Sin pasaporte, ni mochila: una mala experiencia viajera

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Llegando a la ciudad de Cuzco

Sin pasaporte, sin mochila, sin nada más que tu ropa puesta en un país extraño. Es una de esas pesadillas que a veces te asola viajando. ¿Y si me lo robaran todo? ¿Y si de repente me levanto un día del hostal y descubro que no tengo ni pasaporte, ni billete de vuelta, ni tarjeta de crédito?

De vez en cuando, escuchas todo tipo de relatos cuando estás de viaje. Un yankee le dio al peyote en el desierto mexicano y se levantó con los gayumbos puestos y un billete de 5 dólares en la mano. Una pareja me contó cómo un grupo de asaltantes, con pistola en mano, detuvieron un autocar donde viajaban, hicieron bajar al personal y los pusieron en fila india mientras los obligaban a depositar todo lo que tenían. Arrancaron el autocar y los dejaron a todos en media carretera.

Quedarte sin el pasaporte, sin la mochila. A mi solo me ha ocurrido una vez. Afortunadamente se trató de un estado temporal. Eso sí, los nervios y el desespero, aunque temporales, los recuerdo como una de las peores pesadillas que he tenido.

Me encontraba en la estación de autobuses de Cuzco en Perú. Recientemente había visitado las ruinas de Macchu Picchu y me dirigía hacia el cañón de Colca, a medio camino de Arquipa.

Viajaba con un amigo peruano y cuando el autocar estacionó en la parada subimos a dejar nuestras mochilas y bajamos para fumar el habitual cigarrillo antes de partir de viaje. El autocar no estaba excesivamente lleno y, charlando con uno de los trabajadores de la estación, observamos que todavía faltaban unos 10 minutos para que partiéramos rumbo a Arequipa. Aprovechamos el rato para acercarnos a las tiendas y comprar agua, galletas y snacks para matar el gusanillo durante el viaje.

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Creo que no habían pasado los 10 minutos pero al volver al andén el autocar ya no no estaba. Recordé en ese momento que además de depositar la mochila en su interior también había dejado mi bolsa de mano donde tenía la guía, la libreta y el pasaporte. Algo que no suelo hacer nunca pero ya no había vuelta atrás.

Mi amigo estaba en las mismas y, con todas nuestras posesiones en el autocar, tuvimos unos segundos de indecisión y nervios. Incapaces de reaccionar por segundos, despertamos de la inercia y corrimos al exterior de la estación en busca de un taxi. Asaltamos al primero que encontramos y al más puro estilo de peli americana le gritamos: “¡Rápido, siga al autocar de Colca!

Se trataba de uno de esos autocares que salen a patadas de cualquier estación de autobuses. Ni nuevo, ni viejo, ni siquiera recordaba la marca ni mucho menos la matrícula del autocar. Era tal mi poca memoria -o estado de shock- que ni siquiera me había percatado si el vehículo era de color marrón, rojo o verde. Afortunadamente, el taxista conocía la única vía posible para conducir en dirección Arequipa y hacía ahí nos dirigimos.

Montados en el taxi, el conductor entendió la situación y apretó el gas. Parecía una persecución salida de una película de acción, solamente faltaban los efectos especiales. Mi pasaporte, mi mochila, mis notas, todo se encontraba en ese autocar y no podía imaginarme ni un segundo qué pasaría si finalmente no dábamos con el vehículo.

Atravesamos las calles de Cuzco sorteando coches y motos hasta que justo antes de entrar en la autovía principal dimos con el autocar. Jota, mi compañero de viaje, lo reconoció y nos apresuramos a adelantarlo y extendimos nuestras manos por la ventana mostrando nuestros billetes. Conseguimos que el conductor entendiera la situación y estacionó el autocar en la cuneta. Pagamos con una generosa propina al taxista y subimos al autocar mostrando nuestros boletos y caras blancas.

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Al llegar a nuestros asientos comprobamos que todo estaba en regla. El corazón bombeaba mientras acariciaba mi pasaporte y mis notas de viaje.

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Jota con su calentito de anís en Puente Callalli

Y, curiosamente, este tipo de experiencias siempre suelen ir de la mano de otra. Apenas unas horas más tarde, a eso de las 4 de la mañana, nos encontrábamos en Puente Callalli, a más de 4.000 metros de altura, muertos de frío. En una pequeña tienda abierta nos decantamos por la especialidad de la casa: el calentito con anís. Una bebida que vendría a ser el carajillo peruano. Había que volver a calentar el cuerpo y de paso celebrar que ese día tocaba disfrutar de los cóndores de Colca; las llamadas a la embajada ya no eran necesarias y, ni mucho menos, perseguir autocares hasta la noche.

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