Como re-aprendí el concepto “generosidad” en Mae Sariang, Tailandia

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Llevábamos ya casi un mes en Tailandia. Demasiado turista para mi fino olfato. Decidimos alquilar una moto y hacer una ruta por el norte; primer destino Mae Sariang. Al parecer allí encontraremos la vida tradicional de Tailandia, con campesinos en su día a día y poco turismo. Queremos andar, perdernos en la naturaleza. Decidimos hacer un trekking que atraviesa el Parque Nacional Salawin hasta el río Thanlyin, que separa Tailandia de Birmania. En el mapa hay un grupo de casas pegadas al río. Ese será nuestro destino, unos 25 km calculamos.

Al día siguiente nos ponemos en marcha y al llegar al inicio del camino nos damos cuenta de que entre los dos no llegamos al litro de agua, gran planificación. Así que la idea es andar hasta que se nos acabe y volvernos. Vamos andando por caminos muy chulos, atravesando riachuelos, mucha vegetación de todo tipo, charlando… A las dos o tres horas el agua escasea y llega el punto en que no sabemos si seguir o darnos la vuelta. Resulta que aparece un cartel con un 7.

En el mapa también hay unas casitas a medio camino entre el punto de salida y el río. Pensamos que quizá esas casitas sea lo que marca el cartel, y 7 los kilómetros para llegar. Decidimos ir hasta allí, quizás tengan agua para darnos y hacer el camino de vuelta.

Después de un par de horas más no hemos encontrado nada de nada. No nos queda agua, y ya debemos de estar a más de medio camino del río, por lo que nos sale más a cuenta llegar al poblado aquel que darnos la vuelta. El resto del camino es un sufrimiento. Estamos literalmente en medio de la nada, sólo bosque, naturaleza increíble y un caminito que nos lleva a no sabemos muy bien dónde. Las casitas que aparecían en el medio del camino resultaron no ser nada, y ahora ya no sabemos si fiarnos mucho del mapa.

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En una situación normal yo allí sería el hombre más feliz del mundo, intentaría conectar y mimetizarme con la naturaleza que me rodea, pero ahora estoy sufriendo. Con la boca hecha un zapato y un calor tremendo sólo quiero agua. La incertidumbre del destino tampoco ayuda mentalmente. Por suerte,  cuando más duro se estaba haciendo el camino vamos encontrando, aisladas, pequeñas casas de campesinos a los que vamos pidiendo agua. Como un ray,  me llegan a la cabeza las palabras de mi madre, gran viajera ella: “hagas lo que hagas siempre bebe agua embotellada”. Lo siento mamá, no está la cosa para ponerse exquisitos ahora.

Literalmente, le vamos pidiendo agua a todos los campesinos que nos cruzamos. No bebemos mucho, porque sabemos que es la manera más fácil de ponerse enfermo. Incluso los propios tailandeses beben agua embotellada, pero ahora estamos en medio de la nada, no hay otra opción. Algunos nos dan té (agua hervida), lo cual se agradece, pero tampoco nos atrevemos a pedirles que nos rellenen la botella de té. Ahora, mirando atrás, recuerdo con gran cariño como esa gente sencilla estaba encantada de ayudarnos, siempre con una sonrisa en la cara y contentos de intercambiar algunas palabras.

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Finalmente, saltando de campesino en campesino llegamos a las casitas pintadas en el mapa. Resultó ser un pequeño poblado, y después de 25 km andando a más de 30 grados y casi sin agua, estamos literalmente derrotados. Necesitamos agua (embotellada a ser posible). Mucha. Tampoco estaría mal descansar y comer algo.

Vemos que este poblado no tiene mucho. El suelo es todo de tierra, las casitas/chabolas de madera, muy sencillas y básicas. Le vamos preguntando a la gente por agua hasta que una señora mayor, típica asiática pequeñita y arrugada, nos lleva hacia dentro del pueblo. Llegamos a un pequeño patio central rodeado de algunas casas algo mejor construidas que el resto. Nos reciben 2 chicas y un chico de nuestra edad, y para nuestra sorpresa hablan alguna palabra suelta de inglés. Resulta que eso es un colegio, y ellos son los profesores. Sin ni siquiera pedirlo nos bajan literalmente cajas con litros de agua embotellada. No sé cuánto pudimos beber, fácilmente 5 o 6 litros cada uno.

No hay forma física de que podamos hacer el camino de vuelta, así que les preguntamos si podemos dormir allí. Sin pensárselo un segundo, nos preparan unas mantas en el suelo de una de las clases. “Hungy? Food?”, nos preguntan. Música para mis oídos. Bebemos agua y descansamos un rato sentados en el patio. Nos han dejado solos. Al rato vamos a buscarlos y nos los encontramos en una de las habitaciones que hace las veces de cocina. Intentamos ayudarles a cocinar, pero no nos dejan. “Guest, guest” decían.

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Después de mucho insistir conseguimos que nos dejen cortar algunas verduras. Lo último que hubiese pensado cuando salí a dar un paseo con medio litro de agua esa mañana, es que acabaría cocinando arroz con verduras y pollo en un poblado en medio del bosque tailandés. Cenamos todos juntos (aunque también querían que cenásemos nosotros dos solos), y lo pasamos de maravilla. Aunque su inglés no era muy allá, daba para poder comunicarse y transmitir la idea. Se veía que estaban encantados de tenernos y habernos ayudado y por supuesto nosotros de estar allí y vivir esa experiencia.

Barriga llena y corazón contento, dormimos como ángeles. Al despertarnos ya teníamos el desayuno preparado. Otra vez una cantidad de comida enorme. Nos dan botellas de agua para el camino de vuelta y no sabemos cómo agradecer tanta generosidad. Les intentamos dar algo de dinero para que compren materiales para el colegio. No lo aceptan. Se lo tenemos que dejar en la clase sin que nos vean. Pero nos sabe a poco. Siento que este tipo de generosidad no se puede pagar con dinero.

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Por el camino de vuelta no puedo dejar de pensar en estos tres chicos. No solo por la cantidad de agua y de comida que nos han dado, que os aseguro que fue mucha, sino por cómo lo han hecho. Sin ningún tipo de reservas, absolutamente felices de poder ayudarnos y pasar un rato todos juntos. Recuerdo ir andando con un sentimiento raro. Anímicamente tocado de cómo esos chicos con tan poco nos han dado tanto. Y ya no hablo de cantidad, sino de sinceridad. Miro a Álvaro, son muchos años de amistad y sé que él también está intentando conciliar este pensamiento. Creo que allí, andando a través de un bosque tailandés, entendí por primera vez lo que significa ser generoso. La cantidad que se comparte no forma parte de la ecuación, es la sinceridad con la que se hace lo que de verdad cuenta.

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Una respuesta
  1. Martin y Ernesto 21 noviembre 2015

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