Nueva Zelanda: Trekking en Glenorchy (2)

La lluvia ya remitía mientras los 3 concentrábamos nuestra mirada sobre el plano que nos había guiado hasta el lugar donde pasamos la peor noche del viaje hasta el momento.

Ya que, debido a la exagerada crecida del río, no podíamos volver por el mismo lugar que habíamos venido el día anterior, decidimos dar un rodeo que nos llevaría por sobre la cima de una de las colinas que nos rodeaban, hasta un refugio donde poder descansar, secar nuestros sacos, ropas -las que llevábamos puestas y las de la mochila- y cocinar algo caliente que pudiera reconfortarnos un poco.

Comenzamos a caminar como almas en pena, con los pies húmedos y después de pasar la noche en blanco. Lo que el día anterior había sido una conversación llena de risas y buenos augurios se transformó en pasos taciturnos con rápidas miradas al cielo para ver cómo evolucionaba la meteorología. Paramos al cobijo de unos árboles a tomar unas piezas de fruta y unas galletas de chocolate a modo de desayuno para recuperar algo de fuerzas. Los paisajes seguían siendo bellos, pero los veíamos con distintos ojos.

Llegamos al refugio tras tan sólo 4 horas de caminata. Allí nos encontramos con unas 15 personas que habían corrido una suerte parecida a la nuestra, aunque todos estaban mejor preparados que nosotros para las inclemencias del tiempo. Colgamos los sacos desplegados en el porche para quitarles el olor a humedad y comimos un arroz con verduras mientras conversábamos con nuestros compañeros por un día. Comenzó a llover fuerte de nuevo y llevábamos 2 días sin dormir, así que decidimos no reemprender la marcha hasta la mañana siguiente. Fue una noche agradable en la que compartimos buenas historias de viaje disfrutando de una bebida caliente al lado del fuego, una combinación que nunca falla cuando se trata de alegrarte el corazón.

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Al día siguiente un sol radiante nos saludaba y nos señalaba el largo camino que debíamos recorrer para llegar a hacer noche en otro de los refugios. Ya mucho más alegres, recorrimos los valles verdes con las montañas nevadas al fondo. Era el típico paisaje que dibujamos cuando somos pequeños en las clases de dibujo: montañas, el Sol, unos pájaros, un río, el prado verde y unos árboles. Todo en el mismo marco.

Óscar nos comentaba las particularidades de los diferentes tipos de plantas que él -hasta el momento- sólo había conocido por los libros de la facultad, y que contemplaba por primera vez. En cuanto a animales, sólo vimos un par de ciervos en la primera jornada de trekking. No había nadie más cerca, nos quedamos contemplándolos unos segundos, pero al mínimo intento de acercamiento, salieron corriendo y brincando con su natural elegancia.

Cuando llegamos al último refugio habíamos consumido casi todas las provisiones que habíamos traído al trekking. No habíamos calculado los imprevistos que pasamos y acabamos compartiendo un poco de arroz que nos cocinamos en la cabaña del guarda neozelandés -este refugio carecía de cocina- mezclado con atún. No fue aquéllo lo único que tuvimos que compartir esa noche. El lugar era pequeño y no había ni una cama libre, así que pusieron un colchón en el suelo y nos jugamos quién dormía en él. Rober roncaba ya con su saco en el duro suelo mientras Óscar y yo manteníamos el equilibrio en el colchón individual. Al final todos al suelo, con la espalda bien estiradita, claro que sí.

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La última mañana debíamos caminar unas 4 horitas hasta llegar a la zona de aparcamientos de la que salimos hacía 4 días. Habíamos disfrutado de una aventura que no habría sido lo mismo sin ese temporal que siempre recordaríamos. Sin embargo, nuestras ojeras, barbas y escasas fuerzas -nos quedaba galleta y media a cada uno para esa jornada-, nos hacían parecer Frodo, Sam y Gollum recorriendo Mordor. Pasamos por una bella catarata de caudal estrecho que parecía salir de la nada y al poco llegábamos a nuestra meta. Nos quitamos unas botas que nunca volvieron a ser las mismas y unos calcetines que simplemente acabaron en el bote de basura más cercano. Condujimos hasta un camping cercano donde lavamos nuestras ropas, las centrifugamos y pusimos rumbo a nuestra próxima aventura neozelandesa.

Explorando Glenorchy perdimos nuestra tienda de campaña, unos pares de calcetines y varios kilos de peso, pero ganamos una increíble sensación de libertad, disfrutamos de la grandiosidad de la naturaleza y pasamos una aventura que siempre recordaríamos. Sin duda, debéis pasaros por allí.

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