Masterdam


Artículo participante en el concurso de relatos Viajablog.
Escrito por Gustavo Javier Guaglianone.

¡OK! La primera vez que lo cruzamos fuimos dos presas más para él. Dos de esas interesantes, por lo de turistas indefinibles que teníamos. Él era bajo y demasiado inglés. Demasiado porque su acento venía acompañado de una pausa deductiva. Esa sonrisa de: “te estoy sacando la ficha, pero de gentleman“. Y nosotros éramos dos indios altos europeizados al mejor estilo azar. Uno, pelo largo con mechas rojas, el otro rapado. Uno con chaqueta de cuero corte serie policial belga y botitas all star con punta muy blanca, el otro con el combo camperita: rompevientos – sobre – jean – sobre – polar, y borceguíes de cordones rojos.

El inglés llevaba la mochila del turista con sus respectivos pins y biromes. Nosotros llevábamos las manos en los bolsillos. Eso sí, la cara de fascinación en la vidriera del smart shop holandés era nuestra. Hongos, éxtasis natural, cocaína vegetal, oxígeno puro, falsos y perfectos frascos con meo para análisis; todo legal, todo con su packaging, todo fantástico. Ideal para llenar una mochila.

El inglés se nos acercó contándonos que había vuelto a devolver unos hongos, que su novia no se sentía bien, que los regalaba, o mejor dicho, los dejaba a la mitad de precio. Nosotros le seguimos la corriente, pero a un tercio del valor de los hongos. Esa fue la manera más elegante de sacarnos de encima al inglés, por una suma que no afectaba a nuestra paridad menemista del 2000.

Estar un mes de turista en Ámsterdam es raro, pagar un mes de hotel es caro. La marihuana es demasiado legal y demasiado rica. Parábamos en el Lavalle de Amsterdam, en un hostal Irlandés rodeado por negocios turcos. Coffee Shops turcos. Falaffel turcos. Pizza por turcos. Almacenes turcos. Gift Shops turcos. Bien Lavalle, bien peatonal de neón. No tardamos en crear nuestra tradición amsterdamiana: desayuno en el coffee shop de enfrente, pool en el de al lado, agarrar las bicicletas alquiladas y a jugar por las calles de Amsterdam hechas para jugar.

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Al inglés lo volvimos a cruzar en el coffee shop de enfrente. Estábamos desayunando y conversando con los encargados: dos hermanos turcos y el senegalés. Todas nuestras charlas incluían alguno que otro: -Argentino mafiosi –soltado más a menudo por el menor de los turcos. Tal vez este grito fue el que atrajo al inglés, quien abandonó otro de sus sets de turistas alegres, para sentarse en la mesa con nosotros. Preguntó una vez sola por los hongos y nuestra respuesta de satisfacción fue tan falsa como cortés. Parece que a los ingleses les gusta eso.

Ya el inglés no trabajaba de turista con nosotros, ni nosotros tratábamos de huirle. Lo veíamos hablar con los turcos del coffee shop y escuchábamos a los turcos hablar de él. El inglés había pintado el salón del subsuelo del lugar. Ahora ganaba unos guildens armando porros para turistas novatos. Mientras armaba indistintamente con marihuana o hash nos decía, más para no aburrirse que para informar: -Los armados siempre llevan más tabaco del que necesitan. Los turcos eran muy turcos como para asentir con la cabeza y preferían pagar nuestro silencio con un café – invitación.

El mes en Amsterdam no sólo trajo descompensaciones alimenticias. Es decir, del desayuno a la primera comida podían pasar doce horas, o si se quiere, cinco clases de marihuana con sus distintos rituales. Un mes en Amsterdam trajo más dudas para la gente que nos rodeaba que para nosotros. Las primeras tres veces que te ven, sos turista. A la quinta, sos uno que se colgó. A la séptima, estás al pedo. Si se cumple la docena de veces que te ven: Atención. Dos Argentinos que viven en un hotelucho, fuman, desayunan, juegan al pool, andan en bici y parecen muy felices, es igual a: trajeron un kilo de merca. Ese fue el esquema de pensamiento de los turcos del coffee shop y de todos los pequeños dealers del Amsterdam ilegal que paraban en las cercanías de Lavalle.

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-¡Ok! Si trajeron un kilo, pueden traer otro para mí -pensó el turco menor, agregando un: –Good business!

No pusimos cara de sorpresa. No pusimos cara de terror. No pusimos ninguna cara. Sólo pensamos en el grito: Argentino mafiosi, y nuestro silencio se ganó un respeto extra. Nos movimos una semana con ese respeto mientras seguíamos nuestra vida normal, que para quemazón de cabeza de los turcos y del senegalés, incluía un terrible afán por sacar fotos de todo. El revelado en Ámsterdam no era caro y el resultado, buenísimo. Revelábamos y les mostrábamos las fotos de otros puntos del Eurotour 2000. Objetivo: ganar su confianza. Resultado: nos arrebataron una cámara después de un primer plano al senegalés. Del flash de traficantes novatos y exitosos por inconsciencia, pasamos a ser policías pro. Sin decir nada, cruzamos al hotel y volvimos con nuestros instrumentos: una pequeña guitarra con parlante incorporado, un saxo de caña, dos mini – amplificadores y una batería programable. Nos pusimos a tocar para los clientes del coffee shop. No ganamos confianza, pero el desconcierto nos devolvió la cámara. Al inglés le divertía todo esto. Nos miraba, miraba a los turcos y congelaba a su Sherlock Holmes. Tocó con nosotros y nos presentó a sus amigos con los que nunca tuvimos onda sin él presente.

Una mañana de water with gas y relax canábico, se sentó en nuestra mesa. Puso su seño más inglés y nos ofreció hacer un trabajo con él.

There is this bank, you know? –empezó.

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