Prostitución en Bangladesh: cuando el vendedor es la mercancía

trabajadoras sexuales Dhaka

Fotografias de actividades para trabajadoras sexuales en el SJA de Dhaka

La historia de Sonia comienza en las nubes cuando se enamora de su primo, continúa en el fango, cuando éste la vende a otro hombre por dinero, y desciende a los infiernos, cuando llega a Chittagong para ejercer la prostitución.

Sobrevivir equivale para muchas mujeres – viudas, repudiadas por el marido, vendidas o, sencillamente pobres – a tener que vender su cuerpo para poder comer y en la mayoría de los casos alimentar a sus hijos, de las que son el único sustento. El estómago que protesta no entiende de valores, moral o autoestima.

Un cliente que se quiera servir de ellas pagará de 20 a 30 takas – 20 o 30 céntimos de euro – por la carne de las más desfavorecidas, las que viven en las chabolas y los ghettos. Si opta por subir el presupuesto, a partir de 300 takas, unos 3 euros, podrá acceder a una mujer menos marcada por la miseria. Desde ahí, la cifra se eleva en proporción inversa a la edad de la mujer o adolescente y a su habilidad para venderse como producto.

Las menores de edad, en un país en que hay bodas – ilegales, eso sí – de niñas de quince años, obtienen los mejores precios, pero cuando las venden y las usan no ven el dinero. Sólo si lo gestionan ellas porque se han fugado de casa, algo llega a sus bolsillos. En los demás caso, es el protector, el chulo, el que se lleva los takas.

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Trabajadoras sexuales en el SJA de Dhaka

La mayor parte de la tajada es para gente que tiene las manos muy limpias en público. Se calcula que entre los oficiales de policía – no todos, por supuesto – de Chittagong, la segunda ciudad más grande de Bangladesh, se reparten en total 1.000.000 de takas al mes para que hagan la vista gorda.

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El dinero riega también a determinados líderes locales, funcionarios y políticos. Los propietarios de los hoteles, el lugar donde se consuma la transacción de cuerpo por dinero, son los primeros contribuyentes a esa lluvia en metálico. También son los que mejor negocio hacen. Apenas 50 takas, unos 50 céntimos de euro, es lo que se queda la mujer que aparece con el cliente. El resto va a la cuenta corriente del dueño del establecimiento.

Cuanto mayores se hacen, más huellas ha dejado su oficio en su cuerpo y más difícil les resulta ejercerlo. Entonces los precios bajan, los escrúpulos desaparecen y reaparece el fantasma del VIH y otras enfermedades de transmisión sexual por no usar preservativo. Ignorancia entre las más jóvenes que practican el coito sin condón; necesidad, hipotecando aún más la supervivencia, entre quienes les doblan la edad.

Hay una selecta minoría, porque en todas partes hay gente con mejor fortuna, incluso entre los desheredados, que tienen un elevado caché y los takas los cuentas en miles por cliente. Misma rendición del cuerpo, distinta calidad en el desempeño, y más dinero para poder mirarse al espejo.

Por muchos fajos de billetes que se consigan, no se pueden lavar todos los estigmas. Las mujeres que se dedican a la prostitución tienen que ocultarlo a sus vecinos o corren el riesgo de ser marginadas, aún más, y hasta de ser desahuciadas por sus caseros. En un país en el que los telares funcionan veinticuatro horas al día, trabajar en una fábrica textil es la coartada que usan para cubrir sus horarios y ausencias.

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Oficinas de SJA en Dhaka

Sonia se ríe y murmura algo al oido de Nipa quien comenta algo en voz alta y rompe en carcajadas, imitada por Sumi, Roksana y Lipi, mientras señalan a Sinthya. Con ojos pícaros, todas las miradas femeninas de la habitación se vuelven hacia mí. Yo no entiendo bengalí pero no hace falta que le pregunte a Hafiradi de qué están hablando y qué broma están haciendo respecto a Sinthya, la más jóven y guapa del grupo, y el extranjero que ha venido hoy de visita.

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Como me cuenta Mohammed Kamrul Islam, el responsable de esta sucursal (DIC, Drop- In Centre) de la ONG nacional, Sylhet Jubo Academy (SJA), en esta habitación, sencilla y sin muebles pero con una televisión para distraerlas, pueden sentirse seguras, pueden charlar, cotillear y sentirse sencillamente mujeres (a punto he estado de añadir “normales”). Aquí hay espacio para las bromas, aquí no son mercancía.

Es un entorno al que pueden acceder sabiendo que nadie las juzga y donde disponen de atención médica gratuita, con chequeos para detectar ETS. Se intenta ofrecerles cursos para que aprendan oficios, como coser o manejar maquinaria textil para que puedan tener una alternativa a su medio de vida.

Disponen de información sobre la prevención de enfermedades, evitar actividades de riesgo, el uso correcto del preservativo y también acceso a los mismos, sin preguntas ni vergüenza.

En el mes de enero de 2012, este DIC repartió, a 1 taka cada uno, 17.634 profilácticos. La cifra es tremendamente preocupante cuando se tiene en cuenta que cada una de estas mujeres tiene de media 150 relaciones sexuales a la semana. Aunque no hay números oficiales, ni oficiosos, sobre el número de prostitutas en Chittagong, haría falta multiplicar esa cifra al menos por 1000 para asegurarse de que todo el “comercio” sexual fuera seguro.

De lo que si que hay cifras oficiales, del Gobierno, es del número de ciudadanos seropositivos, 2.533. En un país asiático, en desarrollo, y con más de 160 millones de habitantes, ese número es acogido por el personal del DIC de Askardigi con el escepticismo del que trabaja con realidades, no con intenciones de voto.

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Clínica para trabajadoras sexuales en el SJA de Dhaka

Hace siete años que existe una oficina de una ONG en este barrio, y hace tres que SJA se mudó aquí, el octavo DIC con el que operan en Bangladesh. A los vecinos no les gusta que estén recibiendo trabajadoras sexuales – el eufemismo con que en todas partes se conoce a estas mujeres – pero el casero es un hombre que entiende la labor que SJA realiza, así que permanece firme ante las presiones y se niega a rescindirles el contrato.

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Una de las acciones que han llevado a cabo es la formación de líderes, supervisoras, conocidas como POW, Peer Outreach Workers. Son, como ellas, también mujeres de la calle y eso ayuda a generar confianza para escuchar primero y acudir al DIC después.

Con la ayuda de ONGs como SJU, después de casi 16 años como prostituta tal vez algún día Sonia no les estará mintiendo cuando les diga a sus vecinos que trabaja en una fábrica de productos textiles.

Nota: Para proteger su privacidad, se han difuminado los rostros de las mujeres y se han cambiado sus nombres.

Fotos | Avistu

Sitio Oficial | SJA

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2 Comentarios
  1. JD (@aitor_vca) 29 febrero 2012
  2. Md. Hafijur Rahman 1 marzo 2012