Meli, miel, Malta

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Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Sofisma.

¡Goooooooooooooool! Las terrazas veraniegas, infestadas de inmigrantes de origen, raíces o sentimiento hispánico vitoreaban el triunfo futbolístico español, hermanados con los nativos isleños que, tras un cuarto de siglo, habían transformado en admiración deportiva las rencillas nacidas del doce a uno en el mítico España-Malta.

En la noche del 29 de junio de 2008, mientras los alemanes lloraban la Eurocopa, el aeropuerto de Luqa, a apenas ocho kilómetros de la capital maltesa, aglutinaba a multitud de representantes escolares, familiares por reencontrarse, amigos por conocer. Los cárteles eran el estandarte de una búsqueda de rostros, anonadados por un paisaje embelesador, contemplado desde el cielo cinco minutos antes de desembarcar.

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.Dos sentimientos encontrados: triunfo y expectación, celebrados en espacios hermanos: el aeropuerto y las terrazas, con sus espectadores, su bullicio, su calor, su irrupción en un paisaje distinto, ensaladera de tres sabores complementarios: Italia, mediterráneo y una pizca arábiga.

En espera del orgasmo que extasía, el sudor se adueño de mi cuerpo, el calor violó mi energía y tras el escuálido taxista me fundí con la noche maltesa, con las pasarelas terracota, las calles estrechas evocando el medievo occidental, los edificios que se habían escapado de la mano de algún dibujante infantil, formas simples y frágiles, despojadas de colores. El mar había robado todos los pigmentos, incluso en el vaho de la noche, el mar era protagonista, color. Las fachadas eran la prolongación de una tierra anaranjada, la erección de una antorcha, a modo de luminarias que invitan a la calma.

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Dejé atrás el aeropuerto, avancé hacia el norte, acercándome a Valeta, el corazón administrativo y gubernamental de Malta hasta darle finalmente la espalda, para irrumpir en Sliema, candidez sin reloj, como la mejor de las infancias.

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.Mi entrada en el apartamento alquilado fue un ritual, recorriendo la amplitud de sus estancias y exhalando el aire de la libertad en la inexcusable terraza.

Cielo estrellado, nostalgia por no poder compartir ese momento y comienzo de historias oníricas al más puro estilo de la princesa Sherezade.

Poco tardarían los perfumes salados y terrosos del mediterráneo, en reclamar la dulzura de los ojos claros y la piel achocolatada de sus habitantes. Gente que se movía con total despreocupación, enfundada en sus ropas de algodón, en su frescura, en su belleza griega. Me gustaba contemplar, con mi plato de exquisita pasta maltesa, en lugar del típico plato de conejo, las piscinas de roca natural que se formaban bajo el “Surfside”, aquel restaurante situado sobre las planchas de piedra que sustituían a la arena de las playas españolas. A pesar de mi frustración al constatar la existencia de dos únicas playas de arena, y por si fuera poco, de arena artificial, la comodidad de no sacudir la toalla, el tacto suave e inofensivo de la piedra alisada por el agua salada cambiaron mi perspectiva.

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.Los días de diario se convirtieron en tiempo para aprender un inglés contaminado del acento local, y mis noches una aventura entre bingos, cachimbas de sabores, cócteles y abonos dos por uno en las discotecas de Pacevile, en la ciudad contigua a Sliema. Y en necesidad de compartir ese desfile imparable de sonrisas de un blanco exquisito, repartiendo vales de dos por uno, saciando la abrumadora atmósfera dionisíaca, me topé con su mirada. Sus ojos cambiaban su brillo, tal como cambiaba de color las aguas del inolvidable Blue Grotto. Situado al sur de la isla, este fue el comienzo de un itinerario que pasaría por la paralizante Medina, su silencio sólo quebrado por un beso, nuestro beso.

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Con él, me encaminé hacia la parte más septentrional, crucé en ferry a Gozo, y en consonancia con el lugar, gocé de una amable ruta, vendida por un grupo en competencia de malteses dedicados al exquisito oficio de guías. Vimos ciudades amuralladas, tierras despobladas, iglesias y estandartes religiosos integrados en el paisaje. Paseamos nuestra pasión, sólo enfriada por la infinita variedad de helados, los chupitos de vodka en las noches, los ventiladores, el agua salpicada desde el barco emulando una fragata de corsarios en el atardecer dorado, donde todos celebrábamos nuestra vida en una eternidad de placer al ritmo de Yves Larock o simplemente del mar…

Pero, el 20 de junio, mordimos la manzana y el calendario, el reloj y los kilómetros se vengaron de ese edén… Él se convirtió en recurrente sueño, y Malta, bautizada por los griegos como “meli” o “tierra de miel”, se convirtió en nana…

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