Trekking en las montañas Simien (Parte 2)

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Tras unas primeras horas en las que el calor asfixiante se podía soportar bajo la sombra de algún árbol en el terreno llano, ahora que habíamos entrado en las montañas rezábamos para que algunas nubes eclipsaran los potentes rayos solares.

Parece que alguien se apiadó de nosotros allá arriba y pudimos disfrutar de momentos donde el cielo apareció nublado. Aprovechamos para realizar algunas paradas cortas en las que beber agua, tomar algo de fuerzas y contemplar el paisaje árido que teníamos a nuestro alrededor. Nos habían comentado que todas aquellas montañas que parecían sacadas de una película del Oeste americano, en temporada de lluvias se convertían en un vergel verde. En ese momento nos costaba mucho creerlo.

Manu cargaba su mochila como un jabato y yo me preguntaba cómo estaría él si yo estaba cansado sin llevar nada a la espalda.

Las montañas de esta zona superaban los 2.500 metros, llegando a los 4.000 en algunos puntos. Aunque, después de unos 10 días en el país, estábamos algo acostumbrados a la altura, el calor hacía la caminata bastante dura.

La escuela a la que llegamos

La escuela a la que llegamos

Finalmente, y tras bordear dos o tres montañas más, llegamos a la escuela en la que pasaríamos la noche. Eran las 5.30 de la tarde y teníamos tiempo suficiente para hablar con la gente antes de poner la tienda de campaña.

Saludamos a unos cuantos profesores que salieron a recibirnos. En Etiopía, los maestros son bastante jóvenes y no están bien pagados, por lo que la mayoría viven en la misma escuela. Construyen una casucha comunal para todos y comparten habitaciones, colchones y vida en general.

Hablaban algo de inglés y conversamos un poco hasta que entró en escena una chica que nos dejó impresionados. Era muy joven y estaba con los profesores pero no era uno de ellos. Cuando nos acomodamos en el bajo y duro camastro del cuartucho en el que nos invitaron a descansar, la chica se arrodilló portando una palangana de agua y nos indicó que nos quitáramos el calzado de trekking.

Fanta y la chica cocinando

Fanta y la chica cocinando

Manu y yo obedecimos mientras buscábamos confirmación en la mirada de nuestro guía. Fanta asintió con una medio sonrisa divertida. Cuando estuvimos descalzados, la chica procedió a darnos un masaje con agua de rodillas para abajo. Apretaba con fuerza con sus manos y producía un dolor que, al poco, se convertía en alivio. Nos lavó también los pies, besándolos cuando hubo acabado. Nos quedamos perplejos. Nunca en mis viajes me habían tratado así.

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Jargew, Fanta y la chica comenzaron a partir la verdura y cocinar un buen arroz con tomate. Mientras, nosotros plantábamos la tienda bajo el atardecer y nos hacíamos algunas fotos con los profesores y algunos alumnos que se habían acercado.

Al caer la noche, cenamos todos juntos y después encendieron una hoguera para cocinar los injeras para el segundo turno de cena y la mañana siguiente. El injera es el alimento básico de la dieta etíope. Está hecho de harina de tef, un cereal que abunda en el país. Tiene un color grisáceo y su sabor, dependiendo de cómo esté cocinado, suele ser algo agrio. Antes de llegar a Etiopía, había leído sobre él y pensé que no me iba a gustar, pero la verdad es que sí que me habitué a comerlo sin problemas. Se puede tomar acompañado de Suro (una especie de legumbres en salsa de tomate), verduras, carne, etc. Es como nuestro pan: va con todo.

Con los chicos de la escuela

Con los chicos de la escuela y Jargew

Sobre las 10 de la noche ya no podíamos más. Manu se fue a la tienda y yo me quedé un rato más con los estudiantes etíopes que se habían acercado. Entre risas, me enseñaban algunas palabras más de amárico que yo repetía hasta retenerlas. Tamari es profesor. Astamari significa estudiante. Bahir es mar… Y al poco me tumbé a dormir tras despedirme de todos.

A la mañana siguiente nos enseñaron la escuela y los alumnos formaron mientras cantaban el himno. Después pasamos por las aulas y los profesores nos contaron cómo eran las cosas allí. Es complicado escolarizar a los niños etíopes de las montañas porque muchos deben ayudar en el campo cuando llega la época de siembra y cosecha. Los uniformes de los estudiantes estaban bastante sucios y el material escolar de reserva se reducía a una triste caja de cartón con una caja de bolis, unos cuadernos de ejercicios y algunas chucherías.

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Después de despedirnos de nuestros magníficos anfitriones, seguimos nuestro camino.

Dando clase

Dando clase

El día era brillante y despejado. Sólo eran las 9 de la mañana y el calor ya comenzaba a ser sofocante. Entendimos que sería una jornada dura cuando Fanta nos dejó caer que tendríamos que caminar unas 5 ó 6 horas hasta nuestra siguiente parada nocturna. En un sólo día como guía ya le habíamos calado y sabíamos que 5-6 horas significaban 7-8, como mínimo.

Comenzamos a vadear montañas, tal y como hicimos la tarde anterior pero sin la bendición de las nubes en el cielo. La senda era estrecha y varias más partían de la principal cada poco trecho. Nos dimos cuenta de que habría sido imposible saber por dónde debíamos ir sin la ayuda de un guía que conociera muy bien la zona, como era Fanta. Él no dudaba nunca y mantenía un ritmo demasiado alto para nosotros, pidiéndole parar cada cierto tiempo para beber algo de agua y cobijarnos del sol.

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Nos encontramos con mucha menos gente respecto a la jornada anterior. Las tierras habían ganado en aridez y tan sólo algún valiente campesino se atrevía a ararlas ayudado de algún mulo. Algunos niños, que iban o venían de escuelas ocultas en algún lugar de esa inmensidad montañosa, nos alegraban cuando se reían o nos observaban, algo temerosos, al cruzarnos con ellos. Fanta nos comentó que algunos apenas habían visto hombres blancos en sus cortas vidas, confinados, como estaban, a la vida en las montañas. Nosotros les dábamos caramelos y los aceptaban con una sonrisa, mientras los más pequeños se asían con fuerza a las piernas de los mayores, buscando protección.

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El agua comenzó a escasear y Fanta nos prometió que la encontraríamos en la próxima aldea. Sin embargo, debido a la dureza de la temporada seca, no fue así. Tampoco tuvimos suerte en la siguiente, ni en la de más allá. Sudábamos a raudales y nuestro organismo nos pedía hidratación a gritos. Nos encontrábamos a casi 3.000 metros y no teníamos ningún líquido al que echarle nuestras pastillas purificadoras. Nuestra orina era amarilla parduzca y el cansancio era cada vez más evidente, haciendo que sintiéramos una gran pesadez en nuestros miembros.

Fanta nos prometió que a media hora de allí encontraríamos agua. ¿Sería esta promesa cierta?.

 

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