Primero de Mayo en Cuba

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Durante meses estuve planificando el viaje a la isla de Cuba. Primero a través de internautas que publican sus experiencias y direcciones de hospedajes, horarios de trenes y posibles formas de viaje por la isla. Luego hechos los contactos, llego a la Habana a las 6 de la mañana para apresuradamente, tomar un vuelo de cabotaje que me llevaría a las costas sobre el Atlántico, al poblado de Moa, cerca de Guantánamo.

En el aeropuerto local me esperaba la familia de la morena Niurka, desde allí comenzaría el periplo hacia la Habana. Para realizar este viaje, es necesario tener un permiso especial, donde de alguna manera, las familias que te albergan son responsables de tu estadía. La experiencia de convivir prácticamente como un cubano, daría material para un relato más extenso, de tal manera que destacaré la cultura, la amabilidad recibida.

Cuba
Por otro lado cada lugar visitado podrán observarlo en la galería de fotos. La playa de Guadalavaca es una de la mas hermosa que haya visitado, y la ciudad de Olguín, conserva todas las características de la Cuba Colonial. Esos lugares serían el primer destino a la que me trasladé en una camioneta de los años 30.

El Cartel

Llegó el día. Esa mañana me levante temprano, ya Dora había planchado cuidadosamente la remera roja diciéndome:

– Esta te la pones mañana.

Rafael preparaba mientras tanto el desayuno habitual, tortillas, jugos y café.

Sobre la mesa colocó también varias frutas frescas tropicales.

El día anterior, Roger, un paisajista de la isla, estuvo pintando el cartel que luego conocería toda Cuba. En la carpintería a la cual nos enviaron del Sindicato de la Imprenta, le colocaron el marco y una vara larga para sostenerlo y que a su vez se pudiera levanta para ser visible.

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Terminado el desayuno, cargué mi mochila, no podía dejarla en esta. Quince días llevaba acompañándome en mi periplo por isla, desde Moa y Guantánamo hacia Holguín y las playas de Guadalavaca.


A las 8 AM salimos a la calle, angosta y empedrada. Rafael con su banderita de papel. La señora mayor de la casa de enfrente también así lo hizo. A medida que caminábamos bajo los aleros de tejas coloniales, familias enteras se encaminaban al lugar pactado, chicos corriendo, gente de diversas edades, coincidían en la misma dirección, calladamente, casi somnolientos.

Caminaba la gente como si todas las calles obligaban una misma dirección peatonal, todos con su banderita de papel.

A ningún desprevenido turista le hubiera hecho falta preguntar donde era la reunión, no se hubiera perdido nunca.

Yo portaba mi cartel con cierto pudor, bocabajo.

Bárbara, la mulata de físico esbelto, bailarina del teatro lírico Prats, la noche anterior me preguntó:

– Vas a ir mañana al desfile del 1ro de Mayo?
– ¡Si! -le contesté- no me lo perdería por nada…!
– ¡Allá nos encontramos, estaré con la columna del arte!

Las angostas calles se iban llenando y finalmente desembocamos a la Plaza de la Revolución. Ya todos habían dejado atrás la modorra mañanera. Rafael, Dora y yo buscamos el sector sanidad, no fue difícil ubicar los blancos uniformes.

Detrás de enormes tractores, los cañeros. Los camiones esta vez transportaban orquestas típicas o gente bailando, Los mineros con casco y los del arte bailando coreográficamente.

Pasó un campesino mayor, humildemente trajeado, le pesaban las medallas. Orgulloso, la frente alta.
Al costado de la calle, padres con chicos en los brazo o sobre los hombros, oficiaban de espectadores

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Y comenzó la marcha. Delante nuestro la brigada de “Bici-taxis” (bicicletas que al costado tiene adosado un asiento de pasajeros sobre una tercera rueda). Hoy llevaban a la novia o esposa debajo de la colorida sombrilla.

Las orquestan marcaban diversos ritmos a sus seguidores.

Me sacudió eléctricamente tanta energía… y levanté mi cartel.

¡! ARGENTINA PRESENTE ¡!
¡! NO AL BLOQUEO ¡¡

El señor de al lado, extendió su mano y estrechamos distancias. Otros a lo lejos saludaban y celebraban el cartel. Una señora se acercó y me dio un beso, calladamente.

Nadie cuestionó que hacia allí, desfilaba el que quería, sin planillas de asistencia, sin policías. Era para ellos una verdadera fiesta. Se te pueden aflojar las piernas.

Pasamos frente al palco de autoridades y veteranos. La gente al costado participaba y saludaba calurosamente. Recorrimos el tramo final de la plaza, para ir desformando las columnas, dispersándonos por el parque.

Una señorita micrófono en mano, me llama aparte y pregunta:

– ¿Participó del desfile… que le pareció?

El camarógrafo tenía enfocada su lente fija en mí y el cartel.

Atiné a decir:
– En primer lugar, agradezco que me hayan permitido participar en esta fiesta, es una experiencia memorable… Yo vi hoy gente espontánea, trabajadores felices… cuando regrese a mi país…

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Algo recorrió mi cuerpo desde las pantorrillas hacia el pecho, sentí un estremecimiento… y las palabras quedaron en la garganta. ¡Esto de vivir la vida intensamente! Habían pasado tantas cosa fuertes esos días.
Hice tantos amigos, el viaje esplendido, me acordé de todo y todos.

Me desbordó, sentí la vida.

Artículo y fotografías de Mario Seguel

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