Domingo perfecto en San Telmo de Buenos Aires

En el mercado de San Telmo podéis encontrar un poco de todo

La primera vez que puse un pie en Buenos Aires fue una tarde calurosa de primeros de Marzo del 2004. Me enamoré.

Mucha gente define la capital de Argentina como una mezcla entre París y Madrid. Pues bien, para mí Buenos Aires es simplemente éso: Buenos Aires. Una ciudad con una personalidad propia, enorme orgullo -quizá un poco demasiado, como pasa en tantas otras capitales del Mundo-, colorido, fútbol, pasión y grandes desigualdades.

Regresé en el verano austral 2008-09 y, por tercera y última vez -hasta la fecha-, en un frío Agosto del 2011. Fue ese mes de Agosto cuando me alojé en un hostal del histórico y popular barrio de San Telmo. La meca del tango.

A tan sólo unas cuadras de la Plaza de Mayo y el moderno y cheto -pijo- Puerto Madero, en dirección a La Boca, se encuentra un lugar lleno de romanticismo, historia y vida nocturna, donde parece que el tiempo se detuvo hace 20 ó 30 años.

Los Domingos la Plaza Dorrego se llena de vida

En el 2011 llegaba a la terminal de ómnibus de Retiro tras casi 30 horas de autobús -debido a retrasos- desde Santiago de Chile. A pesar de todo, había tenido mucha suerte al poder cruzar la frontera por el Paso de los Libertadores, que había estado cerrado por la nieve durante varios días antes de mi paso y volvió a estarlo un par de semanas más tras él.

Los excesos farreros que tuve con mi amigo Richard en Santiago, combinados con el frío del invierno, hicieron que llegara con una buena fiebre a mi hostal de la calle Perú, a tres cuadras de la famosa plaza Dorrego, corazón del barrio de San Telmo.

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Aunque estuve destrozado un par de días, me recuperé a tiempo para vivir en plenitud uno de los magníficos Domingos en los que todo el barrio cobra vida como ningún otro día de la semana.

Salí del hostal tras una buena ducha reparadora después de 2 días sudando como un cerdo en la habitación, fruto de ese extraño e incómodo mecanismo que tiene el cuerpo para recordarnos que los excesos no son buenos.

Una Siambretta de antes de nacer yo. Todo se encuentra en San Telmo

Era un día de invierno esplendoroso. El Sol brillaba alto sin ser entorpecido por una sola nube y una sonrisa estúpida se alojó en mi cara para quedarse ahí por el resto del día. ¡Qué bueno sentir el aire fresco, la luz y el gentío después de estar encerrado y enfermo!.

Recorrí en dos minutos la distancia que me separaba de la plaza dedicada al Coronel Dorrego. Don Manuel Dorrego fue víctima de la eterna ironía de la historia de la Humanidad: héroe nacional, pieza clave de la lucha por la independencia argentina, que más tarde fue llevado al paredón por uno de sus ex-compañeros de armas, el General Lavalle. Ambos tienen calles y plazas por toda Argentina.

Hordas de turistas, y algún que otro perdido porteño, curioseaban por los puestos que había en la plaza. Aquí se vende de todo.

Teatro de marionetas improvisado en Defensa

La zona es famosa por la venta de antigüedades, pero puedes encontrar ropa usada y nueva, soldaditos de plomo, libros y discos de segunda mano, joyas, bisutería, souvenirs, decoración para la casa, cacharros varios e incluso motos de hace cincuenta años.

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Los bajos de las casas de Defensa, Bolívar, Perú y sus perpendiculares se convierten en reclamo de turistas y curiosos en busca de algo que les llame la atención. La mayoría, como yo, no anhelan nada en concreto, pero les gusta el ambiente a historia, tradición y vida que se respira.

Muchos artistas callejeros amenizaban el día a los transeúntes acaparando no poca atención. Espectáculos de tango, marionetas,trucos de magia y la omnipresente y ambulante batucada.

Al haber salido algo tarde del hostal, no quise sentarme a una mesa de restaurante para comer. De haberlo hecho, quizá me habría dado un homenaje en el famoso restaurante El Desnivel (Defensa 855), donde, dicen, sirven los mejores bifés de San Telmo. Es de los más caros del lugar, pero si buscáis algo más económico no os va a faltar oferta en las calles paralelas.

Puerto Madero en todo su esplendor

Cuando me entró hambre caminé hacia la Avenida Independencia y me compré un par de choripanes por 10 pesos. Me los llevé en una bolsa y caminé hacia Puerto Madero. Allí me senté en un banco y los devoré al Sol, contemplando los rascacielos de la orilla opuesta -donde, dicen, tiene su departamento Messi- y las aguas de un marron grisáceo del Río de la Plata.

Familias, parejas o grupos de amigos paseaban por ambas orillas aprovechando la magnífica metereología. Algunos se dejaban sus pesos -Puerto Madero no es precisamente barato- en algunos de los muchos restaurantes y cafeterías que florecen en los antiguos muelles.

Aquí, la presencia de porteños superaba con creces a los extranjeros. Me paseé sin prisa, con mi mochila pequeña a la espalda, absorto en la pura contemplación de los demás. Me encanta observar a las gentes de cada lugar y quise, también, absorber hasta la última gota de la química bonaerense en el que sería mi último día en la ciudad, hasta la fecha.

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Cuando ya se ocultaba el Sol busqué un bar donde poder ver el Madrid-Barcelona de turno. Creo que era la ida de la Supercopa en el Bernabeu. Me tomé un buen té verde contemplando el enésimo partido del siglo y regresé a mi barrio.

Por la mañana algunos componentes de la batucada calentaba motores para darlo todo en la noche

Allí, aunque la mayoría de los turistas habían desaparecido y no quedaba ningún puesto abierto, varios grupos de batucada se habían juntado y llenaban de ritmo la calle Defensa. Me uní a ellos hasta llegar al final del recorrido en la Plaza Dorrego. Es la Roma de San Telmo: todos los caminos llevan a ella.

Una vez en la plaza, nadie quería irse a casa. Los tambores siguieron desprendiendo ritmos brasileros bajo el sudor de los percusionistas y sus fieles seguidores que no parábamos de bailar. El vino barato y la birra de litro corría de mano en mano mientras la policía contemplaba, expectante, desde el otro lado de la plaza.

Eran casi las 10 de la noche invernal cuando, en manga corta y chorreando, me fui al hostal a darme una ducha ante la retirada en masa del grupo.

Un día maravilloso en San Telmo. El perfecto “hasta luego” de Buenos Aires. Ché, ¡obvio que volveré!.

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2 Comentarios
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