Seamos realistas, soñemos lo imposible

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Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Lidia Herbada.

Dance With me, Dance with me, el sonido del vinilo llegaba hasta mis oídos, 42 grados de calor pegajoso, ganas mojadas en Anita Guardiola, aspas de ventilador girando sobre mi cabeza, y un sueño perdido en América del Valle: mi bella Cuba.

William vivía de alquiler en un segundo piso donde pagaba 15 pesos al mes, se levantó hacia el ventanal y al fondo vio una linea azul confundiéndose con el cielo de las discordias: El Malecón, una longitud de casi 12 km, ese lugar donde acudía cuando era niño para perderse en grandes horas soñando con escapar de aquella isla. Trabajaba a tiempo parcial en el hotel Habana, arrastrando los sueños de los turistas extranjeros a sus habitaciones, allí les llevaba sus maletas encueradas y respiraba el humo de los habanos que compraban en el aeropuerto.

Trabajar en Cuba en el mundo hostelero, hacía que llegaran propinas extras, todo cubano quería trabajar en aquel sector. A veces también conducía los cocotaxis para acercar a los turistas al centro, consistía en una moto que no superaba los 50 km por hora, con un casco amarillo que les cubría, de esta manera el turista podía bordear el Malecón y que el aire les diera en sus mejillas. Cuba tiene algo que no se olvida, que te llega, que te atrapa, como ya dijo Che Guevara: Seamos Realistas soñemos lo imposible. Cuba arrebata por su olor, por sus gentes encantadoras, por su aire de Charleston, bendita Cuba, bendito sabor.

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El tiempo se detiene ante Cuba, el tiempo se detiene ante William. El capitolio quedaba atrás para los turistas, mientras que William avanza hacia la plaza nueva. Por la tarde acudía cerca de la universidad, enmarcada con Che Guevara y allí desplegaba una mantita donde vendía libros de segunda mano, una negra mujer se acercó a él, y le quiso regalar el periódico Gramma para que lo vendiera, pero William espetó: lo que se regala no se vende. Cuando terminó su jornada “extraescolar”, comenzó a andar por las calles de Cuba, las casas coloniales, pintadas de alegres colores pasteles, ese olor a petróleo que se metía hasta el fondo de la nariz, esos pasos lentos para saborear la ciudad, paladares llenos de gente comiendo cigalas, mientras una Cuba se sumerge en un mojito en la bodeguita de Imedio.

Dance with me, Dance with me, la música recorre las calles desde primera hora de la tarde, confundiéndose con la noche, los negros sacan a las turistas a bailar salsa donde intercambian vidas y cultura. La picardía de William siempre ayudó a sobrevivir en esa gran ciudad, tomó de la mano a Marita, la hija de Cristóbal, su gran amigo con el que jugaba los sábados al ajedrez, una niña de 8 años, y se acercó a un grupo de turistas, y puso en práctica la vena lastimera del “timo de la leche”, pidieron que les compraran botellas de leche porque hacía días que no tomaban nada, y estaban pasando grandes penas, al cabo de un “ratico” tenían 6 botellas de leche, y chucherías para Marita. Una pícara sonrisa te hace ser el rey de Cuba.

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Dance With me, Dance With me, William se pierde entre el olor del sudor del baile, entre las ganas de volver a ser libre, Cuba es mi cárcel, es mi libre paloma, Cuba es mi pasado, Cuba es mi presente, Cuba es mi futuro, Cuba es mi mánjar de sueños rotos, es mi caja de sorpresas, es mi Cohiba quemado, es mi tesoro escondido. Cuba siempre Cuba.

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