Colombia y el paquete misterioso

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Me dirigía rumbo Amazonas y tocaba pasar por Colombia. No hacía mucho que había dejado atrás los paisajes andinos, por lo que la jungla se presentaba espesa y diferente.

Llegué a esta curiosa encrucijada que forman Santa Rosa, Leticia y Tabatinga, pequeñas localidades que forman una triple frontera encargada de separar Perú, Colombia y Brasil respectivamente.

Tras despedirme de Perú, una vieja canoa me transportó hasta Leticia, lugar en el que me hospedaría hasta que zarpara mi embarcación desde Tabatinga, destino Manaus, en pleno corazón de la selva amazónica.

Me encontraba en la terraza de un humilde bar disfrutando de una botella de vino y repasando mi guía de viajes cuando llegó Jorge y se sentó a mi lado. “Qué tal Sergio, ¡bonita noche!”, me dijo mientras se agenciaba una silla y le pedía un vaso al camarero. “Qué pasa Jorge, ¿qué te cuentas?“, le respondí sin mucho interés. Jorge era un colombiano que había conocido en el hotel donde me hospedaba. Se conocía Leticia y la jungla que la rodeaba como la palma de su mano, o al menos eso decía. Llegó el camarero con un vaso para Jorge, quien sin preguntar tomó la botella de tinto y se preparó un trago. “¿Así que te diriges a Manaus?” preguntó, “Sí, pasado mañana saldré desde Tabatinga a bordo del Fernández III. Por cierto, ¿tú no conocerás a nadie que me pueda llevar hasta el muelle? Llevaré la mochila a la espalda, pero imagino que una moto será más que suficiente“, – de Colombia a Brasil se llegaba por carretera. “No te preocupes, déjalo de en mis manos”. Respuesta habitual de Jorge, uno de esos tipos sin un oficio concreto que simplemente se dedican a conseguir cosas para otros, llamémosle un “conseguidor de cosas“.

“¿Me decías ayer que ya llevas 10 meses viajando?”, comentó Jorge mientras se llenaba su segundo vaso con mi botella de vino.”Efectivamente“, respondí, “dentro de dos meses me espera un avión en Río de Janeiro que me llevará de regreso a Europa“.”¿Y cómo andas de plata?” preguntó.”Pues imagínatelo, con un presupuesto limitado para cubrir los alojamientos, un par de comidas diarias y un poco de vino para los amigos” le contesté avispadamente mientras observaba como el muy campeón se preparaba su tercer trago.

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Entonces fue cuando Jorge, sin inmutarse lo más mínimo, me dijo: “Sergio, ¿te gustaría ganarte 3,000 dólares americanos?” Aparté los ojos de mi Lonely Planet y le miré fijamente. De repente, el rostro sonriente y dicharachero de Jorge había cambiado para convertirse en el de alguien que se está poniendo en riesgo y que con la mirada te está diciendo que no se anda con tonterías. Mi respuesta instintiva fue: “¿Cómo?”, no lo pude evitar, pese a que mi subconsciente se imaginaba la respuesta mi naturaleza necesitaba preguntarlo. “Deberás llevar a Manaus un paquete que te entregaré mañana. 1.500 dólares caerán en tu bolsillo, el resto lo recibirás cunado entregues el paquete“. En silencio nos miramos a los ojos durante unos cinco segundos que parecieron cinco horas. Finalmente mi respuesta fue un “no, gracias“. Jorge se levantó de la mesa, me deseó buen viaje y nunca más lo volví a ver.

Aquella noche no pude pegar ojo. No dejaba de darle vueltas a lo sucedido. El calor y el ruido del ventilador se encargaban del resto. Llegó la mañana y un motociclista me esperaba en recepción para desplazarme hasta el muelle de Tabatinga, gentileza de Jorge, por supuesto. Llegué a la embarcación y rápidamente cambié el chip, había que mejorar ese portugués a marchas forzadas. Preparé mi hamaca y me tumbé en ella dispuesto a disfrutar de mi viaje por el río Amazonas. Durante cuatro días el Fernández III se convertiría en mi nuevo hogar. Aquella noche no me costó dormir. Una manta de estrellas cubría el cielo amazónico y una suave brisa refrescaba mi piel.

De repente, algo muy extraño sucedió. Recuerdo el sonido de las sirenas y las luces de las alborotadas linternas como si fuera hoy. Nuestro barco se había detenido, la policía brasileña había subido a bordo. Buscaban algo, y sabían exactamente lo que era. Medio dormido vi cómo tres hombres se dirigían hacia mí. Seguí como pude sus instrucciones, hablaban en portugués. Las linternas enfocaban mi mochila y me hicieron vaciarla. Removieron entre mi ropa y mis papeles, pero no encontraron lo que andaban buscando. A los cinco minutos se habían marchado, y yo ya no volví a conciliar el sueño.

Durante el resto de la noche mi mente no pude dejar de pensar en Jorge y en aquel paquete misterioso. Era evidente que, aunque la policía brasileña se había marchado con las manos vacías, el señuelo había funcionado.

La pregunta que me hice después fue: ¿había recibido la policia brasileña un chivatazo? ¿pasó otro paquete más grande por otro lado mientras la policía se entretenía en nuestro barco? ¿qué habría pasado si, necesitado de dinero, hubiera dicho que sí? afortunadamente nunca conoceremos la respuesta pero, ¿tú que opinas?

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5 Comentarios
  1. Nuria 20 junio 2008
  2. RLM 3 octubre 2008
  3. Anonymous 3 octubre 2008
  4. Turov 8 enero 2010
  5. Adalberto 21 abril 2011