Su único viaje


Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Mª del Carmen Alonso González.

Acaba de cumplir 90 años.

Celebración en familia: dos hijos, cinco nietos, seis bisnietos. Cuando se encuentra rodeada de su familia percibe tanto amor que piensa que la felicidad debe ser algo parecido. Pero entonces se acuerda de su “día feliz”.

Ahora lleva unos cuantos años de jubilación bien merecida; ha trabajado mucho en su vida; primero atendiendo a sus tres hermanos más pequeños, después del fallecimiento de sus padres. Más tarde a su marido e hijos.

Ahora los recuerdos la llevan a su infancia en Vigo. Estaban en plena República, aunque ella era tan joven que no se daba cuenta del mundo en que vivían hasta que, el año siguiente, estallaría la terrible guerra fraticida y tres años después llegaría una larga dictadura.

Corría el año 1934 y ella asistía a la escuela por las mañanas y por las tardes aprendía a bordar en el taller de Dª Concha. Aquella mañana iba a clase encantada como siempre y allí le aguardaba la sorpresa de su vida. El maestro había recibido la visita de un inspector educativo que traía la misión de buscar en cada escuela al alumno más aventajado.

Como ella era su mejor alumna, el maestro la propuso para recibir el merecimiento que se les otorgaba; estos alumnos pasarían un día en La Coruña.

¡Un día en La Coruña! No se lo podía creer.

Ese día no atendió nada en clase, no podía; sólo deseaba llegar a casa para decírselo a sus padres. Así, cuando el maestro dio por terminada la lección salio corriendo sin esperar a Pepita, su mejor amiga, con quien siempre regresaba a casa dando un paseo y comentando sus cosas.

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Al llegar a casa, su madre estaba terminando de hacer la comida; había su postre preferido, arroz con leche, que su madre remataba poniendo un hierro incandescente en la parte de arriba y quedaba el azúcar quemado. Cuando terminó esa delicada operación, ella le dio un abrazo a su madre y la levantó en volandas. A trompicones contó lo que había dicho el maestro; su madre la hizo tranquilizar, porque no le entendía nada. Se sentó y explicó todo.

¡Un viaje!

Cuando llegó su padre se lo contó otra vez con pelos y señales, y esta vez más calmada.

Toda su familia sintió un orgullo tremendo.

Al día siguiente en el colegio le dieron un sobre para entregar a su padre. Debía firmar una autorización. Al volver dijo que todo estaba arreglado y que saldrían el próximo miércoles a las 8h. de la mañana; no tenían que llevar la comida porque también estaban invitados. La vuelta sería sobre las 10h. de la noche.

Entre su madre y Dª Concha le prepararon una falda para la ocasión. Como era usual en aquella época de escasez, las madres utilizaban la ropa existente en la casa, la deshacían y le daban la vuelta a la tela para volver a hacerla y que pareciese nueva.

Dio unos besos y abrazos a su madre cuando vio la falda; tal algarabía sólo se puede entender si has vivido en una época en la que estrenar ropa era algo reservado a las clases mas pudientes.

La noche anterior al viaje sus padres y hermanos le estuvieron dando consejos, haciéndole peticiones para que se fijase bien en todo lo que iba a ver y así se lo pudiese relatar fielmente a la vuelta.

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Por supuesto, no pudo dormir.

En el andén, con sus padres y hermanos, sentía como la responsabilidad de viajar por todos. Cuando llegó el tren subieron juntos ya que era la primera vez que lo hacían.
Durante el trayecto, mantenía sus grandes ojos fijos en el paisaje para no perderse nada, incluso llevaba un pequeño cuadernillo y un lapicero para anotar algunos cosas.
Cuando llegaron a La Coruña había una pequeña comitiva esperándoles para darles la bienvenida. No se sintió tan importante ni el día de su boda.

Todo le parecía majestuoso. Pero ocurrió esos días algo que haría que el día de su visita a La Coruña quedase reflejada en los periódicos.

El Mount-Parnes, un mercante de vapor construido en Inglaterra en el año 1911, se hundiría frente a La Coruña el 15 de febrero de 1935

Por la noche, su llegada a casa fue un cúmulo de alegría –por regresar junto a su familia- y de tristeza –por acabar el viaje-.

Les relató todo incluyendo los detalles más nimios pero que ella encontraba fundamentales; uno de sus hermanos dibujó el gran barco hundiéndose, otro fue al bar de al lado para pedir que se guardasen el periódico, y con los recortes al día siguiente harían un pequeño cuadro.

Este fue su único viaje. Hizo feliz a ella y a su familia y después lo contaría en reuniones familiares y sería un orgullo para todos.

Nadie que no haya estado en una situación familiar en 1935 puede entender este acontecimiento; el concepto de felicidad es tan relativo…

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