo hacerle sonreir.

A veces me pregunto si fuimos los primeros hombres blancos que vieron o, simplemente, por aquí les cuentan historias como las del Hombre del Saco, teniendo a los blancos como protagonistas. Unos diez minutos después de la estampida inicial podíamos ver, en el horizonte, a una de las niñas que había salido corriendo. Se le veía como una pequeña mota de polvo verde. Y seguía corriendo.

Para cuando llegamos a la aldea, ya era más de mediodía y el sol pegaba sin clemencia. Jargew ya tenía preparado al cansado Morla y la expedición debía continuar su camino.

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El plan del día era conseguir un transporte que nos llevase hasta un cruce por el que habíamos pasado la tarde anterior y esperar allí a que pasase algún camión que nos llevase a un pueblo cercano al Parque Nacional de las Simien. Pero esto es África y nada salió como lo había planeado Fanta.

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Primero esperamos más de hora y media a que nos llevaran desde la salida de la aldea hasta el cruce. Una pala mecánica estaba realizando unos trabajos en el camino de piedra y arena y decenas de curiosos estaban sentados contemplando el espectáculo. Nos unimos a ellos para pasar el tedio. Entre nosotros y los trabajos de la pala, muchos de los aldeanos ya estaban pasando un día inusual que tardarían en olvidar. La vida es mucho más simple de lo que pensamos.

Finalmente un hombre fornido nos dijo que nos subiéramos a la caja de atrás de su pick up y emprendimos el camino. El tío conducía a toda la velocidad por aquella pista de piedras e hizo que el viaje fuera un torrente de adrenalina. De pie en la caja, los tres nos agarrábamos a lo que podíamos mientras intentaba grabar un vídeo de la aventura. Lo mejor del día.

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Nos dejó en el cruce, le pagamos y nos despedimos. Estábamos en el recinto de otra iglesia y nos tiramos bajo un árbol a esperar al siguiente transporte. Nunca llegó. Ese día no dormiríamos en el pueblo que habíamos pensado.

Tras dos horas de espera, cuando ya comenzaba a bajar la luz, Fanta decidió que nos iríamos al pueblo en el que habíamos parado a comer el día anterior. Manu y yo estábamos realmente desanimados porque teníamos ganas de dejar ya esos parajes áridos y ver algo de verde. Además, este retraso no nos dejaba tiempo para pasar una noche en el parque nacional, tal y como habíamos planeado en un principio. El hecho de que se levantara un fuerte viento y los cielos se oscurecieran no ayudó a la moral de la tropa.

Cenamos un arroz básico y unas galletas y nos metimos en la tienda justo antes de oscurecer. No teníamos ganas de hablar con nadie. La noche fue bastante mala para mí, que tuve que lidiar con los ronquidos de Manu y el vaivén de la tienda, que se comprimía y descomprimía al batir del viento. Una de esas noches en las que solo quieres escuchar el canto del gallo para poder ver el sol y comenzar un nuevo día que, seguro, tiene que ser mejor que el anterior.

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