República Checa: explorando las cuevas de Punkvat en Moravia del Sur

Árboles del Karst de Moravia

Árboles del Karst de Moravia

A parte de Praga, la República Checa sigue siendo un país bastante desconocido para el turista español. Sin embargo, tiene muchas perlas que merecen una visita.

La región de Moravia del Sur, cercana a las fronteras con Austria y Eslovaquia, tiene algo que ofrecer a todo tipo de viajeros. Pueblos de cuento protegidos por la Unesco, viñedos, bodegas, palacios, castillos y una explosión de colores que componen una belleza natural que atraerá también a los amantes de la naturaleza.

El Karst de Moravia

 

El mayor atractivo natural de la zona es el Karst de Moravia. Un karst es un tipo de paisaje que ha sido esculpido por la acción del agua sobre la roca caliza. El resultado suele incluir colinas y valles cubiertas por densas arboledas y extensos sistemas de grutas y cuevas subterráneas formadas por corrientes de agua que corren por debajo de la superficie.

El de Moravia, con sus 100 kilómetros cuadrados de superficie, es el más extenso e importante de la República Checa. De sus más de 1100 cuevas hay unas 14 que se pueden visitar y decidimos adentrarnos en las de Punkva.

Salimos de Brno, capital de la región, una bella mañana en la que el sol iluminaba los coloridos edificios del centro histórico. Pusimos rumbo norte y condujimos algo más de media hora por carreteras secundarias hasta llegar a la entrada al parque. Aquí debes dejar el coche y tomar un trenecito turístico que te lleva a la entrada del complejo de las cuevas de Punkva.

Historia de las cuevas de Punkva

lago interno en Moravia

El río Punkva ha ido horadando, pacientemente, las cavidades que se encuentran en esta parte del Karst de Moravia. La zona es preciosa. El río es visible en una superficie formada por colinas totalmente tapizadas por grandes árboles para después sumergirse y reaparecer en el mítico abismo de Macocha.

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Durante el siglo XIX, las cuevas despertaron el interés de los científicos y se hicieron varias expediciones a su interior, abriéndose algunas grutas en 1909, aunque no se establecería el recorrido actual hasta 1933. Por lo tanto, se llevan visitando así desde hace menos de un siglo, una minucia si pensamos que las cuevas de Punkva existen desde hace millones de años.

La visita a las cuevas de Punkva

cueva

Nada más llegar nos asignaron un guía que nos mostraría las grutas y cavernas. El recorrido total tiene unos 1250 metros. Incluye tramos de túneles, escaleras, zonas más abiertas e incluso una navegación en barca por el río subterráneo. En total, la visita se puede realizar en una hora, pero te recomiendo que no tengas prisa.

Accedimos a Punkva por el túnel que lleva a Prední dóm (bóveda frontal).En esta cavidad ancha tuvimos la primera oportunidad de observar las primeras estalactitas, estalagmitas y estalagnatos (cuando se unen estalagmitas y estalactitas, también llamados “columnas”) en un ambiente mágico, creado por la tenue iluminación y la música.

Un sistema de audio y altavoces diseminado por las cuevas permite que puedas escuchar las explicaciones en español.

Los búhos

Los búhos

De aquí pasamos a la bóveda de Reichenbach. En ella el techo se encuentra a varias decenas de metros y unas escaleras te llevan hasta la zona superior. Aquí pudimos ver carteles que marcaban los niveles que había alcanzado el agua en distintas inundaciones durante el pasado siglo. Ahora hay un sistema de drenaje que impide que eso ocurra.

Cogimos otro túnel para ver nuevas cámaras. Las formaciones que veíamos eran todas diferentes y curiosas y a las más emblemáticas se le han asignado nombres según su morfología. Así, vimos el cementerio turco, una pareja de búhos, el enano, el camello, el conejo, el minarete, la aguja y varias columnas.

Pero sin duda alguna, a pesar de la belleza de las formaciones rocosas, el momento más impactante es cuando acaba el túnel y sales de nuevo al aire libre. Te encuentras entonces en el fondo del Abismo de la Madrastra (Macocha).

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El Abismo de la Madrastra

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Sales momentáneamente de las cuevas de Punkva a través de una puerta. Das un paso y respiras el aire limpio. Abres los ojos y quedas embobado.

Bajo tus pies corren las aguas del río Punkva, junto a un par de lagunas de gran profundidad. En frente se extiende la pared de roca que forma el abismo. La piedra está cubierta de vegetación para acabar, casi 140 metros más arriba, en las primeras filas de árboles que forman un denso bosque.

Para rematar el momento especial, suena una música preciosa que rebota en las paredes del abismo y lo envuelve todo. Me quedé un buen rato solo y sin hablar, simplemente disfrutando de estar vivo y poder contemplar semejante maravilla de la naturaleza.

La leyenda del Abismo de la Madrastra

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Un lugar con semejante belleza melancólica no podía tener detrás más que una leyenda triste.

Esta cuenta que, en la cercana villa de Vilémovice, existió un viudo que tenía un hijo llamado Janícek. Un tiempo después se casó con otra mujer, con la que tuvo otro vástago.

Janícek tenía la fortaleza de un roble pero su hermano pequeño no dejaba de enfermar. La madrastra de Janícek acabó odiándole por ello y pidió consejo a una vieja herborista. La mujer le dijo que si el hermano mayor moría, su pequeño hijo se pondría bien y dejaría de enfermar.

La desesperada mujer urdió entonces su plan. Una buena mañana pidió a Janícek que le acompañara a recoger bayas. Cuando estuvieron cerca del barranco le pidió que cogiera unas que se encontraban cerca del borde y le empujó. Asustada por su acto, la madrastra corrió como alma que lleva el diablo hasta el pueblo, sólo para encontrar a su hijo pequeño muerto y frío en la cuna.

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Enloquecida por la muerte de ambos niños, cogió a su criatura en brazos y fue corriendo hasta el abismo, al que se lanzó. Nunca llegó a saber que en realidad Janícek había sobrevivido. El chiquillo tuvo la suerte de caer sobre algunos de los arbustos que crecen en las paredes del abismo. Trabado en ellos, comenzó a gritar y llorar hasta que unos leñadores escucharon sus lamentos y acudieron al rescate.

Al abismo se le llamó Macocha, como deformación de la palabra checa “macecha”, que significa madrastra.

El paseo en barca y Masarykuv dóm

Masarykuv dom

Masarykuv dóm

Abandonas el abismo de Macocha por unas escaleras que vuelven a descender a las cuevas de Punkvat.

Aquí comienza la última parte de la visita, que se realiza principalmente en barca.

Con la embarcación surcamos el río subterráneo. En más de una ocasión tuvimos que tener cuidado con nuestras cabezas al pasar muy cerca del techo y la profundidad de las heladas aguas (a unos 8 grados) oscila entre los 80 cm y los 15 metros.

Esta divertida forma de ver este otro tramo de las cuevas se ve interrumpida tan sólo por un pequeño paseo a la última bóveda, y la más espectacular, Masarykuv dóm. La columna de Jan Hus preside una disposición de estalagmitas y estalactitas única en Punkvat.

Esta cámara es la última parada antes de volver a subir al bote y recorrer los pocos metros de río que restan hasta salir de nuevo al exterior.

Nuestra visita acababa con una charla con la simpática mujer que se encuentra en la tienda del complejo. Nos mostró libros con fotografías antiguas de las cuevas.

Sin duda, un lugar que no debes perderte si visitas el este de la República Checa.

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2 Comentarios
  1. Sergio Morchón 29 marzo 2016
  2. David 31 marzo 2016

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