Soñando con Kuelap

Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Jesús Sánchez.

– “Este autobús es más cómodo de lo que pensaba. Umm, empieza a despuntar el día; he debido dormir bastante, pues lo último que recuerdo es la parada en aquella aldea en plena noche. ¿Cuánto hace?, ¿cuatro o cinco horas?”

No había asfalto en la pista y la cosa prometía ser ardua y cansada.

– “Estos conductores saben bien su oficio. En fin, habrá que desperezarse y pensar en buscar un alojamiento en cuanto lleguemos, a ver si por una noche duermo en una cama…” “Ah, ¿usted conoce Chacha?, ¿y no sabrá dónde puedo alojarme?”. “Por supuesto, iré al Puma Urco; junto a la Plaza de Armas dice, ¿no?, muchas gracias por su ayuda”(…) “no, yo vengo a hacer turismo, a ver si consigo llegar a esa fortaleza de las montañas”(…) “Adiós, señor, y que tenga un buen día”.

La mañana, húmeda y fresca aún, me recibe en una bonita y amplia plaza mayor, festoneada por suaves jirones de niebla que se elevan perezosos ante la salida del sol Llevo varias semanas en Perú y no consigo desprenderme de la sensación de algo conocido cuando veo estas plazas. Cuadrangulares, con soportales, con edificios renacentistas, barrocos, o simplemente decimonónicos; su iglesia, su ayuntamiento, su casino, el restaurante casi centenario; cualquiera diría que uno está en un rincón de Castilla o Extremadura y no a 9.000 Km. de allí.

Otra cosa que me acompaña a diario es la afabilidad de estas gentes: el encargado del hotel se apresta cordialmente a facilitarme toda la información que le pido, e incluso alguna más. Agradecido, me doy cuenta de que soy el único turista en el entorno. ¿Será esa la causa de tanta amabilidad?, lo dudo. Llega poca gente hasta esta región, y todavía no hay avalanchas de cámaras olisqueándolo todo, ni filas de visitantes repitiendo gestos y pasos en pos de la mejor vista o del recuerdo más kitsch. Pero hay algo más, la manera de sonreír, el ritmo pausado aunque firme al caminar, o la calma que se respira en el aire, algo intangible que, como un aceite balsámico, impregna la vida. Desde luego el carácter aquí en la Ceja de Selva peruana es duro como el medio donde viven, mas al tiempo servicial y abierto.

Lee también:  Triste bandoneón en San Telmo


La visita a la escuálida oficina de turismo local me lleva del ánimo a la decepción en pocos segundos. Para ir a la fortaleza hay un colectivo, pequeño autobús de línea, todas las mañanas muy temprano, pero a los sarcófagos solo es posible llegar con seguridad “agarrando un privado”. La tarifa de esta especie de taxi, menos negociable en mis circunstancias que la factura de un dentista, se escapa de un presupuesto muy ajustado en razón del gran puñado de días de viaje que me restan.

He llegado hasta Chachapoyas, una ciudad alejada de las rutas más frecuentes no ya de los turistas, sino de los propios peruanos que no habiten por la zona, en busca de la civilización chacha, contemporánea de los incas y, al parecer, fagocitada por estos. Según he leído, además de la enigmática Kuelap hay otros vestigios interesantes dispersos por la comarca, como unos particulares sarcófagos antropomorfos, y para alguien imbuido por lo que yo llamo arqueoafición eso basta como acicate. Por tanto, me dispongo a buscar cualquier medio de transporte que vaya en mi dirección, o al menos en parte.

Abordar un colectivo en estas latitudes suele implicar armarse de paciencia, pues como en la mayoría de sitios donde el vehículo privado no abunda, solo se pondrá en marcha cuando todas las plazas estén llenas. Se economiza combustible, se aprovecha al máximo el vehículo, y el propietario puede abaratar el billete hasta extremos inimaginables. Para el extranjero, además de barato es un excelente método de conocer a los locales. Aguantas junto a ellos las “comodidades” del viaje y puedes contemplar sus actitudes. Sin embargo, para ellos casi siempre pasas desapercibido. El minibús al que subiré no lleva hasta mi destino, pero al menos me acerca un buen trecho.

No ha transcurrido una hora cuando el privilegiado puesto de observación en el minibus se desbarata.

-“¿Es el final de trayecto?, ¿y dónde está Carajía?. Gracias, muy amable, me pondré a caminar ahora mismo.”

Lee también:  Un arroz enamorado

Mientras voy avanzando por la pista que lleva a una de tantas sierras, sin la certeza de ir en la dirección deseada, un curioso camión aparece tras de mí; ancho, no muy grande, su peculiaridad no estriba en la lenta marcha con la que se acerca, sino en sus frecuentes paradas. Va recogiendo a todos los caminantes, que suben con sus enseres a la caja. ¡Es el transporte colectivo de hoy! Aquí cualquiera con un vehículo nunca lo llevará vacío, sino ocupado por viandantes con su mismo destino, y por supuesto con los bultos que estos porten. Nadie queda al margen, ni yo mismo. Desde lo alto del camión, junto a mujeres con niños, decenas de cajas y algún que otro animal, agitado como en un barco sin velamen en medio de una tormenta, intento ver el paisaje. El traqueteo del vehículo, un murmullo de hierros que solo se detiene para que baje o suba un pasajero o una mercancía, pone una extraña melodía a la sucesión de lomas verdes y poco arboladas.

¿Qué pensarán estas gentes del extranjero que les acompaña?, ¿entenderán la razón por la que alguien se empeña en llegar hasta aquí desde remotas tierras? Ellos viven apegados a la tierra, sus preocupaciones están en el subsistir cotidiano, en sobrellevar la vida y mejorar si pueden. Por un momento me siento un loco persiguiendo una quimera, y noto un vacío en el estómago, un poco de inquietud. Me digo a mi mismo que a veces el trayecto hasta un lugar resulta ser mucho más interesante que el destino mismo; esto es la esencia de viajar. La familiaridad que permite compartir la misma lengua allana muchas cosas y relaja mucho el viaje. Entre saberse camino a ninguna parte junto a gentes a las que entiendes con dificultad, y poder preguntar sin confusión posible en tu mismo idioma todo lo que te preocupa media gran distancia. En efecto, los sarcófagos antropomorfos están un poco más adelante, en el otro pueblo, me confirman enseguida. Allí unos niños me señalan una estrecha senda que, a poco de empezar, desciende vertiginosamente al fondo de una hoz. Adentrándose un centenar de metros por ella los veo.

Lee también:  El desierto de Mojave

A mitad de la pared de piedra, en una gran grieta, se apelotonan varias figuras de aspecto humanoide. Sus grandes cabezas, con restos de colores, destacan en el conjunto. Curiosa forma de guardar a los difuntos, dentro de sarcófagos cerámicos puestos en pie y mirando al horizonte, como si esperasen o buscasen algo en lontananza. Ante ellos aún me resulta más enigmática la cultura de los Chacha. ¿Qué clase de vida llevarían?, ¿y sus creencias?. Durante un largo rato la idea de cómo será mañana la visita a Kuelap, su fortaleza más importante, me da vueltas. Anhelo estar en ella, recorrer todos sus rincones, pasear sin hora junto a sus muros, descubrir sus secretos. Me invade el ansia de descubrirla ante mis ojos, incluso siento un cierto desasosiego.

Emprendo el regreso, que ahora he de hacer andando pues no hay camión ni nada parecido en la pista. Al pasar por un pequeño pueblo veo a varias mujeres afanándose con ruecas en las que hilan lana de colores, ¡que preciosas chompas tejen después con ella!. Por fin alcanzo la población donde me dejó el colectivo y solo entonces caigo en la cuenta de que llevo horas sin comer. La búsqueda me ha embelesado, absorbido, y ahora que ya pasó busco algo más prosaico para calmar mi hambre. El azar corre en mi ayuda en forma de una señora que vende “anticuchos” frente a la parada de las camionetas. Estos pinchos de carne de vaca, de preferencia lengua o hígado, acompañada de patatas, se asan en una minúscula parrilla metálica que la mujer maneja con soltura. Compro un par y subo raudo al colectivo, que ya parte. Mientras los como con fruición imagino la llegada ante la gran muralla de Kuelap. Mañana.

Más información sobre el autor | Viajes y viajeros

Sin ningún aumento de precio te facilitamos la reserva de tu viaje:

Puntúa este artículo