Sentado en el umbral de alabastro

Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Teresa Buzo Salas.

Todo el mundo trata de realizar algo grande, sin darse cuenta de que la vida se compone de cosas pequeñas.

Fran Clark


Hoy es día de bochorno como tantos otros en el mes de Junio. El sol arrogante pasea altivo su discoidal ocre por calles y plazas. La brisa se ha tomado un respiro y reposa plácida sobre el pavimento, sin reverenciar a los árboles ni danzar con las plantas. Los días son tediosos, eternos y yo acabo de finalizar las clases, pasando las tardes en el umbral de la puerta de mi casa. Son dos graditas de alabastro en las que en períodos de canícula nos sentamos mi padre y yo para charlar de temas cotidianos.

Han pasado varios días desde que comenzaron mis vacaciones y no he escrito ni una sola palabra. Miro al frente y tan sólo veo una pared de cal blanca, personas que me saludan a su paso, y niños correteando a través de la calleja para llegar hasta la rambla. ¡No he escrito sílaba alguna! Me digo a mí mismo una y otra vez, mientras mis manos se enredan entre mis cabellos como si eso pudiera sacarme alguna idea de este cerebro seco. Y así paso cada crepúsculo de este estío, recostado en dos peldaños, con los párpados entornados sin ver más que el vacío. Como de costumbre mi padre baja las escaleras trayendo entre sus manos un par de tazas. Baja con tiento para no derramar una migaja.

-¡Café calentito hijo, a ver si entramos en calor!

Siempre dice el mismo gracejo vertiendo su natural campechanía.

-¡Padre! He concluido mis clases y aún no he escrito nada. No concibo buenas ideas y sin embargo me sobran las ganas ¿Qué puedo hacer? ¡Me estoy ahogando en una ciénaga y no tengo un cálamo para salir de esta charca!-

Contemplé consternado la pared de enfrente y me levanté de un salto de la grada. Observé a mi padre que daba vueltas a su café en la pequeña tacita de porcelana, y le dije a voz en grito.

-¡Tengo que marcharme de aquí! ¡Este pueblo me está secando las entrañas! Necesito marcharme lejos para conocer otros países y personas de distintas naciones, culturas y razas. Debo salir de este yermo árido que me provoca un talante baldío y estéril para fecundar ilusión y magia-.

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Mi padre negaba con la cabeza una y otra vez sin llegar a decir nada. Tras varios minutos mirando al frente y sin mediar palabra tomó mi mano y a media voz dijo:

-¡Hijo mío tu sabes lo mucho que te quiero! Debes comprender que yo no entiendo de literatura, pero creo que tú puedes quedarte a mi vera, y los dos ‘junticos’ repasaremos tus textos. Los sábados iremos a la capital para ver a los señores de las imprentas, y tranquilo, que tu viejo padre hablará con todos ellos. Como soy un hombre honrado una vez ayudé a un señor del Ministerio, así que le diré que haga el favor de saldar el adeudo-.

-¡No padre, no lo entiendes! Es imposible que nazca una flor en un páramo desierto-.

A la mañana siguiente estaba en mi dormitorio con una mezcla de angustia, entusiasmo y miedo. Organicé varias camisas y libros, mi viejo portafolios y el lapicero. Mi madre doblaba mi ropa con la delicadeza de quien acaricia a un bebé enfermo. Sus ojitos brillaban de tristeza y su cuerpo parecía abatido por el paso del tiempo. Ella resignada aceptó mi decisión, y entre un par de calcetines escondió los ahorrillos que acaudalaba en el baulito del abuelo. Yo me negué a recibirlos, pero ella levantando los brazos con ademán de silencio dijo que los tomara y que los administrara con conocimiento.

Mi padre, sin embargo, permaneció grave y circunspecto, con semblante ceñudo, hosco y serio. Al salir por la puerta me tomó del brazo, y seguro estoy que le hubiera gustado amarrarme como si fuera uno de sus terneros. Con dos lágrimas cruzándole el rostro me dijo:

-¡Cuídate mucho hijo, cuídate que eres el único que tengo! Por favor y por última vez te lo ruego, quédate aquí con nosotros, tú sabes que no te faltará de nada. Yo sé que el pueblo es pequeño, pero hijo mío para escribir con el corazón no hace falta irse tan lejos-.

Mi padre colocó su cabeza contra mi pecho y me rodeó la cintura como si fuera un niño pequeño. Lloró desconsoladamente como jamás lo había visto, ni siquiera cuando falleció el abuelo. Ese hombre de campo que decía que el llanto era propio de mujeres embarazadas y de enfermos, estaba acurrucado entre mis brazos, hipando y gimiendo.

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Pasé años siendo un forastero, en distintos países con una mochila acuesta, el lápiz y el cuaderno. Socialicé con una multitud variopinta de persona de dispares culturas y crianzas, balbuciendo singulares lenguas en pintorescas ciudades. Y mientras mis ojos se ufanaban por aprender, mis dedos prolongados de varitas mágicas comenzaban a trazar letras en el papel.

Al fin la inspiración me acompañaba, era mi amiga, se había convertido en mi aliada. En las noches solitarias durante la vigilia la musa me arrullaba y narraba con su voz etérea pequeñas fábulas, recreándose en anécdotas y episodios que transcurrían durante mis andanzas.

Sin embargo en muchas ocasiones la tristeza me anudaba la garganta, ya que desde que emprendí mi peregrinaje no había vuelto a entablar conversación con mi padre. Redactaba extensas cartas en las que pormenorizaba lugares y hazañas, obviando las inclemencias de la soledad y de las carencias. Asimismo les remitía una copia de cada uno de mis escritos para evidenciar que trabajaba con denuedo, y por tanto, no era un holgazán que vivía de volátiles sueños. Pero tan sólo tenía la respuesta de mi madre, quien infatigable me escribía casi a diario. En sus cartas justificaba el hermetismo de mi padre y argumentaba su estado de salud o de ánimo.

Han transcurrido cuatro años desde que emprendí mi marcha y he escrito novelas y relatos, plasmados desde diferentes ángulos y con la ilusión de mi marcado arrebato. No obstante las editoriales rechazan las obras y entretejen una hilaza de desesperación y desánimo. He aldabeado a todas las puertas, enviado copias a librerías y editoriales, pero se disculpan con evasivas y rehúyen publicarlas.

Salgo a caminar después de la última negativa, necesito un soplo de aire álgido. Miro al frente y veo todo un río de personas que fluyen, un desfiladero de gentes que atracan con rumbo fijo en su rutina. Quiero sondear en esta zozobra y averiguar cuál es el yerro que veta propagar el estro de mi fantasía. Mi propósito de convertirme en un célebre escritor se ha visto sumergido en un pozo vacío de gran entrada pero de estrecha salida, ahogándome en su oquedad y deslizándome a través de las rasillas.

Al llegar al hostal me encontré con una urgente misiva en la que me notificaban el agravamiento de la afección que ha estado padeciendo mi padre, quien clamaba mi nombre con cada desvelo. Tomé mis bártulos y retorné a mi tierra de distinta guisa a como había planeado. Siempre fantaseaba con la idea de que un buen día aparecería sin previo aviso, como un destacado prosista cargado de premios y regalos. Sin embargo bajé del autobús como un pobre diablo, con los bolsillos llenos de aire y con la sensación de tener el orgullo encharcado.

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Al instante fui a ver a mi padre quien se hundía bajo añiles sábanas. Me acerqué con cautela para no alterar su reposo, y me di cuenta cómo su osamenta desgastada naufragaba semejante a un ajado navío en un océano en calma. Despertó guiñándome un ojo y su boca dibujó una tajada de sandía. Nos abrazamos en el silencio roto por él, ya que canturreando musitaba: -¡Al fin tengo completa mi poesía!-

Al cabo de unos días mi padre zarpó con el ocaso del sol a las montañas, en un otoño marchito y rociado de tristeza. Pasé largos y afligidos días hasta que decidí emprender de nuevo otro viaje. Antes de partir me adentré en el cuarto donde mi madre había ido almacenando mis textos. La estancia estaba bañada por una penumbra ambarina, y tras merodear un rato por la habitación mis ojos se postraron en el baulito del abuelo. Finalmente allí encontré los textos pero… ¡qué sorpresa!, ¡aros bermellones rodeaban mis palabras! Había esbozos en los márgenes y expresiones descartadas. Estaban corregidos sin clemencia, impregnados de tachones, frases abreviadas y parrafadas añadidas. Advertí otro cofre colmado de cuartillas, pero aquella letra no era mía. Observé cómo mi padre había compuesto aquellas obras con inigualable retórica, fluidez y rima. Su alma estaba plasmada en el papel y su dulzura se traslucía en cada pliego. Fue un encuentro tan prodigioso que mi orgullo brotó de la semilla que tenía escondida, regándolo de lágrimas saladas y agradecidas. Ahora, una vez solventé sus sugerencias, tanto sus obras como las mías están en trámite de publicación por parte de varias editoriales.

Mientras contemplo los billetes de tren, sonrío mirando al cielo y los rompo en mil pedazos. He decidido quedarme junto a mi madre y escribir bellas historias sentado en el umbral de alabastro.

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  1. Marta 3 junio 2012