Picaduras en Nueva Zelanda

Son varias las diferencias que encuentras entre las islas Norte y Sur de la Tierra Media, también conocida en los Atlas como Nueva Zelanda. Las ciudades que actúan como capital y centro económico se encuentran en la Norte, las dedicadas en alma y cuerpo al deporte de aventura y el turismo rural -o selvático- en la Sur.

Ambas poseen paisajes de gran belleza y diversidad, pero quizás la isla Sur ofrece un mayor dramatismo al viajero con sus glaciares, el impresionante fiordo de Miltford Sound, los Alpes del Sur o sus paisajes de cuadro con selva tropical, ríos, montañas nevadas y arbustos de colores pardos en el mismo marco.

Contemplar tanta belleza nunca puede ser gratuito y la naturaleza nos hace pagar peaje, a su manera. La isla Sur es el hábitat natural de un minúsculo insecto, a medio camino entre mosca y mosquito, que será un dolor de cabeza – y picor de piel- constante para el viajero. Las hembras -siempre ellas, ¡hay que ver!- parecen detectar la presencia humana o animal y se lanzan sobre la piel de su presa de manera suicida. Al picarte notas un pequeño escozor, bajas la mirada al brazo o pie y allí está ese minúsculo chupa-sangre.

No os confundáis, no penséis que son como mosquitos y que no es para tanto. No es así. Es para tanto. Tú llegas a cualquier lugar, acampas o sacas tus utensilios de cocina para preparar la comida a cielo abierto; esperas entre 2 y 3 minutos y ya notarás los pequeños pinchazos de estas moscas en tu piel. Pero no uno ni dos. Una noche de insomnio -debido al picor- dediqué 10 minutos a contarme todas las picaduras que tenía: 43…sólo en el pie derecho.

Intentamos ahuyentarlas con todo tipo de repelentes, pero fue inútil. Llegó un punto en el que cada uno de nosotros sabíamos nuestro papel en la particular operación militar diaria de Montada de Tienda de Campaña. Salíamos del coche a la carrera, con todo el cuerpo cubierto, poníamos la tienda en cero coma algo milisegundos -sabiendo que cada centésima contaba- y cerrábamos la cremallera a cal y canto. Cualquier cosa que quedaba fuera – bolsas de aseo, chanclas…-era abandonada a su suerte.

La sensación de escozor y picor dura unos días y es vital que os llevéis cremas o sprays que puedan aliviarlos.

Un día paramos a explorar una catarata -muy cerca de la carretera que llevaba a Christchurch- y nos sorprendimos al ver que había un poste de madera con un cartel que contaba la leyenda del origen de nuestras queridas compañeras de viaje. Según los maoríes, era tal la belleza de sus tierras, que los dioses mandaron estas moscas cojoneras para que las gentes no se quedaran embobados observando los paisajes por una eternidad.

Ya se les podía haber ocurrido otra cosa a estos campeones, pero bueno, es parte de las cosas que tienes que vivir en un viaje como éste. Así que, si vas a Nueva Zelanda, córtate las uñas porque te tocará rascarte como un loco.

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Una respuesta
  1. any maria 31 marzo 2012