Nueva Zelanda (2): Rotorua y las cuevas de Waitomo

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Salimos de Auckland en nuestro querido Toyota Corolla de alquiler que nada tenía que ver con el aquel Celica de Carlos Sainz que vi en mi mente cuando el comercial hindú me mencionó el modelo del vehículo que íbamos a alquilar. Nunca fui bueno en esto del mundillo del motor- . Nos llevó unas 3 horas y media el cubrir los 235 kms que separan Auckland de la pequeña ciudad de Rotorua. Esta población es famosa por su actividad geotérmica y merece la pena visitar el pequeño parque situado casi en el centro de la ciudad, donde encontrarás geysers naturales y pequeñas pozas con barro hirviendo, todo ello aderezado con un intenso olor sulfuroso que impregna casi todas las calles.

Esa noche la pasamos acampados a las afueras de la ciudad, en un bonito camping situado a orillas del lago Rotorua. El lugar era idílico, de una quietud abrumadora. A la mañana siguiente madrugamos, nos pegamos un baño en las aguas heladas del lago y pusimos rumbo a las cuevas de Waitomo. Como apunte, deciros que en Nueva Zelanda se conduce por el otro lado, como en Inglaterra o Irlanda y recordad también que debéis sacaros el carnet de conducir internacional si queréis conducir por estos lares. Yo lo tramité poco antes de comenzar el viaje y me costó unos 9 euros.

Waitomo está a unos 150 kilómetros al oeste de Rotorua y, aunque nos alejaba de nuestra dirección Sur que queríamos mantener para llegar a Taupo y, finalmente, cruzar a la isla Sur, nos lo habían recomendado y además, no teníamos prisa. Fue un acierto.

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Llegamos justo a tiempo para dejar las cosas en un mix entre hostel y camping bastante moderno y con buenas instalaciones, y partir hacia las famosas cuevas donde se encuentra una especie de luciérnaga a las que llaman glow-worms. Nos apuntamos con un grupo y nos dieron un traje de neopreno, casco minero con linterna y un neumático negro como los que te dan en las atracciones de los parques acuáticos que vas bajando rápidos. Así ataviados, nos tiramos una hora y pico explorando los diferentes pasadizos inundados de agua que te internaban en las profundidades de la cueva. El techo del último de los túneles se encontraba totalmente plagado de estos glow-worms que conseguían que pareciera una bóveda estrellada. Los bichos en cuestión utilizan su luminiscencia para 2 cosas tan antiguas como la vida misma: para atraer a pequeños insectos que quedan atrapados en un pequeño hilo pegajoso que segregan; y para atraer a las hembras con las que se aparearán. Vamos, comer y conseguir sexo, pues eso: muy básicos.

En la mañana siguiente a la experiencia en las cuevas, nos aventuramos por la zona boscosa de los alrededores y tuvimos nuestro primer contacto con los helechos arborescentes. No tenían nada que ver con los helechos que a veces había contemplado por Europa. Eran gigantes de 2 y 3 metros que más bien parecían palmeras tropicales. Fue un lujo tener a nuestro amigo Óscar con nosotros, un casibiólogo de carrera pero un Félix Rodríguez de la Fuente II de corazón y conocimientos de la naturaleza. Él nos iba explicandotodo lo que sabía sobre ese tipo de ecosistema y disfrutó como un enano del paseo-trekking.

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Atardecía ya cuando seguimos rumbo sur, hacia Taupo.

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