Postre de ciruelas en Mostar

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Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Eduardo Cortés Nigrinis.

El jueves 12 de agosto de 2004 en la mañana Antonio, el amable croata en cuya casa mi mujer, mi hija y yo habíamos pasado cinco días, nos llevó al terminal de buses de Dubrovnik pero no tuvo tiempo para tomar un café con nosotros, sin duda a causa de sus negocios.

El autobús salió a las ocho en punto y debía llegar a las once a Mostar en Bosnia Hercegovina; pero el viaje duró casi cuatro horas y media. La carretera estaba en bastante buen estado, pero los repetidos controles en las fronteras hicieron que el viaje estuviera puntuado por esperas interminables. Al cabo de una hora el autobús salió de Croacia y se internó unos pocos kilómetros en territorio bosnio; al entrar nuevamente en Croacia fuimos sometidos a un nuevo control de pasaportes; casi una hora después dejábamos de nuevo Croacia para entrar definitivamente en Bosnia-Hercegovina.

En ocasiones un policía entraba y verificaba personalmente los pasaportes, en otras el ayudante del conductor los recogía e iba a presentarlos a las autoridades y una vez un policía subió al bus a comprobar la identidad de dos jóvenes cuyo pasaporte tenía impresas en la portada una media luna y una estrella.

Al llegar a la estación de buses de Mostar dimos una vuelta por el lugar antes de decidirnos a entrar a una agencia de turismo e intentar en nuestro inglés obtener la información necesaria para encontrar un hotel. Una mujer rubia de unos treinta años nos propuso con una sequedad balcánica que tomáramos una habitación en la casa de una amiga suya; con un poco de desconfianza decidimos aceptar, entonces la mujer llamó por teléfono y nos dijo que en diez o quince minutos alguien vendría a recogernos.

En el momento indicado entró a la agencia una hermosa jovencita rubia de ojos verdes, saludó a la mujer, nos dirigió una amable sonrisa y nos pidió que la acompañáramos. Nos llevó a un parqueadero, metimos las maletas en el baúl y luego nos condujo a una casa de tres plantas en la calle Mehe Tase. Allí nos presentó a su madre quien nos propuso que eligiéramos una de las dos habitaciones del primer piso que estaban libres; le pedí a mi mujer que escogiera la que más le gustara y ella prefirió la mejor, la que tenía un balcón que daba sobre la ciudad de Mostar.

Como la habitación sólo tenía una cama doble, la madre de la preciosa rubia hizo todo lo que pudo para que nuestra hija durmiera lo mejor posible aquella noche; trajo una gran almohada, una colchoneta, una sábana y una cobija para prepararle un buen lugar donde dormir. Además, nos ofreció café turco y una bebida a base de naranjas. En su afán por hacernos sentir como en casa, la señora entraba y salía de nuestra habitación trayendo cuanto fuera necesario para nuestra comodidad sin preocuparse por llamar a la puerta.


Sobre la cama estaba colgado el retrato descolorido de un hombre de unos cuarenta años; al verlo pensé que debía ser el esposo de la señora, muerto quizás en la guerra.

Cuando hubimos terminado el espeso café y las bebidas, salimos rápidamente a visitar la ciudad pues apenas contábamos con unas cuantas horas en Mostar. Con el mapa que nos regaló la empleada de la agencia de turismo fue fácil orientarse; antes de llegar a la ciudad vieja intenté sacar dinero en un cajero automático con mi tarjeta, pero no fue posible; mi mujer probó con la suya y pudimos así obtener doscientos marcos bosnios. Con este dinero en el bolsillo nos fuimos a almorzar a un restaurante donde había algunos turistas franceses; después de ordenar debimos esperar alrededor de media hora, pero la espera valio la pena.

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Después del almuerzo entramos en la ciudad vieja. Hermosas callecitas empedradas, claras, estrechas, con casas y edificios de pocos pisos, tiendas de souvenirs por doquier, y unos metros más allá, el puente de Mostar, una verdadera joya arquitectónica construída en el siglo XVI por los otomanos, destruido el 9 de noviembre de 1993 por la artillería croata, y reconstruido entre 2002 y 2004 con los aportes de Francia, Italia y Holanda entre otros países donadores. El hermoso puente une de nuevo las dos orillas del río Neretva, pero al parecer las dos comunidades, croata y bosnia, siguen divididas; hoy la ciudad cuenta con dos ayuntamientos, dos universidades, dos equipos de fútbol, dos hospitales, dos canales de televisión, dos redes telefónicas. El esfuerzo de la comunidad internacional ha podido reconstruir un puente, pero la ruptura entre las dos comunidades demora en cicatrizar.

La ciudad vieja y el puente son tan hermosos que parecen pertenecer a otro lugar y a otra época, lejos, muy lejos del Mostar actual. Porque al salir de este sector limpio, aséptico, próspero, las secuelas de la guerra golpean la vista y producen una profunda sensación de tristeza: los buses fueron donados por el gobierno japonés, muchos edificios han sido restaurados con fondos europeos y otros conservan aún en las fachadas las marcas de los proyectiles que hicieron volar en pedazos la unidad croato-musulmana; cual espectros encargados de perpetuar el horror de la guerra y la división de la ciudad, armazones macabros que alguna vez fueron edificios se levantan aquí o allá de manera amenazante. Incluso en la casa de la hermosa rubia de ojos verdes, un balde plástico de color amarillo le recuerda cada día a la familia que la ayuda de Cáritas les fue un día necesaria para poder seguir viviendo.

A la izquierda de nuestro balcón, sobre una alta montaña se alzaba una inmensa cruz que desentonaba completamente con el paisaje. Más que una presencia tranquilizadora o armoniosa, el tamaño y la localización le daban un aspecto francamente desagradable y más bien amenazante. Después de haber dejado Mostar me enteré que esta cruz fue construída en el mismo lugar en que se encontraban las baterías croatas que destruyeron el hermoso puente otomano. La cruz está quizás allí para recordarles a los musulmanes que la ciudad fue castigada para proteger a los croatas católicos ; los bosnios musulmanes la deben mirar con desconfianza y temor, así como tal vez miren aún a sus vecinos de la otra orilla del Neretva.

Pienso que mi mujer había elegido la mejor habitación del primer piso porque, además de la imponente vista sobre la ciudad de Mostar, hasta nuestro balcón llegaba un frondoso ciruelo que nos sería muy grato en aquella tibia noche de verano. A las siete de la tarde, después de haber recorrido a pie una buena parte de la ciudad, decidimos buscar un lugar para cenar antes de regresar a la casa de la amable señora y su hija; necesitábamos un lugar cerca de la calle Mehe Tase, pues para llegar a ésta era necesario atravesar un oscuro túnel y luego subir por una estrecha calle por donde pasaban frecuentemente carros en las dos direcciones; entramos a dos o tres establecimientos en donde nos dijeron que no había nada de comer y en las terrazas de los cafés los pocos clientes se dedicaban plácidamente a beber una cerveza o a conversar tomando un café. El único lugar en donde encontramos algo comestible fue en una panadería; allí una linda joven nos vendió por unos cuantos marcos bosnios seis pastelitos de queso que comimos sentados en la verja de un parqueadero mientras observábamos a una família gitana que a su vez cenaba al aire libre y parecía estarlo pasando muy bien. No quisimos comprar nada para el postre pues sabíamos que éste nos estaba esperando en el balcón de nuestra casa en Mostar.

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Aquella noche, mientras mi mujer y mi hija dormían, yo me quedé en el balcón leyendo, escribiendo y contemplando la ciudad. A lo lejos veía uno de los edificios calcinados y en uno de los pisos superiores me pareció distinguir una luz en la oscuridad. Más que la esperanza que puede significar una luz en una noche estival, sentí miedo en aquella noche tranquila y tibia, miedo y preocupación por la persona que estaría en aquellos momentos okupando semejante lugar de muerte y desolación lleno de fantasmas.

El viernes trece nos levantamos a las siete de la mañana y después de tomar una ducha y acabar de preparar las maletas, la dueña de casa nos indicó que podíamos ir a desayunar. Entonces nos invitó a pasar por una habitación para tomar el desayuno en la terraza; al dirigirme hacia el lugar donde estaba puesta la mesa, alcancé a ver a un hombre de unos sesenta años que estaba tendido en una cama o un sofá, vestido, con el rostro cubierto con el dorso de la mano; no pude ver sus ojos verdes claros para saber si el padre de la hermosa rubia aún estaba vivo, pero tuve la impresión de que esos ojos no dormían sino que se ocultaban quizás de la mirada incómoda de los huéspedes.

El desayuno que nos había preparado la señora era bueno y copioso: huevos revueltos, pan, mantequilla, mermelada casera de ciruela y el habitual café turco, cerrero, espeso y abundante. Comimos contentos por haber pasado una agradable noche en Mostar y porque pronto continuaríamos nuestro viaje rumbo a Sarajevo.

Antes de despedirnos la dueña de casa nos propuso que nos quedáramos un día más, pero como ya teníamos los días contados antes de regresar a casa, era imposible aceptar su invitación. Tomamos nuestras maletas, nos despedimos de la señora sin poder volver a ver los hermosos ojos verdes de la niña rubia y salimos rumbo al terminal de buses.

Llegamos pronto y tuvimos tiempo para comprar billetes en el primer bus que salía para Sarajevo, a las nueve de la mañana. Ya en el autobús tuvimos que dar a entender nuestra indignación ante una mujer que ocupaba uno de nuestros puestos; afortunadamente, varios pasajeros acudieron en nuestra ayuda y la mujer debió cambiar de lugar. Uno de los hombres que había tomado nuestra defensa, antes de bajarse con su familia no lejos de Sarajevo me miró, me sonrió y me deseó feliz viaje en francés; en su mirada y en su sonrisa creí ver un agradecimiento que no iba dirigido hacia mí personalmente, sino hacia los pueblos que trataron de hacer algo para impedir que el pueblo bosnio fuera masacrado en los años noventa.

El viaje transcurrió tranquilamente; el río Neretva nos acompañó durante una parte del recorrido y cada cierto trecho debimos atravesar unos cortos túneles. Al cabo de dos horas y media llegamos a Sarajevo.

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