Los viajeros que me han marcado en mis viajes

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Ophir era confundido con Jesucristo en África y al final le hicieron unas fotos posando. Tremendo

Ophir era confundido con Jesucristo en África y al final le hicieron unas fotos posando. Tremendo

Hace años que digo que, cuando has viajado bastante por el mundo (aunque me siga quedando muchísimo por descubrir), los paisajes, ciudades, monumentos, iglesias, templos, pagodas, y demás, se empiezan a parecer unos a otros. No me canso de descubrirlos, pero es así.

Entonces llega el momento en que lo que brilla aún con más intensidad es la gente y la cultura del país que visitas. Eso es lo que realmente da salsa a un viaje. Conocer algo distinto a lo que te ha rodeado toda tu vida. Salir de tu zona de confort para lanzarte a empaparte del mundo.

Mientras haces ésto, aparece el tercer componente de un viaje: los otros viajeros. Están ahí, se cruzan en tu ruta y se marchan. El 95% de ellos no dejarán la menor huella en ti, porque sí, porque es así y porque estás más concentrado, como es lógico, en conocer el país en el que estás que en quien lo está visitando paralelamente a ti. Sin embargo, ese otro 5% representa a unas personas que, por lo que sea, llevarás en tu recuerdo hasta el día en el que hagas tu último viaje.

Personalmente, han sido varios los viajeros que no olvidaré. Aquí os dejo mi top 3 y las razones por las que brillaron por encima del resto:

Ophir “El israelí”

He conocido a muchos israelíes durante mis viajes. Han sido de todos los colores (literalmente, porque conocí a un israelí negro en Etiopía este año) y personalidades y debo reconocer que cuando van en grupo son bastante complicados de llevar, porque tienden a creer que son los dueños del lugar. Sin embargo, también he hecho buenos amigos entre los descendientes del rey David (no podía ser de otra manera, con el nombre que me dieron), como Tal y Sonia, en Myanmar, o el gran Ophir, en Mozambique.

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Lo conocí en un hostal playero del bonito pueblo de Vilanculos, en el sur de Mozambique y me pidió si podía acompañarme en mi viaje hacia el norte del país. Los dos estábamos solos y, tras compartir un par de cenas con más gente en el hostal, nos habíamos caído bien, así que le dije que por supuesto.

Se convirtió en uno de los mejores compañeros de viajes que tuve jamás y compartimos 5 semanas de aventuras por África, sin un mosqueo, una pelea o discusión.

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Y eso que las condiciones no eran fáciles: le robaron, nos interrogó la policía en varias ocasiones, nos pusimos enfermos… Pero lo positivo fue mucho más: hicimos trekkings solos en la parte menos visitada de un país que no tiene a penas turismo, salimos de fiesta, conocimos mucha gente y disfrutamos de África plenamente.

Ophir estaba estudiando y hacía un ensayo sobre África en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Cuando acabó su estancia de 6 meses allí, decidió coger la mochila y tienda de campaña y salió a explorar el continente. Cuando yo lo encontré ya había pasado por Namibia, Botsuana, Zimbawe y Zambia y las fuerzas y ganas comenzaban a flaquearle, también porque estaba harto de viajar solo.

El gran Manu, cargando su mochila, en el medio de la meseta

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Era un tío generoso, aventurero, anti-militar, con un ácido sentido del humor y un gran carisma. La gente que nos conoció después de un par de semanas viajando juntos,  pensaba que éramos hermanos o primos. Tal era nuestro buen rollo e, incluso, parecido físico (me suelen confundir con árabe o israelí en muchas partes del mundo).

Estuve a punto de cambiar mi billete y seguir con él hacia el norte, pero estaba cansado y me marché. Él no siguió mucho más, pero en la ruta se unió a otro israelí (Nir) que también conocí yo antes y viajaron juntos. Se descojonaron el día que, hablando de todo un poco, Nir dijo: “pues yo conocí a un español de puta madre en Vilanculos”. Ophir no podía parar de reír.

Vino a visitarme unos días a Alicante ese verano, justo antes de marcharse a acabar sus estudios en Estados Unidos. Ahora vive en Tel Aviv con su familia, y le debo una visita. Espero que sea pronto.

 

Juan “El Pirata”

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Conocí a Juan en el Parque Nacional de Tayrona (Colombia). Este grande de la vida se encontraba solo en una terraza, a 35 grados a la sombra, metiéndose cervezas y chupitos de ron entre pecho y espalda a las 11 de la mañana. Fue él el que nos captó desde su posición elevada y comenzó a hacernos preguntas para establecer conversación.

Este gaditano de unos 55 años, con pelo largo canoso y emigrado a Cataluña, no había perdido ni una gota de su gracia en el camino. Un auténtico VIVIDOR, así, con las mayúsculas bien plantadas. Mientras nos tomábamos unas cervezas bien frías, Juan nos contaba que había vivido un eterno verano durante los últimos 25 años, viviendo en España seis meses y otros seis en el Hemisferio Sur, eligiendo el Caribe, Centro América, Brasil y Colombia, primordialmente.

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Vivía del alquiler de su piso en Barcelona y los trapicheos que hacía enviando contenedores de frutas tropicales de Colombia a España. Había fundado el primer Pachá de Sitges y después se mudó a Ibiza a seguir viviendo la noche. Después nos contó mil historias de esas que te hacen pensar que debes dividir por dos o tres todo lo que sale por la boca del interlocutor para acercarte a la realidad. Pero te da igual. Yo me las creía bien a gusto.

Al final Juan y otro par de amigos suyos se vinieron con nosotros y pasamos un par de días juntos. Aún recuerdos perlas suyas como éstas:

Yo no soy un egoísta de mierda. Mi corazón no puede ser para una sola mujer. ¡Yo lo reparto con todas las del Mundo!

y

Si no queréis que este paraíso se joda, cuando lleguéis a España decid que nada más bajar del avión os robaron, después os secuestraron y os deportaron porque os metieron droga en la mochila. Así no viene ni Dios y ésto sigue siendo tan bueno como es ahora

Un crack. Sin más.

Johanness “El médico”

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Parece que el Tayrona, al final de mi viaje de 6 meses por casi toda Sudamérica, me tenía guardada más sorpresas de las que esperaba a esas alturas.

En contraposición a la figura banalmente cautivadora de Juan, apareció la de Johanness. Este alemán de 20 años estaban realizando sus prácticas de Medicina en El Salvador. Nos lo encontramos en la misma puerta del parque y ya no nos separamos hasta que nos marchamos. Calmado, humilde, solidario, grande, fuerte, con sentido del humor… Vamos, que si llego a ser una mujer habría caído enamorada de este pavo en menos de 24 horas. Pero como no lo soy, nos hicimos grandes amigos.

En El Salvador estuvo en un hospital de la capital pero después pidió un puesto de médico rural y se mudó a una aldea. Nos contó mil historias de su vida allí, el pasado hippie de sus padres y muchas otras cosas más, pero porque le preguntamos, porque él no era una persona de alardes.

Se volvió a Alemania un año después y ahora es médico allí. Un tío genial.

Y a ti, ¿qué viajeros te han marcado en tus viajes?.

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4 Comentarios
  1. Fernando 15 diciembre 2015
  2. David 15 diciembre 2015
  3. Fernando 15 diciembre 2015
  4. David 15 diciembre 2015

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