Oda (o post) a Venecia

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Pequeño homenaje al poema Oda a Venecia ante el mar de los teatros de Pere Gimferrer.

Visitar Venecia por primera vez da un cierto respeto y puede que escribir sobre ella -tras tanta literatura vertida sobre sus canales- todavía más.

Al llegar a Venecia tuve una sensación parecida al visitar la sagrada Jerusalén o santuarios del testimonio humano como Macchu Picchu, Angkor Wat o Petra. Tantas son las páginas vertidas en la literatura occidental sobre Venecia que fácilmente me olvidé de las copas que me había tomado el día anterior y me dispuse a realizar una jornada maratoniana para visitar lo mejor de Venecia en un día.

Desembarqué del crucero Costa Favolosa en el puerto de Venecia tras la espectacular inauguración del barco en Trieste el día anterior. Tras salir del barco encontramos las taquillas para adquirir los billetes para llegar al centro de Venecia en barco. La compañía se llama Alilaguna y un billete de ida desde el puerto hasta la plaza San Marco sale por 7 euros la ida y sus salidas son frecuentes.

Plaza de San Marco Venecia

Plaza de San Marco, Venecia

Sin desplazarse por el centro, el bote nos dejó en el muelle de la plaza de San Marco en menos de 20 minutos y una vocecita en mi cabeza empezó a entonar los primeros versos de la Oda a Venecia ante el mar de los teatros de Pere Gimferrer. Aunque sólo era capaz de recordar los primeros y últimos versos, la poesía de Gimferrer ya no me abandonaría durante mi recorrido por las calles y canales de Venecia.

Andaba con la maleta a cuestas y mi primera misión era encontrar un lugar donde abandonarla hasta las 9 de la noche. Disponía de 11 horas para disfrutar de la ciudad de los canales y debía hacerlo con holgura. Iba bien acompañado con Pilar Carrizosa y gracias a sus repetidas visitas a Venecia en épocas de carnavales no le faltaban contactos hoteleros así que no tuvimos problemas en dejar la maleta en un hotel céntrico.

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Basílica de San Marco

La Plaza de San Marco

La plaza de San Marco fue el primer lugar turístico que visité y me puse el chip de “vas a ver una de las plazas más famosas del mundo” así que traté de mirar al suelo antes de encontrarme de pleno en la plaza. Cuando los abrí tenía la Basílica de San Marco ante mi ondeando sus banderas y el Palacio Ducal. Nuevamente venían a la memoria los versos del genial Gimferrer. Las piedras vivas hablan de un recuerdo presente. Giré y disfruté de la armonía visual que ofrecen los edificios que circundan esta enorme plaza sobre una ciudad sin tierra. Me sobraron las palomas y los andamios que entorpecían la visión completa de la plaza en toda su extensión. Paseamos bajo los soportales evitando los cafés a 5 o más euros aunque no pudimos evitar una pequeña visita al famoso café Florian inmortalizado en varias películas ambientadas en Venecia.

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Encontré una enorme cola para visitar la Basílica de San Marco y lo dejé para más adelante. Decisión que más tarde me arrepentí porque Venecia iba a dar mucho más de sí y no me dio tiempo a visitar el interior de la basílica finalmente.

Paseamos por el cercano Puente de los Suspiros. Su nombre y origen emotiva más que su propia arquitectura. Tiene su origen en los suspiros de desespero que emitían los presos que cruzaban el puente antes de ser ejecutados.

El puente de Rialto

venecia_callesLas calles de Venecia están bien indicadas. Saliendo de la plaza de San Marco nos dirigimos hacia el famoso puente de Rialto y encontramos múltiples señales que nos facilitaron la llegada a uno de los puentes más emblemáticos de Venecia. El puente de Rialto fue construido en las últimas décadas del siglo XVI y es uno de los tres grandes puentes que cruzan el Gran Canal de Venecia. Es el más antiguo de la ciudad y probablemente el más fotogénico con su habitual atasco de gondoleros, barcos y vaporetas.

Junto al puente encontraréis una parada de vaporetas, multitud de terrazas para tomar un café y un mercado al otro lado del puente donde podéis hacer vuestras compras de viaje ya entrando en el barrio de San Polo.

El barrio de San Polo

Me despedí de mis compañeros de crucero en la misma parada de vaporetas. Ellos partían hacia España mientras que a mi me quedaban todavía 10 horas para tomar mi vuelo. Los versos de Gimferrer volvían a mi mente. Ronda de jinetes que disuelve un espejo. Venecia es extraña cuando andas por sus canales a solas. He encontrado más asilo vagando solo en un mercado, en un autocar en China, con maoístas nepalíes apuntando con un fusil en mi pecho o en la cima más solitaria del mundo. Los canales de Venecia con sus góndolas no son buenos compañeros para un viajero solitario. Gimferrer seguía acompañándome mientras me internaba por el barrio de San Polo: ¿Y cómo pudo ser tan hermoso y tan triste? Me introducía en un papel que no creía pero emergía mi vena romántica y literaria para empaparme de una Venecia vivida en los claustros de la vieja universidad de Barcelona.

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venecia_gondola

Seguí San Polo en dirección a la estación de tren en Cannaregio. Durante el camino contemplé varias iglesias y el gran Casino donde uno solo puede acceder remando el Gran Canal. Apenas encontré vida humana alejada del turismo. Una familia en lancha me sorprendió y me despertó del letargo romántico que la belleza, la armonía de Venecia y el poema de Gimferrer de fondo me habían abducido. Un hombre sin camiseta pilotaba una lancha junto a su mujer y su hijo. Los turistas apuntaban con sus cámaras a la estampa y el hombre los espetó con un solemne “Porco Dio!”. Los maniquíes lo encontraron gracioso y la realidad chocó de bruces con la ficción del turismo. El hombre apretó gas y la vida real en Venecia se esfumó entre los pequeños canales de San Polo.

El barrio de Cannaregio

venecia_canalLlegué a la estación de trenes. Me quedaban todavía 7 horas deambulando por Venecia. Demasiado. Y Gimferrer seguía repicando en mis timpanos. Violín que parte en dos el aire de una noche de estío cuando el mundo no puede soportar su ansiedad de ser bello. Me interné en la estación y me dirigí a la oficina de turismo. Eché primero una ojeada al horario de trenes y pregunté en la oficina qué destino cercano a Venecia me recomendaban para pasar un par de horas. La chica no entendió qué el pasado se afirmaba en mí a esta hora incierta. Tal y como había visto en los horarios -ciudades cercanas cuyos trenes partían en breve- le hablé de Bologna, de Treviso pero ella no pareció inmutarse y me indicó que para pasar solamente un par de horas en esas ciudades no merecía la pena el trayecto. Presentí que el destino me mandaba permanecer en Venecia. Recorrer sus calles y canales durante horas interminables, palpando esa perfección lejana, inhumana que solo podría darle el mérito de ser el lugar más bonito del mundo si me hubiera encontrado al menos con una mujer por la calle vendiendo sus carnes o unos niños saliendo del colegio. Mi destino parecía anunciarme que sería aquel que allá en Venecia de belleza murió.

El barrio de Santa Croce y Dorsoduro

iglesia_venecia

De Cannaregio me interné en Santa Croce por la plaza de Roma. Respirar vida humana alejada de la escena principal de la ficción me relajó. Cafés, trattorias e italianos nativos con su trabajo a cuestas figuraban en la escena pretendiendo ocultar la realidad de Venecia que nos inculcaron desde niños. Seguí mis pasos por el barrio de Dorsoduro hasta llegar a la punta final de esta pequeña península rubricada con la figura de la iglesia de Santa María de la Salud. Descansé sobre sus peldaños admirando Il Campanile y la plaza de San Marco que volvían a albirarse al otro lado del Gran Canal.

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Retomé mis pasos y crucé el puente de la Academia para volver a San Marco. Seguí el curso del Gran Canal y me sorprendí al encontrar vida junto al mármol en la Dogana como observaba Pound. Vida real en el corazón del escenario en forma de supermercado con verduras, carritos e italianos de carne y hueso haciendo sus compras diarias. Fue un aire fresco en mi periplo por Venecia y aproveché el esquinazo a los versos de Gimferrer para hacer mis compras: un buen salami, pasta Barilla de imposible geometría y un buen pedazo de parmesano.

venecia_lancha

Familia en lancha: uno de los pocos rastros de vida que encontré en Venecia

Pasé por Santa María de Giglio, por estrechos canales, visité la iglesia de San Mauricio, el teatro de la Fenice, la Biennale de Venecia hasta llegar nuevamente a la plaza de San Marco donde la Basílica volvía a saludarme con su milenaria existencia y los restos de San Marcos en su regazo. Me recibía con las puertas cerradas a cal y canto y mi cuerpo y los versos de Gimferrer me pidieron un Lloré, lloré, lloré. ¿Y cómo pudo ser tan hermoso y tan triste? Cerraban a las 5 y ya no había vuelta atrás.

Recogí la maleta en el hotel y me dirigí a la estación de vaporetas de San Marco. 5 euros y medio más 5 euros más me llevaron al aeropuerto en un viaje de barco y autobús respectivamente de algo más de hora y media. Un bote me hizo revivir nuevamente el pulso de Venecia por el Gran Canal revisitando sus lugares más emblemáticos hasta llegar a la plaza de Roma. De ahí tomé un autobús que me llevó directo al aeropuerto donde un avión terminaba con el sueño, con el letargo que los versos de Gimferrer y Venecia me habían sometido.

Los motores arrancaron a medianoche y dejamos
atrás la Venecia en que todos
para nuestro castigo fuimos adolescentes
y perseguirnos hoy por las salas vacías
en ronda de jinetes que disuelve un espejo
negando, con su doble, la realidad de este
post.

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8 Comentarios
  1. somosviajeros 20 julio 2011
  2. Sergi Tortell Turon 20 julio 2011
  3. Rafa Pérez 20 julio 2011
  4. JD (@aitor_vca) 20 julio 2011
  5. Quique 20 julio 2011
  6. El Boquerón Viajero 21 julio 2011
  7. Quique 21 julio 2011
  8. Gaby 21 abril 2013