Los acantilados de Varkala

Varkala
Después de la plácida y relajante experiencia del paseo en bote por los canales de Alleppey, pronto tuvimos que bajar de la nube porque llegar a Varkala no nos iba a resultar ni fácil ni cómodo. Aunque para uno el tiempo no pasa cuando es otro el que rema, las manecillas del reloj siguen girando y cuando volvimos al Palmir, ya era demasiado tarde para coger el tren. En la estación de autobús descubrimos que los billetes costaban el doble (75 rupias) que si fuéramos en ferrocarril. El viaje, además de durar una hora más, no es directo, debemos bajarnos en Kalampallam donde otro autobús nos deja, esta vez sí, en Varkala, el pueblo costero en el que queríamos pasar la noche del sábado.

Los primeros autobuses vienen repletos, deben llegar de algún otro lugar y ésta no es su primera parada. Cansados y con tres mochilas, no entraríamos con facilidad en esa lata en la que las sardinas asoman por la puerta. Al final, subimos en un vehículo en el que hay más o menos sitio. El cobrador le cede su asiento a mi amiga y yo coloco mi mochila grande en el hueco entre la escalera de acceso y el respaldo del asiento. Tras media hora de estiramiento de brazos y aguantar de pie, hay un sitio para mí. Tres horas después de subirnos al autobús llegamos a Kalampallan pero, sorpresa, un señor de una tienda nos indica que no hay ya bus a esta hora, casi las once de la noche.

Una negociación rápida con un conductor de rickshaw nos hace salvar los últimos 15 kilómetros por 200 rupias. Un diálogo para besugos nos acerca, por fin, al hotel en que Isa pasó la Nochevieja pero nosotros pagaremos 300 rupias por la habitación que en aquellas fechas le costó 1200, y, con un cierto grado de flexibilidad, no haremos el check out hasta las nueve de la noche del domingo.

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palmeras varkalaEse día mientras paseaba, estuve indagando en varios sitios en los que tienen cabañas para dos o tres personas, en primera linea de acantilado (en la zona en que se concentran restaurantes y hoteles), y los precios mínimos en temporada baja oscilan entre 150, 600 y 800 rupias. Para la temporada alta, se disparan a 1500, 1800, 2000… Apenas a cinco minutos paseando, se accede a unas pronunciadas escaleras de cemento que os bajan hasta la playa. Si la recorréis de un extremo a otro, tendréis en casi todo el recorrido una pared de piedra y vegetación en el lado opuesto al del mar.

La temporada baja significa no sólo una reducción en los precios sino también que muchos de los establecimientos orientados a turistas, desde centros de masaje a restaurantes (por cierto, como pasatiempo contad las veces que aparece la denominación German Bakery, Panadería Alemana, en los carteles), están cerrados. La oferta gastronómica es menor y nosotros nos fuimos a desayunar occidentalmente al Caffe Italiano, con vistas al mar como no podía ser menos y con escurridizos lagartos intentando tomar el sol al otro lado del sendero. Si necesitáis un libro, allí tienen la mejor selección de ejemplares, siendo los dos mas populares a juzgar por sus múltiples copias en las estanterías, “The Afghan” (Frederick Forsyth), “The Da Vinci Code” (Dan Brown), y el omnipresente Harry Potter.

varkalaCon apenas una veintena de turistas, occidentales o no, todos se concentrarán en la misma media docena de restaurantes. El Clafouti, al lado del Sea Queen, que era originalmente el elegido por Isa pero que estaba cerrado, es el más popular para comer (fue entonces cuando la inestabilidad del monzón se hizo presente y nos cayó un tremendo aguacero que continuó intermitentemente durante el resto del día). A la hora de cenar, y para tomar cocktails, The Funky Café se lleva la palma, aunque al pinchadiscos se le dispara la mano con demasiada frecuencia hacia el botón de subir el volumen.

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El domingo de noche viajamos en tren hasta Trivandrum y de allí, tras una espera bajo la lluvia haciendo cola en el Prepaid Booth de tuk tuks (la caseta donde os dan un precio fijo según el recorrido), al IISE donde pasaría mi última noche en Kerala. Al día siguiente me esperaba un largo viaje en tren hacia Madurai, donde iba casi a seguir los pasos de Quique.

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