Mercadillos navideños en Bruselas

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Una visita a Centroeuropa en Diciembre no está completa si no se hace un recorrido por los mercadillos navideños. El formato, importado a otros países del continente, es básicamente el mismo: pequeñas cabañas prefabricadas de madera, con una decoración en la que predominan los colores verde y rojo, ocultan en su interior puestos de venta de todo tipo de artículos típicos de la zona o de la época o, remotamente relacionados con la misma.

tiovivoEn el caso de Bruselas, visité dos muy próximos entre sí. El primero, más pequeño, estaba situado casualmente en la plaza de la Iglesia de Ste-Catherine, al otro lado de la calle en la que había comido pescado el viernes al mediodía. En frente del edificio religioso había varios puestos pero la principal atracción era un curioso tiovivo, totalmente surrealista.

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En lugar de los tradicionales caballitos y columpios, las figuras a las que trepar y sentarse parecían salidos de la imaginación del genial Dalí, tanto por el diseño como por los colores y acabados: un dragón con el que emular a Atreyu, un camaleón con una esfera-cabina en la espalda, una locomotora de vapor nada convencional, un caballito pero de mar, un pez con aletas móviles a modo de alas, un globo aerostático con un pez globo, la figura de un minero a la que trepar a sus espaldas, un barco de pesca, un avestruz, un unicornio…

En perpendicular a la plaza que he comentado antes, y a la altura de la iglesia, había otro mercadillo bastante más grande, ocupando casi toda la explanada delimitada por la Quai aux Briques y la Brandhoutkaais. Incluía una pista de patinaje sobre hielo y una colosal noria, amén de todos los puestos imaginables de frittes, waffles, pan, miel, queso, jamón, vino especiado (con ron o Cointreau, si apetece), gorros de Papa Noel, pequeños dinosaurios de madera para los niños, ginebra para los adultos (aunque comparte el nombre con la que todos conocemos, y que las jubiladas británicas mezclan con tónica, en realidad se parece a un licor bastante más suave) …e incluso un remolque llamado “Los Churros” y en los que un chino vendía el hispano producto.

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Y lo reconocemos, en Bélgica en general se come muy bien.

De vuelta al hotel, casi de casualidad tropecé con la iglesia en que se encuentra enterrado el poeta J.B. Rosseau (no confundir con el filósofo J.J. Rosseau, como estupendamente hice yo) y muy cerca de ella está una tienda de Pierre Marcolini, los que me juran son, probablemente, los mejores chocolates belgas.

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